Cultura

La urbe proyectada

  • La editorial Akal publica un libro colectivo coordinado por Gloria Camarero que repasa y analiza la imagen cinematográfica de algunas de las grandes capitales y ciudades europeas.

Ciudades europeas en el cine. Gloria Camarero (ed.). Akal. Madrid, 2013. 304 págs. 12 euros.

Como nos alertan siempre León Lasa y Javier González-Cotta, no conviene confundir al viajero con el turista. Menos aun en estos tiempos de masificación, vuelos low-cost, tours organizados, españoles por el mundo y cámaras digitales de gatillo fácil. Puede que el cine haya hecho bastante daño en este paulatino proceso de desnaturalización del viaje y el contacto con la ciudad como espacio vivo y tejido complejo. Un daño relativo, se entiende, en tanto que tiende a mitificar e imprimir en sus imágenes una idealización de la urbe que, en la mayoría de los casos, responde a una imagen previa, tipificada, postalizada, si me permiten el término, que poco tiene que ver con su verdadero trazado, su respiración, su idiosincrasia particular y la de sus gentes.

Como señala Gloria Camarero, editora de este libro colectivo, "la percepción que tenemos de una ciudad es la que nos han ofrecido las imágenes cinematográficas que la han reinterpretado y que guardamos en nuestra memoria". Lo sabe bien el autor de Estambul, paseos, miradas, resuellos, que se fue a la ciudad del Bósforo y el Cuerno de Oro buscando los rincones solitarios, invernales, grisáceos y desolados de las películas de Nuri Bilge Ceylan (Lejano, Los climas), que resultaron estar más dispersos y lejanos sobre el terreno que lo que el plano-contraplano o el montaje nos mostraban en la pantalla suturada y reversible. Lo sabemos nosotros, que viajamos, cuando podemos, a París, Viena, Roma o Lisboa esperando encontrar, enfermos de cinefilia, las huellas, los cafés, las calles, las paradas de metro y los museos que un día pisaran los protagonistas de las películas de Truffaut, Rohmer, Linklater, Fellini, Moretti, Tanner, Wenders o Monteiro.

En la línea de un recomendable libro anterior, Ciudades proyectadas, cine y espacio urbano, de Stephen Barber (GG), aunque algo desigual en la profundidad de sus aportaciones y en ocasiones desconcertante en la selección de los títulos analizados, Ciudades europeas en el cine tal vez satisfaga a lectores o viajeros que quieran ir un poco más allá de lo que ofrecen hoy esas guías cinematográficas de ciudades contaminadas por el temible efecto film commission, productos que suelen alimentar los bajos instintos del reconocimiento mítico y anecdótico sin entrar en mayores consideraciones más allá de señalar el emplazamiento preciso de tal o cual escena (para poder decir ese "aquí estuve yo") o la dirección del restaurante de Nueva York en el que Meg Ryan fingió el orgasmo más famoso de la historia del cine.

Las grandes capitales europeas, también un puñado de ciudades españolas (Madrid, Barcelona, Bilbao y Sevilla) son objeto de diferentes aproximaciones a partir de sus imágenes cinematográficas de ayer y de hoy: desde la reflexión metalingüística y musical sobre la modernidad de las sinfonías urbanas de la vanguardia de los años veinte (Berlín, Sinfonía de una ciudad, El hombre de la cámara, À propos de Nice) a la Sevilla oculta e invisible, ésa en la que "vive la gente", parafraseando a Pata Negra, que proponen cineastas como Benito Zambrano (Solas) o Alberto Rodríguez (El traje).

La ruta de ciudades cinematográficas de este libro nos lleva también a una Atenas escindida entre la tragedia (a través del cine de Constantinos Giannaris) y la comedia (con Papathanasiou y Reppas); a un Berlín atravesado por la metáfora de la ruina (de Alemania, año cero a Goodbye, Lenin); a la Helsinki de Kaurismäki como territorio político, entre los espacios de las clases populares y los de las élites económicas; a un Londres posmoderno convertido en escenario para la ciencia-ficción, el terror paródico y la fantasía (de Zombis Party a Attack the block!); al Madrid de la Democracia forjado por la comedia urbana, con Almodóvar como abanderado; a Moscú como testigo de las transformaciones políticas de Rusia a lo largo del siglo XX; a la caótica y bulliciosa Nápoles como destino clásico del viajero romántico, con Goethe y Rossellini (Te querré siempre) como referencias inevitables; al atlas y las esencias del París popular retratado por Guitry o Tati; a la Praga del exilio y el recuerdo a través de Kundera y sus adaptaciones fílmicas (Labroma y La insoportable levedad del ser); a la Viena esplendorosa, fascinante y convulsa del 1900 vista por La novia del viento (2001), de Bruce Beresford; a la Lisboa de los sin techo, las prostitutas o los marginados de algunos documentales recientes (y aquí es donde echamos más de menos otra mirada); o a una Roma escrutada desde tres perspectivas diferentes, de la ciudad aeterna de los viajeros, los autores y los propios romanos, la más popular del barrio del Testaccio, o aquella otra en la que los grabados de Piranesi dialogan con los escenarios urbanos de los filmes de Ferzan Özpetek.

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