Cultura

La del viernes fue una gran noche

De la expectación levantada por el concierto del pasado viernes, cuarto de esa loable iniciativa privada emprendida por Ecétera Proyectos Culturales y denominada Sevilla Indiferente, dio cuenta la ocupación registrada en el Teatro Virgen de los Reyes: lleno completo y hasta público sentado en las escaleras hacia el anfiteatro. La razón es bien simple: el cartel agrupaba a dos de las propuestas más atractivas e inclasificables surgidas durante los últimos tiempos de la cada vez más efervescente y revitalizada escena musical sevillana, O Sister! y Las Buenas Noches.

Lo de los primeros llega mucho, bastante más lejos de aquello que pudiera considerarse un ejercicio de revival. Los hermanos Padilla, Helena Amado y Matias Comino reviven, en efecto, un añejo, hermoso y bienhumorado repertorio de jazz vocal con epicentro temático en los años 30, pero lo hacen con tal nivel de perfección que dejan al espectador primero boquiabierto y luego entregado.

De hecho, es tanto el grado de estudio empeñado en el cancionero de The Boswell Sisters -ampliado entre otros con composiciones de Cole Porter e Irving Berlin- que sus tres cantantes consiguen captar hasta lo más sutil de las características inflexiones vocales de la época para reproducirlas con absoluta fidelidad. En este sentido, el timbre premeditadamente engolado de Marcos Padilla resulta de una precisión absoluta, al igual que la perfecta compenetración de las dulces y poderosas voces de Paula Padilla y Helena Amado. Como lo es, a su vez, la interacción con el escueto y más que suficiente apoyo proporcionado por la guitarra de Matías Comino, a quien se sumaría en varios temas Camilo Bosso, contrabajista de Las Buenas Noches. Que de un rato de ensayo esa misma mañana saliera algo tan empastado ya dice suficiente de la calidad de estos músicos.

Con el mismo recogido y familiar decorado sobre el escenario, pero utilizando unas curiosas retroproyecciones, Las Buenas Noches hizo, por fin, su aparición, sin duda una de las más esperadas de los últimos meses. Y de nuevo habrá que concluir que la razón es clara: el repertorio contenido en su primer álbum, Aventuras domésticas, no es sólo de una originalidad extrema -lo que ya se ha apuntado en otras ocasiones, esa capacidad para construir un folk imaginario que hunde raíces en el blues, la copla, el rock...-, sino también de una intensidad emocional profunda -lo cual, por cierto, lleva al grupo en alguna ocasión a bromear sobre lo alegre de sus tonadas-.

Pese a las interrupciones provocadas por un permanente intercambio de instrumentos -¿qué tal unas cortinillas sonoras o videográficas?- y a la quizás excesiva inclinación por versionarse en el directo -¿para qué, si esas canciones ya son redondas?-, lo cierto es que, una vez en el tajo, el versátil quinteto de espléndidos instrumentistas convierte en oro aquello que toca. Mención especial, claro, para temas tan enormes, tan fascinantes, como Rendición, El sastre y La palma.

Por si eso fue poco, que no lo fue, a la hora de decir adiós la banda llamó al escenario a los componentes de O Sister!, para marcarse todos juntos un blues que servidor no supo identificar, y que cerró la velada con sonrisas de oreja a oreja.

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