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Worth | Crítica

¿Cuánto vale una vida, qué precio tiene el dolor?

Michael Keaton, en una imagen de la película.

Michael Keaton, en una imagen de la película. / D. S.

A veces, no siempre, la vida da segundas oportunidades. Tras sus inicios en la televisión Michael Keaton saltó a la fama de la mano de Tim Burton con Bitelchús (1988), Batman (1989) y Batman vuelve (1992) y se afirmó en papeles dramáticos en películas notables dirigidas por John Schlesinger (De repente un entraño, 1990), Joel Rubin (My Life, 1993), Branagh (Mucho ruido y pocas nueces, 1993), Ron Howard (Detrás de la noticia, 1994) y Tarantino (Jackie Brown, 1997) para posteriormente diluirse en una filmografía sin interés durante muchos años hasta que González Iñárritu lo rescató con Birdman en 2014.

Tras ella Keaton demostró que su resurrección no fue una casualidad, sino la oportunidad de un gran actor para demostrar que lo era, con Spotlight de McCarthy, El fundador de Lee Hancock, El juicio de los 7 de Chicago de Sorkin y ahora con esta sólida e interesante Worth dirigida por Sara Colangelo, joven y más que prometedora guionista y realizadora lanzada por el festival de cine independiente de Sundance con los reconocimientos y premios obtenidos por su cortometraje Little Accidents en 2010, convertido en largometraje en 2014, y por La profesora de parvulario en 2018 (inteligente remake de la gran película israelí de Navad Lapid).

Tramas sociales en ambos casos -una intriga con el trasfondo de un accidente en una mina, los esfuerzos de una profesora por sacar adelante a un chico superdotado- que demuestran que su filmografía sigue un proyecto personal en el que es tan importante la denuncia social como el retrato de quienes se enfrentan a ellas: el minero superviviente y la mujer de uno de los ejecutivos de la mina en Little Accidents, la maestra de La profesora del parvulario y ahora el abogado de Worth.

Están unidas las tres películas no solo por el interés hacia quienes se enfrentan a situaciones difíciles guiados por lo que podríamos llamar un instinto ético, también por un estilo extremadamente sobrio y por sus grandes dotes como directora de actores. Lo que nos reconduce al principio de esta crítica. Su talento para dirigir actores, que obtuvo grandes interpretaciones de Elizabeth Banks y Boyd Holbrook, y de Maggie Gyllenhaal y Gael García Bernal, en sus dos películas anteriores, permite aquí que Keaton profundice en un personaje real difícil por su inicial carácter crudamente pragmático. Se trata del abogado Kenneth Feinberg, especializado en mediaciones y resolución de conflictos entre departamentos gubernamentales o empresas y los afectados, que fue el encargado de dirigir y coordinar la compleja tarea de las compensaciones debidas a las víctimas del 11-S, para lo que se ofreció altruistamente.

Su trabajo habitual, diciéndolo crudamente, es poner precio a las desgracias y a las vidas truncadas. Pero el contacto con las víctimas del 11-S alterará su perspectiva, le hará tomar conciencia de que su sentido del equilibrio entre desgracia o muerte y reparación económica era erróneo y cuestionar una reparación que ocultaba el interés del Gobierno por no causar una catástrofe económica y la quiebra de dos de sus mayores aerolíneas si no era capaz de lograr que los afectados admitieran la oferta de compensación que discriminaba a las víctimas según las expectativas de sus ingresos por su situación profesional truncada por la muerte. Y solo tenía dos años para lograrlo.

Colangelo camina sobre una quebradiza superficie ética que a veces se quiebra. La toma de conciencia de su protagonista y su conmoción al tratar con algunas de las víctimas -especialmente con el marido de una fallecida que fue un importante activista en la reclamación de sus derechos, espléndidamente interpretado por Stanley Tucci- debe compatibilizarse con el problema de la quiebra económica que supondría lo que la ética exige. Este es el mayor reparo ético que se puede hacer a la película, pero también su mayor valor al enfrentarse con realismo -a través de la dolorida perplejidad del protagonista- de la necesidad de armonizar los intereses del Gobierno y la reclamación de las víctimas, ambos con poderosas razones objetivas. Y va más allá al plantear que, siendo importante la reparación económica y la igualdad entre las víctimas con independencia de su estatus profesional y por lo tanto de los ingresos que su familia deja de percibir a causa de su muerte, también lo es ser oídas, comprendidas y acompañadas en su dolor. Esta suma de planos en colisión da una gran complejidad ética a esta pequeña gran película no exenta de contradicciones. Como la vida.  

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