LLEGA agosto, más inhóspito que de costumbre. Inhóspito por la crisis, por la incertidumbre de lo que pueda pasar. En el recuerdo próximo, agosto de 2011, con cambio constitucional de urgencia en el redactando de un artículo (el 135 del texto constitucional constriñendo umbrales de déficit pero a largo plazo) como bálsamo ineficiente ahora mismo, para calmar la voracidad de la especulación de los mercados. La sensación de que todo puede suceder, de qué es posible cualquier giro en el gobierno, incluso una nunca negada pequeña remodelación, está ahí, latente, expectante. Ocho meses después el Gobierno vive uno de sus peores momentos. La ciudadanía asiste atónita a lo que sucede. Hay miedo, más del que se refleja en los medios. Las cifras, cualquiera, asustan. El descrédito y la desafección hacia los políticos se han disparado en la misma proporción que la crisis y los recortes clavan sus dardos. Se explica mal, se comunica peor y se toman medidas que no taponan ni cauterizan la hemorragia. Hace falta más, pero, tal vez, ese más ya no lo puede implementar el Gobierno.

Éste sufre un desgaste tan sorpresivo para ellos, aunque no menos esperado si bien no en tanto ímpetu, como para el resto de la opinión pública. Hay argumentos que ocho meses después ya no convencen, tampoco venden para los estrategas de los partidos. Más allá de herencias recibidas y que las pagaron en las urnas los socialistas con su desastrosa gestión, hace falta imprimir carácter y liderazgo, decisión y estrategia, pero siempre tomando la iniciativa. Nada hay más peligroso para un gobierno que perder la agenda política. Por mucho que el día a día nos desborde, nos sobrepase e incluso orille por momentos. No hubo efectos taumatúrgicos con la llegada de un nuevo presidente, tal y como se dijo incansablemente desde la oposición. No hay milagros, menos en política. Todo es color de lis en la oposición, y gris en el gobierno cuando los acontecimientos nos desbordan. Nos precipitamos en este mes de agosto por una senda que no está escrita pero que entra dentro de las probabilidades. Con más o menos intensidad, dado que el estado de riesgo es el que es, susceptible de empeorar drásticamente, precisamente en un mes donde las guardias se relajan y los especuladores quieren hacer cajas.

La situación en los mercados, máxime en la deuda, empieza no sólo a ser insostenible ya mismo, sino a hipotecar el medio y largo plazo de un país entero cuando los tipos de interés que se pagan rozan ya casi un 8% por deuda a diez años. Pagaremos intereses que nos ahogarán, ralentizarán el consumo, esclerotizarán el crecimiento y nos sumirán aún más en la ciénaga de las dificultades, los sacrificios y la salida de un túnel que nos ha hecho retroceder, al menos, una década. El peaje debido, pagado y escarnecido.

Rajoy tiene además un problema añadido: no controla ahora mismo el Partido Popular. El desembarco de prácticamente toda la Ejecutiva en el Gobierno ha dejado sin rumbo y sin casi capitán el barco de Génova. Él lo sabe, y los barones otrora sumisos y obedientes, también. Máxime cuando no pocos son los responsables de la gestión de gobierno en sus respectivas comunidades. Una de ellas, Galicia, se enfrenta a un escenario electoral complicado, donde el Partido Popular se juega mucho, entre otras cosas ser el primer banco de pruebas fidedigno, después de lo sucedido en Andalucía, donde se las prometían muchos demasiado felices, del calado de las reformas y los recortes que la ciudadanía paga, sobre todo, los funcionarios, injustamente.

Agosto ya está aquí, inhóspito y desapacible en lo político y en lo económico financiero. Ya todo es posible, desde un giro total, desde un rescate total o desde una decidida intervención del Banco Central y los fondos de rescate de la deuda. Queda mucho por hacer, pero hace falta audacia y decisión, coraje y convicción, valentía y credibilidad. Y aquí tiene que emplearse, debería, muy mucho el Gobierno. Prácticamente las grandes reformas estructurales y de regeneración democrática están ignotas. Se poda el Estado de bienestar, pero cuidado con desmantelarlo en demasía y adelgazarlo hasta la anorexia, pues la gestión de lo público y los derechos de los ciudadanos es la única legitimación básica y esencial de un político.

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