La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Amor venciendo el tiempo

Admirable perseverancia del amor de los cofrades de los Negritos venciendo siglos desde 1393 hasta hoy

Está en las convocatorias el tradicional anuncio del 2 de agosto: "Hasta las doce de la noche podrán lucrarse todos los fieles del Jubileo Plenísimo de la Porciúncula, por especial privilegio de nuestra capilla". Y como todos los años hago mi suma de siglos: la Indulgencia de la Porciúncula -la pequeña capilla que Francisco de Asís restauró con sus propias manos- fue otorgada por Honorio III en 1216 a petición de San Francisco y se extendió a todas las iglesias franciscanas en 1480; el hospital para negros, con su Capilla de los Ángeles, fue fundado por el arzobispo Gonzalo de Mena en 1393 porque, como escribió el profesor Antonio Franco en su estudio sobre la esclavitud en Andalucía, los negros enfermos o ancianos eran una molesta carga para sus dueños: a los que se tenía más cariño se les permitía continuar en casa de sus amos, otros eran vendidos a bajo precio y muchos dejados en las calles; en 1635 la Hermandad de los Negros adquirió el Cristo de la Fundación que Andrés de Ocampo había esculpido en 1622; y en la segunda mitad del XIX, a petición de la Real Maestranza de Caballería, Pío IX otorgó a la Capilla de los Ángeles las indulgencias del Jubileo de la Porciúncula.

Cada 2 de agosto deposito este ramo de palabras a los pies de la Virgen de los Ángeles como testimonio de mi admiración y cariño por esta hermandad y devoción a sus titulares. Especialmente al portentoso Cristo de la Fundación, joya mayor del arte sevillano, Oficio de Tinieblas esculpido que en las primeras horas luminosas del Jueves Santo le recuerda a la ciudad el sentido de lo que se celebra, que Dios no ha muerto para que hagamos una fiesta. Sale Fundación y parecen oírse las carracas reproduciendo el sonido del terremoto del Viernes Santo, cuando la carne muerta de Cristo se desplomó como lo hace el cuerpo vencido de esta imagen prodigiosa que cae como si la tierra en la que será enterrado lo reclamara.

Admirable perseverancia del amor de los cofrades de los Negritos venciendo siglos. Cerca de su capilla estaba el orgulloso convento de San Agustín. Y desapareció. El arzobispo Gonzalo de Mena también fundó el poderoso monasterio de Santa María de las Cuevas. Y desapareció. Pero perduró la Hermandad de los Negros, pobre, chiquita, maltratada, por obra del amor. Cumpliéndose en ella lo escrito por San Pablo: "Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos".

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