Postrimerías

Antifascistas

Juegan literalmente con fuego quienes enarbolan un discurso incendiario que deslegitima la democracia

Ya en plena era de los totalitarismos hubo quienes como Orwell, que sabía de lo que hablaba, señalaron la necesidad de ceñir la calificación de fascistas a los verdaderos fascistas, pues el uso indiscriminado del término no aportaba más que confusión y él mismo pudo comprobar, tras su experiencia en nuestra Guerra Civil, cómo servía incluso para difamar a quienes se habían jugado la vida combatiéndolos con las armas. La lucha antifascista fue heroica durante los años en los que después de someter o eliminar a la oposición interior, que no se limitaba a los partidos comunistas, los nazis y sus aliados ocuparon buena parte de Europa, amenazando con proyectar su dominio a otros continentes. Aquella fue, como en el título de la novela de Vasili Grossman donde el autor reproducía la famosa consigna de Mólotov, "una causa justa", aunque poco después el propio Grossman comprendería que el orden soviético, idealizado por muchos de los que integraban la resistencia en los países invadidos, era tan despiadado e inicuo como el de los agresores. Caídos los regímenes criminales de Italia y Alemania, sin embargo, y pese a la anómala persistencia de la dictadura franquista, que fue igualmente criminal pero no conservó del ideario fascista más que la fachada, el antifascismo tendió a convertirse, por la falta de enemigos que encajaran en ese molde, en una retórica vacía, abrazada por una parte de la izquierda que seguía anclada en las ensoñaciones revolucionarias y a la que le costó un mundo admitir que la URSS, no sólo durante el periodo maldito de Stalin, era lo que los mejores de entre sus propias filas ya habían definido como una espantosa tiranía. Es verdad que las ideas tóxicas de aquellos años nunca han desaparecido del todo, y que conviene estar vigilantes porque sabemos que pueden rebrotar, alimentadas por las crisis económicas, la xenofobia o el nacionalismo exacerbado, pero los estudiosos de la barbarie totalitaria han demostrado el paralelismo entre los apologistas de la violencia y no sirve de nada condenar una variante del terror sin prestar atención a la otra. Casi hay que pedir disculpas por recordar semejantes obviedades, pero conviene hacerlo cuando vemos a esos indocumentados que se autorretratan frente a las barricadas como los figurantes de una farsa. Resulta obsceno que se apropien del historial de los combatientes que sufrieron la opresión, el internamiento en los campos, el exilio o la muerte. Juegan literalmente con fuego quienes enarbolan un discurso incendiario que apenas se diferencia del que defienden los ultras, cuyo objetivo no es otro que deslegitimar las instituciones y en última instancia la democracia.

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