La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ya está aquí

Gracias por darnos tan hermosa y accesible a la Esperanza única de los mortales

Ya está aquí. Demasiado alto el camarín y demasiado profundo el presbiterio, compartimos con Ella una voluntad de cercanía que solo el besamanos y el paso sacia. Hay una sensación de reencuentro cuando la vemos tan cerca como Ella quiere estar y nosotros tenerla. Por eso los suyos, que tan bien suelen interpretar lo que esta Virgen, sus hermanos, sus devotos, su barrio y su ciudad quieren -en realidad es lo mismo porque Sevilla se hace barrio para ser más macarena- inventaron los besamanos el 18 de diciembre de 1925, pese a que estuviera tan cerca en su altar de la capilla de San Gil. Y era tanta, aún entonces, la necesidad de tenerla más cerca que en las actas se recoge que hubo horas en las que era casi imposible andar a causa de la multitud que abarrotaba la parroquia; y que cuando por la noche se fueron a cerrar las puertas aguardaban tantos devotos que tuvieron que dejarlas abiertas.

Ha pasado casi un siglo y la devoción no ha dejado de crecer. En mayor proporción incluso que la ciudad. Si la Sevilla de 1925 tenía 210.000 habitantes y actual 695.000, la Hermandad tiene hoy 14.440 hermanos, la cofradía un cortejo de 3.000 personas y la devoción se cuenta por cientos de miles. Por eso la Hermandad ha hecho perfectamente al ordenar este besamanos que desborda todas las previsiones. Conozco bien a esta Junta de Gobierno, muchos de cuyos miembros son queridos amigos, y les puedo garantizar que son ejemplares administradores de la Esperanza. No lo digo porque sean amigos; son amigos porque quieren y sirven a la Virgen como Ella exige ser querida y servida, lo que significa que la primera prioridad es darla a todos con la mayor dignidad y proximidad. Y soy objetivo. Ellos saben que, aun siendo yo allí un don nadie en comparación con sus muchos años de servicio a la Esperanza, puedo hasta rozar la impertinencia cuando algo me parece insuficiente para lo que la Macarena exige.

Como un servidor de paso cuida que ninguna vela esté apagada, estos hermanos macarenos saben que mantienen encendida la única luz que alumbra tantas vidas, la única que permanece encendida cuando los vientos de la vida apagan todas las demás, la presencia más viva de quienes nos dejaron y ahora nos hablan asomados a los ojos de la Esperanza, ventanas de la Gloria. Gracias, hermanos, por darnos tan hermosa, tan bien cuidada, tan próxima y tan accesible a la Esperanza única de los mortales.

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