julián aguilar garcía

Abogado

Demonizar y divinizar

Debe haber gente fantástica entre los líderes de una sociedad que pide estímulos positivos

Si me permiten la generalización injusta, esta sociedad sevillana nuestra ya no cree en gran cosa, salvo en el dinero, el sentimentalismo vacuo, la comodidad, la inmediatez y poco más. Lo creo una triste pero inobjetable realidad en la que no somos muy distintos de gran parte del resto del mundo.

Una de las, para mí, consecuencias de lo anterior es el mal humor generalizado. Lo que (o quien) no nos satisfaga de forma rápida o coincida con nuestra opinión, nos molesta. La crítica, acerba y con frecuencia superficial e irreflexiva, es enormemente más usual que la alabanza. Así que tendemos a la demonización.

Como esta sociedad, digo, no cree -o finge no creer- en el Lucifer bíblico, esculpe pequeños demonios de cualquier materia irrelevante (como los israelitas esculpieron un becerro de oro para adorarle al fallar su fe en el Dios de sus padres). Así, si me disculpan la banalización, algunos béticos demonizan a Quique Setién y los sevillistas al extinto Machín, los sindicalistas a los empresarios y éstos a los políticos, los líderes de un partido a los de los demás, y así sucesivamente, haciendo culpables a otros de nuestros sinsabores y problemas, reales o no, acaso exagerados. Criticamos con excesiva dureza y facilidad, generando un mal ambiente pernicioso, insano.

Propongo que hagamos lo contrario. No se trata de darlo todo por bueno, claro, pues hay peligrosos majaderos en importantes poltronas. Pero sí de centrarse más en lo positivo que en lo negativo. Menos en rechazar personajes que por cualquier razón no nos gustan o en cuyos ojos creemos ver mucha paja, y más en tener referentes estimulantes, retadores, que nos ayuden a crecer, a exigirnos, a superarnos, como individuos y como sociedad.

El referente tradicional durante dos milenios ha sido evangélico. Estadística y superficialmente, sigue siéndolo. En la experiencia vivida en mi alrededor, ni de lejos. No ha sido, ni puede ser, sustituido por nada remotamente equivalente, pero como mal menor deberíamos intentar buscar personas dignas de encomio (que las hay y muchas, en el ámbito privado, y querría creer que también en el público), expresar estima e intentar emular a quien nos puede ayudar a ser mejores.

Miro a mi alrededor, en nuestra Sevilla. Sin duda habrá personajes públicos admirables y respetables, pero no veo casos que ponerles como ejemplos que la mayor parte de nuestros vecinos tenga por tales. Quizás es que no conozco suficientemente a quienes suelen saludarnos desde las portadas de los periódicos. Igual que tengo cerca a personas gracias a las cuales si no soy mejor es porque no quiero o no me esfuerzo, debe haber gente fantástica entre los líderes de una sociedad que necesita estímulos positivos. Agradecería a algún amable lector que me sugiriera nombres.

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