La lluvia en Sevilla

Espejito, espejito

¿Sabe Sevilla preguntarle al espejo y esperar a porta gayola una respuesta sincera?

Sabe Sevilla preguntarle al espejo y esperar a porta gayola una respuesta sincera? Me refiero a cuestionar de veras cosas asentadas, tomadas por inamovibles. En estas lides, me da a mí que somos más bien intransigentes y dados a la autocomplacencia. Nos animamos a criticar con fiereza lo novedoso -que, como explicó Antonio Machado, lo nuevo no es siempre original, y hay algo perverso en trocar lo uno por lo otro-, pero evitamos disentir con lo profundamente establecido en nuestra sociedad y hechura, tan cuestionable como la de cualquier otra ciudad. Me lo preguntaba mientras leía las reacciones a la entrevista que el pintor Ricardo Suárez dio a Luis Sánchez-Moliní en su imprescindible Rastro de la fama. En ella, el autor de la Diana Cazadora del Muelle de Nueva York declaraba que la Catedral le parecía un adefesio, que le parece bien Torre Sevilla (vulgo, la Torre Pelli), y que se le importa poco que lo crujan cuatro aburridos en la tasca ante un papelón de pescao frito o en el estercolero de las redes. Puedo disentir de lo que piensa, e incluso -llamadme loca- revisar lo que opino de estos y otros asuntos, pero valoro su ejercicio de tocar lo intocable en esta ciudad propensa a las vacas sagradas.

Hace unos días, Ana Bernal-Triviño escribía en El Periódico sobre los estudios que certifican que cada vez se opina menos en Facebook por temor al odio o acoso que se recibe después. Con ello se dibuja la espiral del silencio rediviva, que se traga como nunca las opiniones disidentes y deja arriba los discursos más polarizados y agresivos (y más pobres en hechura y contenidos, va de suyo). Pensar en voz alta se paga ahora con odio y hostilidad a unos niveles muy locos. "Las redes sociales han traído una censura que ríete tú del franquismo", declaraba hace poco Nazario. Me pregunto, mientras paseo por la formidable retrospectiva que está expuesta en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, si acaso hoy hubiera podido ver la luz su cartel de Cita en Sevilla de 1985. Tengo la respuesta: imposible. Le hubieran caído a plomo desde abogados de ultraderecha a feministas trans-excluyentes. Lo que se expresa nos puede gustar más o menos, pero de ahí a tratar de acallarlo por todos los medios (demandas, acoso, ataques personales, cancelaciones…) hay un mundo: un mundo histriónico, feo y gazmoño, en el que actualmente vivimos.

Hubo un tiempo hecho de otra pasta. Lo compruebo cuando leo lo que opinaban de Sevilla, tan tranquilamente, Chaves Nogales o Ferrand, autores señeros en aportar una mirada crítica sobre nuestras calles y gentes. Sin incómodos consecuentes, ajenos al griterío, sólo hay inmovilismo. Moralejas: 1. Los buenos espejos no engañan. Y 2. La Sevilla real es mucho más interesante que la fosilizada en su ideal eterno.

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