Tribuna económica

Rogelio / Velasco

Espiral deflacionista

EL pronóstico de los precios se está convirtiendo en algo tan complicado como el del tiempo. A finales de junio aún se advertía desde la CE del riesgo de una espiral inflacionista en Europa, y en agosto, a las pocas semanas de la última subida del tipo de interés en la zona euro, Trichet decía que las señales de recesión eran infundadas y que no habían desaparecido las tensiones sobre los precios. Un alarde de imprevisión que comenzó a desmontarse a mediados de septiembre con la quiebra de Lehman Brothers y su efecto dominó, que obligó a los gobiernos de ambos lados del Atlántico a acudir al rescate de sus sistemas bancarios.

El 8 de octubre el BCE comenzaba su secuencia de recortes en los tipos y aparecían las primeras señales de que una amenaza de deflación se cernía sobre las economías occidentales. Primero en EEUU, pero también en Europa, hubo opiniones en esa dirección tan relevantes como las del comisario Almunia o el premier británico, obligando a considerar que se trataba de una opción mucho más cercana que la simple especulación intelectual y cuyas consecuencias no debían infravalorarse. Es la primera vez en que las tres principales economías del mundo, EEUU, UE y Japón, podrían tener que enfrentarse al desplome simultáneo de los precios y la demanda.

Es difícil concebir una trayectoria más propicia hacia una larga etapa de depresión, sobre todo si se tiene en cuenta que si algún significado tiene la palabra deflación es que el poder adquisitivo del dinero aumenta con el tiempo. La depresión es compatible con el final de la recesión en el sentido de que se detiene la caída, pero una demanda contenida a la espera de que los precios sigan cayendo puede retrasar la recuperación. Es la temida espiral deflacionista, en la que desaparecen los incentivos al consumo y la inversión, aumenta el salario real y los precios bajan como forma de mantenerse en el mercado, pero sobre todo aumenta la demanda de liquidez, que es lo que más escasea en este momento y el principal reproche al comportamiento de la banca.

¿Qué hacer en estas circunstancias? Entre los convocados a la cumbre de Londres hay división de opiniones. Para los europeos continentales, el margen del endeudamiento público está agotado, así como el recorrido de los tipos de interés. Para los anglosajones, en cambio, hay que forzar al máximo las políticas fiscales y monetarias. Lo urgente es recuperar el crecimiento y para ello hacen falta políticas económicas audaces, como la de fabricar dinero. Si el dinero aumenta de valor porque es escaso, una forma de combatir la deflación podría ser provocar su abundancia nominal, aunque no es probable que desde el BCE se de la bienvenida a este tipo de iniciativas.

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