La tribuna

Antonio Porras Nadales

Filosofías de la crisis

NO es que la gravedad de la crisis impulse a la construcción de nuevas concepciones filosóficas, sino que precisamente en el contexto de una profunda crisis es cuando salen a relucir nuestras auténticas visiones del mundo: todo ese conjunto de creencias, culturas, o visiones de la realidad que, a modo de filosofías colectivas, nos ofrecen un marco de referencia para enfrentarnos a la propia crisis.

Y, por supuesto, la primera de ellas es la que nos hace creer en las virtudes demiúrgicas de la propia democracia. Así, parece que todos esperamos a ver cuál es el paquete de medidas (no sabemos si secretas) con las que nuestros líderes nos sacarán de la crisis. Que Rajoy clarifique de una vez su programa, o que lo haga Griñán: cuál es el recetario oculto que, a modo de varita mágica, esperamos a ver para acudir masivamente a las urnas a darle nuestro apoyo. Subyace aquí una inevitable filosofía paternalista según la cual debemos confiar en una especie de despotismo ilustrado que permitirá el milagro de que, finalmente, desde el Estado-padre nos llegarán las soluciones mágicas a nuestros problemas. Los ciudadanos sólo tenemos que esperar y ver, y todo lo más acudir a las urnas cuando nos llamen.

La alternativa nos la acaban de ofrecer recientemente algunos rostros prestigiosos y relativamente conocidos: no debemos confiar en las soluciones que nos lleguen desde arriba; esto no tenemos más remedio que arreglarlo entre todos y para ello debemos organizarnos adecuadamente. Por lo tanto, no hay que ilusionarse en esperar a ver el conejo saliendo de la chistera del político de turno, porque no hay recetas mágicas ante un desorden tan descontrolado. Así que de lo que se trata es de arrimar el hombro para capear el temporal: no sabemos muy bien cómo, pero es lo que hay.

No me atrevería a afirmar que una parece ser la respuesta del sur y otra la del norte, aunque seguramente se trata de manifestaciones de distintos tipos de filosofías colectivas que se ajustan a contextos socioculturales diferenciados. Hay también quienes apuestan por una vía que podríamos denominar como psicológica: lo que nos sucede en realidad es que estamos en un estado depresivo y por eso, cuando consigamos quitarnos de encima este pesimismo colectivo, como quien se sacude las legañas al despertarse, la dinámica emprendedora del sistema empezará a manifestarse de nuevo. Es un simple problema de confianza: bastará con un buen pildoretazo de optimismo y autoestima colectiva para que todo vuelva a funcionar de nuevo. Puede que haya quien se lo crea.

Pero las filosofías colectivas no sólo afectan al diagnóstico estratégico, es decir, al modo de abordar la crisis y tratar de hacerle frente, sino también a los contenidos de lo que pueden ser propuestas u orientaciones concretas para el futuro, como posibles vías de salida para cuando seamos capaces de desplegar velas y embarcarnos con una decidida voluntad colectiva.

Así, los teóricos de las oleadas modernizadoras se empeñan en predicar de nuevo el final de una época considerando la crisis como una ocasión u oportunidad que no debemos desaprovechar; una especie de gran trampolín hacia el futuro. De lo que se trata es de apostar definitivamente por el cambio, incorporarnos a la innovación, a las nuevas tecnologías, al diseño y el internet, dejando atrás las frivolidades del casposo ladrillo. Modificar nuestro sistema productivo para ir más allá de las conocidas rutinas del turismo o la agricultura y avanzar en nuevos horizontes adecuados al universo globalizado, lleno de clusters, blogs, marketing y puntos.com. Claro que nadie nos aclara cómo hacer para bajar a un currito del andamio y colocarlo de forma inmediata frente al ordenador, y que la cosa funcione. Sobre todo cuando nuestro sistema educativo es como es.

Frente a la hipótesis del cambio está la alternativa de la conservación: o sea, virgencita que nos quedemos como estábamos. Acaso no sería mejor conservar nuestros ladrillos, nuestros simpáticos turistas y nuestra ancestral agricultura; mantener lo más posible de nuestro tejido socioeconómico para que no se nos caigan del todo los palos del sombrajo, y luego después ya veremos.

Situados en el mismo núcleo de la tormenta perfecta, ya no nos queda ni siquiera el recurso de confiar en Bruselas, después de tantos años de petulante euroescepticismo. En realidad lo único a lo que tendríamos derecho a aspirar es a que nuestros gobernantes dejen ya de dar palos de ciego y apuesten con sencillez y dignidad por alguna de las vías o de las estrategias. Pero por favor, no nos vengan de nuevo, en plena ciclogénesis, a sacarnos conejos de la chistera.

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