La tribuna

César Hornero Méndez

Garzón o el ocaso de una estrella

CASI ninguno de los numerosos defensores que estos días tiene el juez Baltasar Garzón deja de señalar los lados oscuros y discutibles de su personalidad y de su trayectoria. Con independencia del reconocimiento que hay en ello de su humanidad -nadie es perfecto-, es evidente que existen episodios sobrados para sostener que dicha trayectoria no es precisamente impoluta en cuanto a momentos controvertidos y polémicos. A pesar de ello, la mayoría de sus valedores aparecen unidos por el convencimiento común de considerar al conocido magistrado como victima de una campaña -y hasta de una conspiración, señalan algunos y él mismo- orquestada entre miembros de la extrema derecha y los muchos enemigos de diversa procedencia (bastantes pertenecientes al ámbito judicial) que éste habría ido acumulando a lo largo de su empedrado camino.

Les resulta inconcebible y, sobre todo, injusto que este campeón de la justicia, capaz de enfrentarse al terrorismo de ETA, al narcotráfico organizado y a las dictaduras argentina y chilena se vea ahora acusado hasta tres veces de prevaricación en otros tantos procesos. Que una de las querellas se interponga porque Garzón pretendió contribuir, mediante la apertura de una causa, a reparar la injusticia histórica cometida con las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo, en el marco de la Ley de Memoria Histórica, les resulta directamente insoportable. Hay que reconocer que la índole un tanto casposa de algunos de los querellantes y una equilibrista y forzada calificación penal de la conducta de Garzón como prevaricación -calificación de éxito improbable seguramente-, abonan la idea de que estamos ante un episodio bastante cutre. Algo, esto último, sin embargo, andando Garzón por en medio, harto previsible.

Todo es más sencillo, nos parece. Tanto como entender que Garzón debía haber abandonado hace mucho tiempo la carrera judicial. Ya lo hizo una vez voluntariamente, como es conocido, para iniciar una corta y accidentada aventura política. Su vuelta a la carrera judicial, que insistimos no debió producirse nunca, no fue exactamente tal. Garzón siguió y ha seguido haciendo política -fundamentalmente una "política del yo"- desde su condición de miembro de la judicatura, en un lugar no precisamente intrascendente como es el Juzgado de Instrucción que ocupa en la Audiencia Nacional.

Ha seguido al frente de éste administrando casi siempre sus afanes y sus esfuerzos de manera calculada, todo a mayor gloria de sí mismo, del "hombre que veía amanecer", como lo calificó la autora de una de las varias hagiografías que se le han dedicado. Fue inspiración primera para la acuñación del término "juez estrella", todo un hallazgo, que años más tarde Alejandro Nieto describió -sin duda teniéndolo en mente- como aquel juez empeñado en ser noticia diaria a toda costa, algo que trataría de garantizarse con sus sorprendentes decisiones.

Desde luego Garzón da mucho juego en la larga distancia. Si tiene admiradores aquí entre nosotros -como se ha visto el pasado fin de semana-, bastantes más parecen los de fuera. Entre unos y otros quieren dar a su defensa ese tono épico que es, sin duda, el que mejor se corresponde con el personaje. Están dispuestos a que el caso Garzón se convierta en una suerte de Affaire Dreyfus. Están en ello (y de qué manera) como lo prueba el que hayan comenzado a producirse algunos J'accuse bastante delirantes.

Lo peor es que todo este ruido puede ocultar aquello que nos parece más grave. Y es que estos procesos contra Garzón y la auténtica trifulca que han desatado proyectan la insostenible situación de nuestra Administración de Justicia, para la que es prácticamente imposible reclamar ya una mínima confianza ciudadana. No debe olvidarse que vivimos en un Estado judicial más que en un Estado legal, como también ha señalado Alejandro Nieto. Aunque parezca exagerado, vivimos en un Estado, jurídicamente hablando, en el que la solución de los conflictos se encuentra más en manos de los jueces que de las propias leyes. Es evidente que desde hace años asistimos a una progresiva judicialización de las relaciones sociales y políticas, lo que habría traído consigo un correlativo aumento del peso político y social de los jueces. Esos en los que a muchos ciudadanos les resulta cada vez más difícil confiar.

Este Garzón de ahora, que tal vez viva el ocaso de su estrella, puede estar desde luego muy satisfecho de haber contribuido destacadamente al deterioro de un sistema judicial que es capaz de tenerlo hoy como víctima, en tanto que pretendido autor de unos improbables delitos. Que se consuele: debe ser la penitencia por alguno de sus muchos pecados.

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