La lluvia en Sevilla

Hallar la casa

En Sevilla, con el Covid, hacer vida en la calle cede el paso a un interés inédito por hacer hogar

Compran como si vendieran!", exclamaba el poeta Vicente Núñez. Se me viene a la cabeza este aforismo suyo mientras doy tumbos, como una perdedora por el campo de batalla, por los pasillos del Ikea, entre expositores arrasados. Que sepan que no quedan ni la funda Gurli, ni las cajitas Gråsidan ni las Raggisar, por no hablar de los anaqueles Ivar, que no llegarán hasta febrero. He acudido para pillar estanterías para mi estudio, pues el confinamiento de marzo me sorprendió recién aterrizada en mi nuevo hogar, y éstas son las horas en las que sigo sin sofá, y los libros se explayan por los suelos. Un dependiente me explica que entre el cierre perimetral pasado y el que probablemente se nos eche encima en un futuro demasiado próximo, las gentes -entre las que me incluyo- ahora han llegado en tropel. Compruebo que en la venta on line también están, en no pocos artículos, desabastecidos. El carpintero que me hizo los frentes de armario me cuenta que 2020 ha sido el no parar, el fontanero me ha vuelto a dejar plantada porque dice que no da abasto, y mi amiga Regina, que tiene una tienda de cocinas, me confirma la noticia que este su diario publicaba hace unos meses, que informaba de un notable incremento de las reformas de cocinas y terrazas durante el pasado verano. Me da a mí que, en estos momentos, y cada cual a la medida de su bolsillo, hemos iniciado nuestra personal conquista del espacio: cada cual está tratando de preparar su hogar, de hallar la casa, válgame esta hermosa expresión de la poeta Beatriz Viol. Desde la salida del confinamiento duro, no pocos sevillanos han pasado de arreglar la caseta de feria a arreglar su casa. Por lo que pueda pasar. Esto, entre quienes afirman que "como en la calle no se está en ningún lado", es un cambio diríase que antropológico.

Quizá muchos han descubierto durante su encierro la necesidad de hacer un espacio propio, ya sea de convivencia íntima o de habitación propia (en el caso de quienes viven solos o tienen la suerte de disponer de una estancia para sí), donde dejarse caer, en el que habitar, donde cobijarse cuando la vida arrecia. Quizá muchos se han dado cuenta de la importancia de que la sala de estar sea también una sala de ser, por fin desprovistos de la máscara y la mascarilla. Hallar la casa, alquilada o en propiedad, con más o menos jayeres, redunda en cosas profundamente buenas para cada cual, e igualmente provechosas para muchos negocios y comercios locales y para la comunidad en general, siempre y cuando esa búsqueda no nos encierre en nosotros mismos, no nos ensimisme, sino que sea compatible e incluso contribuya a compartir y defender el espacio público, a hacer vida de barrio, a aportar andares propios a nuestras amadas calles.

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