La Sevilla del guiri

John Julius Reel

Yo soy la Iglesia

MI hijo pequeño es todavía morito, como dicen aquí. Tiene casi un año, y no sé cuando me armaré de valor para ir a la parroquia para que hagan a mi niño oficialmente cristiano.

Con mi hijo mayor, el proceso me sentó mal. Empezó con los 50 euros que nos dijeron que tendríamos que pagar. "Tasas donativas", las llamaron.

-¿Para qué? -preguntó mi mujer-.

El hombre no nos miró a los ojos.

-Para las flores en el altar -dijo-.

-¿Y si no las podemos pagar? -preguntó mi mujer-.

-¿Quién hoy en día no puede pagar 50 euros? -le dijo-.

-Muchas personas -dijo mi mujer-, aunque no es nuestro caso.

Sin expresión, el hombre miró nuestros datos en la solicitud.

-Noto que tu dirección no está precisamente en nuestra parroquia -nos dijo-.

Lo dejamos así.

En el cursillo que tienen que tomar los padres y los padrinos antes del bautizo, la instructora lo inauguró preguntándonos: ¿Qué es la Iglesia?

No respondió nadie, entonces acudió a mí, el guiri.

-¿Qué es la Iglesia? -repitió-.

Pausé para plasmar bien mi respuesta, queriendo conformarme con las circunstancias, y no hacerme el rebelde.

-Es la institución que representa la palabra del Señor -le dije-.

Sacudió la cabeza.

-No -sonrió a la clase entera-. Sois vosotros.

¿De verdad? pensé en contestar. ¿Entonces los 50 euros son para mis compañeros de clase? ¿Por qué no nos presentamos unos a otros intercambiando billetes de 50, y ya están pagadas las tasas donativas? Compramos las flores nosotros.

Un poco más tarde, la instructora nos dijo que los sacramentos son gratis. Por un momento, no confié en mi castellano, pero la risa de mis compañeros lo confirmó. La instructora ignoró la reacción y siguió adelante.

El día del bautizo había cuatro niños. Había flores en el altar, pero os aseguro que no valían 200 euros. La parroquia pilló el hueco entre dos misas para celebrar los bautizos. La ceremonia fue rápida, eficaz, mecánica, en una palabra, profesional.

Según la ley canónica, la Iglesia no puede cobrar por los sacramentos, pero puede cobrar por los preparativos. Para mí es lo mismo, si no se pueden recibir los sacramentos sin pagar por los preparativos.

No voy a entrar en los pormenores sobre lo de vender los sacramentos. Quizás la Iglesia tiene derecho a pedirme tasas donativas. Quizás utilizó mi dinero para algo trascendental. Espero que sí. Lo que me cae mal es que la Iglesia se defienda con el disimulo táctico de abogados y exija dinero con la jerga burocrática del gobierno. Acudo a la Iglesia buscando lo elevado, pero lo que encuentro es lo astuto.

Una noche, encontré por casualidad un programa el la tele en el que la presentadora estaba preguntando a gente de la calle, "¿Qué le parece si el Gobierno ofrece confirmación civil al igual que matrimonio civil?" A la mayoría le parecía muy buena idea. Me quedé patidifuso con que la gente normal y corriente de España, uno de los países más católicos del mundo, no se diera cuenta de que es absurdo que un Gobierno administre un sacramento.

Pero después de experimentar todo el proceso del bautizo, entiendo mejor la confusión entre la Iglesia y el Gobierno en España, y por qué el significado de los sacramentos se va perdiendo.

Ojalá que la Iglesia utilice su labia fácil a la hora de proclamar públicamente sobre quién puede comulgar y quién no. Los obispos dicen, más o menos: "Si votáis a favor de un candidato que apoya el aborto, no podéis comulgar a menos que confeséis vuestros pecados con verdadero remordimiento". Después de la vergüenza de aliarse durante casi 40 años con un dictador, la Iglesia debería haber aprendido ya a hablar de una manera más pastoral que policial. En vez de amenazar con quitarnos el derecho de un sacramento: ¿Por qué no los utiliza para ilustrar? ¿Por qué no recomienda, por ejemplo, que nos confesemos y comulguemos antes de votar, y que roguemos que sigamos la voluntad de Dios a la hora de poner la papeleta?

Aunque nos llaman el rebaño, no somos animales. Respondemos mejor a ánimos que a latigazos.

Y, por cierto, hablando de verdadero remordimiento, ¿lo tendría si, después de confesar y recibir mi penitencia, protestara por señalar otros peores que yo? Cuando la Iglesia, al responder al escándalo de la pederastia, insinúa una conspiración o indica que las cifras de la pederastia son mayores en otros grupos sociales, se asemeja más a un político metido en una compaña de insultos, que a una pecadora arrepentida.

Me siento bendecido por haberme criado en un ambiente católico y creyente. Mi padre fue columnista en Nueva York durante más de 20 años. Siempre defendía la Iglesia, hasta el punto de hacer el ridículo, según muchos de sus compañeros de periodismo.

En su honor, y para aclarar que no espero una Iglesia blanda, sólo consecuente, terminaré este articulo con una anécdota que me contó después de entrevistar a la Madre Teresa de Calcuta.

-Esperaba a una mujer rebosando piedad -me dijo-, pero fue una pesada. Sólo quería saber lo que podía hacer para ayudarla. Ella no tenía tiempo, ni esfuerzo, ni interés por agradar. Pensaba sólo, implacablemente, en su causa.

Es ésta la Iglesia de la que me enorgullezco de ser miembro y la que, tarde o temprano, recibirá mis 50 euros en tasas donativas para que mi hijo pequeño también pueda decir el día de mañana: "Yo soy la Iglesia".

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