TODOS tenemos la certeza de que al final, por muy color de hormiga que se ponga la vida, todo saldrá bien. Falso pesimismo lo llaman algunos. Ellos, los que son optimistas a la inversa son de los que, aun viendo a su equipo perder por tres goles en el último minuto del partido, tienen la certeza de que habrá remontada si sobre el terreno de juego está el jugador con el número 8 en el dorsal. Son los que, después de pegarse toda la semana lloviendo, el viernes deciden meter su bañador en la maleta para poner rumbo a cualquier playa. La experiencia de los últimos tres fines de semana les dice que en algún momento aparecerán los rayos de sol.

Los falsos pesimistas, u optimistas encubiertos, jamás lloran tras una ruptura. Las diez anteriores, con sus correspondientes más que agradables reconciliaciones, les hacen pensar que esa no es la definitiva, que volverán a estar juntos. Ellos siempre vuelven, como las golondrinas de Bécquer.

Están acostumbrados a la calma después de la tormenta, la vida les ha demostrado que, pase lo que pase, todo termina saliendo bien (aunque de cara a la galería muestren algo de angustia existencial pensando en un desenlace fatal). Debe ser que ellos se fían del hermano secreto de Murphy, ese que lo contrariaba asegurando que si algo puede salir bien, saldrá bien. Pero eso sería reconocer que son optimistas y el mundo de Mr. Wonderful ya es demasiado vomitivo como para ganar más adeptos. Así que se enfundan el disfraz de pesimistas, de todo va a salir estrepitosamente mal, porque es ley de vida, albergando en lo más profundo de su ser el deseo de que el universo les dé una alegría. Total, están acostumbrados a eso y la experiencia ya se sabe, es la madre de todas las ciencias. Hasta que un día sus presagios como pesimistas de cara a la galería se confirman y ni ganan el partido ni cogen moreno en la playa ni vuelven a vivir otra agradable reconciliación.

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