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Hace unos días, a cuenta de la campaña lanzada contra la empresa que hace que usted tenga entre sus manos o en su pantalla este periódico, una persona a la que tengo por buena conocedora de las claves sociales y políticas de nuestra ciudad me hablaba de los que piensan que tienen, porque tienen que tenerlo, el monopolio de la violencia civil. Son los que decidieron durante años, con tácticas propias de matones de barrio, quién en cada momento estaba muerto o estaba vivo, quién podía aspirar a un cargo político -por ejemplo ser candidato a una Alcaldía como la de Sevilla- o tenía que plegarse y dejar paso al que ellos, en función de intereses inconfesables, habían decidido; los que repartían a su antojo y conveniencia credenciales de ciudadanos ejemplares o de proscritos sociales; los que todavía se creen con derecho a decidir qué es noticia y cuándo lo es en función de que mueva o no el agua de su molino; los que se piensan que, por designio divino, tienen que mandar en una ciudad que hace mucho tiempo que mira hacia otro lado.

Son los que no pueden aguantar que otros hayan llegado con las reglas del oficio y de la honestidad profesional por delante y les hayan pisado el césped del jardín. Los que se resisten a admitir que las cosas cambiaron hace ya tiempo y que nunca volverán a ser igual para ellos. Por muchas razones, pero sobre todo porque se les ha perdido el miedo que ahora intenta inútilmente imponer con patéticos comportamientos propios de señoritos cortijeros. Ahora ya no deciden ellos quién está vivo, quién sube o quién baja, qué es noticia o qué es lo que hay que pensar por obligación. La violencia civil que ejercían ya no existe porque tienen una competencia que sale a la calle sin otra voluntad que mirar la realidad sin anteojeras; con la sana ambición de ganarse cada día un lugar bajo el sol y el respeto de la sociedad a la que sirven.

Y no lo pueden aguantar. No pueden admitir que los años no pasan en balde y que el mundo ya no es el que ellos en su delirio siguen ensoñando. Que ahora vivimos en una sociedad abierta donde nadie tiene el monopolio de nada y en la que hay que competir ganándose el respeto de los que tienen la deferencia de pararse a mirarnos. Dando un paso adelante cada día e intentando no ir nunca para atrás. Por eso reaccionan como reaccionan: respiran por la herida. Lo demás son pamplinas.

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