Los cazados

Propaganda bélica.
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07 de marzo 2026 - 05:30

EN mis razias por el ciberespacio suelo tropezar con vídeos de drones ucranianos dando caza a soldados rusos. Puede que alguno sea falso, pero todos son desagradables e impíos al mismo tiempo que adictivos, porque si de algo saben los que manejan el algoritmo es de los recovecos oscuros del alma humana. Sin embargo, hay algo que da pie a la esperanza y que hace que siga creyendo que soy un hombre, hijo de Eva, y no un producto de la Inteligencia Artificial: siempre me pongo de parte de la víctima, del cazado, un soldado ruso del que desconozco todo, si es un criminal de guerra, un patriota sincero o un aterrorizado chaval al que la historia ha colocado en aquel pequeño apocalipsis. Si mi corazón está con la causa ucraniana, un pueblo mártir desde las hambrunas comunistas hasta los tanques de Putin, ¿por qué contengo la respiración esperando que el desdichado consiga deshacerse en el último segundo de ese siniestro moscón cibernético que lleva en sus entrañas una mortal carga? Lo normal en estos vídeos es que los cazados intenten hasta el final destruir el dron-cazador. Siempre sin éxito. Les disparan, les arrojan piedras y palos, intentan burlarlos ocultándose detrás de un árbol o encogidos en su trinchera... pero todo suele ser inútil. Las últimas imágenes consisten en una neblina catódica que indica que ya todo se ha consumado. Pero unos instantes antes, las postreras estampas de los cazados suelen variar. A veces muestran a hombres luchando hasta el final. Son las más épicas, pero las menos interesantes. Las más extrañas son aquellas donde el cazado se abandona y espera paciente, como un santo, su muerte. Muchas veces en sus rostros no se refleja el terror, sino una especie de resignación. ¿En qué están pensando? ¿En sus seres queridos, en el rostro de Cristo, en la futilidad de la vida? Desde luego no en la patria, la democracia, el capitalismo, la revolución o la superioridad de la raza eslava... Es difícil ver estas imágenes sin que nos invada un profundo sentimiento de piedad y solidaridad, de querer sentirse solo humano más allá de las diferencias políticas que nos impone la historia. Hoy en día hay muchas personas que presumen de su politización, que se sienten heraldos de una nueva humanidad. Otros, sin embargo, experimentamos una cierta incomodidad, lo cual no significa que dejemos de levantar las banderas que consideramos justas y propias. Recuerdo la enseñanza del maestro John Gray: ninguna visión del mundo –¿qué es si no la política?– puede ser tan rica como la realidad humana. Lo diré en otras palabras: la carne de un hombre vale más que todos sus delirios.

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