IMAGINEMOS a un tipo que, en la Valencia de los años 50 del siglo pasado, visita una exposición y enloquece ante lo que le propone uno de los cuadros. La obra es ciertamente enigmática en su abstracción, de modo que no podemos intuir qué sensaciones concretas despierta en el espectador, pero éste empieza a alterar su comportamiento ante la pieza con desatado amaneramiento: se acerca a la tela mordiéndose los labios, con un volumen de pavor en los ojos, con la severidad de un padre que parece decepcionado y busca explicaciones a una situación que se le antoja descabellada; esa mueca entre la decepción y el asco pasa inesperadamente al alborozo, a una divertida incredulidad, y el sujeto lanza una carcajada que tiene casi forma de diálogo, que podría subtitularse como ¿No les parece estúpido que se haya pagado una millonada por esta tremenda e insuperable basura?

Este hombre indignado por la insolencia con la que los artistas de la vanguardia pretendían cambiar la estética y la ética de su tiempo era Federico Benavent i Llopis (Valencia, 1895-1962), que pudo divulgar su amor por la tradición en el internado que poseía su familia. Federico tuvo, no obstante, un gravísimo problema en su apostolado de las esencias clásicas y la disciplina extrema: su hermano Juan Gabriel (Valencia, 1897-1971), que también heredó el centro educativo.

Federico y Juan Gabriel, nuestros Caín y Abel, compartían rasgos similares que delataban su parentesco: a ambos les colgaba una voluminosa papada por la que sus perfiles se asemejaban a los de un pavo, y ninguno de los dos podía decir la palabra "buñuelo" mientras comían una patata asada sin poner perdido a quienes tuviesen enfrente. Pero Federico recordaba haber sido un soldado romano en una vida anterior y haber muerto desangrado en la batalla del Nilo, y esa imagen que invadía con asiduidad sus sueños había agriado su carácter. ¿Para qué se pasaba uno la existencia pagando la hipoteca de una casa si en el más allá contemplaban con recelo la idea de propiedad privada?

Sin ser consciente de la radicalidad de la iniciativa, Federico se involucró en una experiencia pedagógica pionera, nada menos que un centro que impartía visiones completamente antagónicas de la educación. Gracias a esta escisión, el ala izquierda del edificio acogería la Escuela Ciriott, en la que Federico tomaba como orientación la filosofía del fundador de la Bournemouth Ciriott School, el clérigo Thomas Ciriott, quien dejó escrito en su Decálogo para que un hombre halle la paz con Dios: "Sólo la seriedad más absoluta prepara para los reveses del futuro". Federico creía que el procedimiento más idóneo para que los jóvenes aprendieran consistía en inspirar terror a los alumnos, y no tuvo reparos en llevar esa convicción hasta las últimas consecuencias: arrancó un trozo de oreja -fue un fragmento minúsculo el que se llevó en un pellizco desafortunado, pero las exageraciones posteriores hablaron de una voraz dentellada- a un chaval que confundió el río Ebro con el Guadalquivir, lo que efectivamente motivó que el muchacho no volviese a cometer ningún equívoco en geografía, aunque se orinara cada vez que caminaba cerca de un arroyo. Así, en el internado que dirigía Federico no era posible la debilidad: cuando algún discípulo enfermaba de meningitis, el pedagogo se aseguraba de que antes de morir recibiera una contundente paliza por no haber sido "suficientemente fuerte" y haber evitado el contagio.

La parte derecha de la construcción cobijaría, mientras, la Escuela Moderna, en la que se celebraban coloquios y pícnics, se debatía en francés mientras se bebía champán y se permitía fumar marihuana siempre que se justificara un "uso terapéutico". La denominación de la escuela surgió tras una de las primeras clases, cuando Juan Gabriel asistió al aula con los ojos maquillados de purpurina y un alumno baboso exclamó: "¡Profesor, qué moderno!".

Juan Gabriel, al contrario que su hermano, aspiraba a la felicidad desde que en un viaje a París vio a una bailarina cíngara danzar una polca en la calle y supo que había formas de ganarse unas monedas que no exigían el gesto hosco de un enterrador. Por ello su modus operandi era más relajado: razonaba que una transmisión de conocimientos amena podía resultar más eficaz, y por ello solía sacar la guitarra en muchas clases y explicar algunas materias cantando, sin sospechar que su voz aguda y su entonación desafinada podían considerarse otro modo de tortura. Juan Gabriel buscaba estimular la imaginación de los jóvenes, de ahí que en sus clases se inventaran la música atonal, la performance y la cocina con nitrógeno líquido, aunque nuestro profesor no se preocupó por patentar ninguna de estas creaciones y la posteridad atribuiría los méritos a otros. (Peor suerte corrió la poesía deconstruida, escrita con vinagre de Módena y con escandalosas licencias en la ortografía, que no interesó a nadie y se olvidó de inmediato).

A menudo, los alumnos de las diferentes escuelas quedaban en la madrugada para zurrarse, competir en carreras clandestinas de coches y pegarse chicles en el pelo. Y, como un anticipo del terrible enfrentamiento que acabaría con sus desavenencias, Federico solía irrumpir en la Escuela Moderna para pedir un poco de sal y avisar a su pariente de que ardería en el infierno, especialmente tras haber rematado una magdalena con una incómoda capa de crema y haberla llamado con el ostentoso nombre de cupcake.

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