El poliedro

Psicosis en'Pensión Ponzi'

Muchos augurios sobre el derrumbe del sistema de pensiones obvian la productividad y el valor tecnológico

Como ya no es epatante ni políticamente correcto reclamar que no se pongan vallas al campo del mercado, ni guantes a su mano invisible, surgen nuevas vías por las que se manifiestan con pasión los confesos del liberalismo económico en su versión hispánica, que tiene como uno de sus rasgos distintivos el hecho de que aquí, como condición sine qua non, el liberal es políticamente conservador o de derechas, con mayor o menor camuflaje partidista, mientras que en Gran Bretaña o Estados Unidos esta connotación no es consustancial a la sintonía con el credo liberal. Estas nuevas vías, decimos, que defienden con lucidas posiciones técnicas, unos, o con fervor anti-intervencionista, otros, tiene como mantras oficiales tres recetas para que la economía fluya bien y que su buena marcha sea sostenible.

Primera, que hay que acometer reformas estructurales o flexibilizar el mercado laboral desde el punto de vista de quien contrata: contratación y despido con menores trabas, para precisamente incentivar la oferta de empleo por parte de las empresas. El Fuero franquista y su heredero, el Estatuto de los Trabajadores de la Transición, son rocosos tótems defensores de los derechos de los empleados. Este primer dogma liberal se soporta con argumentos razonables, particularmente ante la perspectiva de la depresión económica, aunque su continua reclamación no suele ser compartida por quien trabaja por cuenta ajena y sin seguridad vitalicia alguna. El segundo mascarón de proa del laissez faire contemporáneo es que la emisión de deuda pública y los salvavidas sectoriales y otros estimulantes a costa del presupuesto público hipotecarán seriamente la economía de las próximas cohortes de españoles: pan para hoy y, probablemente, menos pan para mañana. Enunciado que ofrece poca controversia, si no fuera porque no se ofrece alternativa razonable a la política económica de emergencia.

El tercer caballo de batalla de esta corriente de pensamiento no para de ganar nuevos creyentes, y afirma que el sistema de pensiones español es una bomba de relojería insostenible, que consiste en engañar a los actuales cotizantes a la Seguridad Social, que pagan ahora los retiros de las generaciones mayores (y, por cierto, sobra dinero), pero para los cuales no va a quedar nada, porque no habrá suficientes cotizantes para costearnos la paguita cuando nos toque. Las generaciones de baby boomers de los sesenta seríamos según este vaticinio, con perdón, unos pringados de manual. Una estafa piramidal, según el esquema de su creador, llamado Carlo Ponzi; como las de Forum o Afinsa, la de la antigua "cadena de oro" o la más reciente y monumental de Madoff y sus ricos que también lloran. Una estafa... ¡perpetrada por el propio Estado! No es extraño encontrar en la prensa -y no digamos en las bitácoras personales de internet- esta opinión, tan apabullante: la Seguridad Social es una timadora, una estafadora, una mentirosa, que con su anzuelo de la "solidaridad intergeneracional" va a acabar con nuestros ahorros, dejándonos dentro de un par de décadas -o menos- con un palmo de narices, forzándonos a empujar un carrito de hipermercado repleto de cartones que sustituirán el edredón de nuestros tiempos jóvenes. Reconozcan que la boutade tiene pegada; frío, no te deja.

Estas opiniones ignoran un argumento: gracias a la tecnología, y durante el último siglo, la población ha crecido entre cinco y diez veces menos que el producto generado por dicha población. Cada trabajador aporta mucho mayor output ahora que hace treinta años. Sin el argumento del crecimiento sostenido de la productividad por encima del de la población, es cierto: la Seguridad Social nos estaría dando borricate. Pero, hasta ahora, la realidad es exactamente la contraria. ¿Revisar el sistema de pensiones? Continuamente, sin duda. Para garantizarlo. Pero sin piruetas efectistas, alarmistas y, quizá, arteras.

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