Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

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Río con trampa

Un porteño despistado pregunta en el puente de Triana hacia dónde está el Mediterráneo

El río Guadalquivir tiene trampa a su paso por Sevilla, por su cauce no se llegará hasta las fuentes de Cazorla, sino al tapón del Huevo de Colón, allá donde queda retenido en un arco que va desde el viejo camino de la Algaba a la sede de la RTVE. Una bonita trampa, un reculaje colonizado por una vegetación lacustre donde anidan fochas y calamones, ese gallo azul de las lagunas andaluzas. Este culo de saco conecta el tramo del paseo fluvial de San Jerónimo con el parque del Alamillo, donde el bosque de naranjos ya está dando los frutos amargos que sirven para aromatizar caldos, ajos y hasta mermeladas inglesas.

Sevilla dejó de mirar de espaldas al río en 1992 y se ganó este tramo inconcluso del Guadalquivir que ya podía tener una conexión de apertura automatizada con su gran cauce, de modo que las aguas se oxigenasen un poco mejor. Pero, de cualquier modo, el río es la vía de escape natural a este encierro pandémico, hay hasta dos horas de caminata junto al agua y los árboles.

La trampa del paseo no es, sin embargo, la apuntada antes, sino los obstáculos que el caminante aún encuentra en el paseo fluvial. Dejemos pasar el del Centro de Alto Rendimiento porque tiene un caminito a su alrededor y, sobre todo, porque hay que coger fuerzas para criticar al siguiente, del pabellón de la Navegación. ¿A cuento de qué esta valla pública en medio del recorrido? ¿En qué paraíso fiscal tuvo que meter el dinero el que nutrió de tantas vallas a la Cartuja?

Vázquez Consuegra ha transformado el desolador aparcamiento que había en las inmediaciones de la Pelli antes de ser construida en un curioso parque que, sin embargo, está aislado a cuenta del citado pabellón. El retranqueo de esa valla de palos blancos permitiría la conexión con el paseo de la O, por debajo del puente del Cachorro, el de los variados nombres. Parece que el Ayuntamiento está empeñado, al fin, en adecentar el paseo de la O y proseguirlo, bajo el puente de Triana, hasta la calle Betis. Desde allí comienza otra historia de ocupaciones que bien se podrían solventar con algunas pasarelas voladizas y un poco de buena voluntad.

El río que nos queda es Sevilla. Una tarde de primavera, unos turistas con acento argentino preguntaban en el puente de Triana hacia dónde estaba el Mediterráneo. El Mediterráneo, no, el Atlántico y Argentina, donde los barcos llevaron a los ancestros de los despistados porteños. Y eso de allí es San Telmo, como el barrio bonaerense, y dentro, en una capilla, la Virgen del Buen Aire. ¿Le va sonando? De verdad, recuperen todo el río, que esto es desperdiciar por desperdiciar.

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