CÓMO cambian las modas. ¿Se han fijado en la cantidad de coletas que se ven últimamente por la calle? Malos tiempos corren para los barberos; de seguir la cosa así no habrá quien entre en sus locales para darse un corte de pelo. Debe ser efecto de los nuevos tiempos podemitas y de los elegantes modos que gastan sus dirigentes. Un voto una coleta, puede que sea la consigna oficial de aquí a poco, o lo que es más probable aún; una coleta un puesto. El personal, o la gente, que es como ahora está bien llamar al personal, no está dispuesto a que unas ideas más o menos estrambóticas, o un discurso más o menos incendiario, se interponga en su afán de conseguir las habas sin grandes esfuerzos; que hay que dejarse la coleta, pues se la deja uno y santas pascuas, en peores plazas se ha toreado, y si es necesario ir guarrete por la vida pues se va, cualquier cosa menos parecerse a la casta.

Ser de la casta es lo arriesgado y excluyente. Estar en el listado de castas es el principio del fin, y eso que la nómina de castas disminuye de día en día gracias a la reconocida bondad y altruismo del señor Iglesias, quien va absolviendo sin grandes contratiempos los viejos pecados y desvaríos políticos -socialistas y comunistas ya han salido de ella- de los posibles futuros socios de gobierno. Los españoles siempre hemos sido muy sensatos en estos asuntos; sonrisa al fuerte y leña al débil.

En cualquier caso, como de todo hay en la viña del Señor, no resulta escaso el personal, la gente quiero decir, que está encantado de ser casta y continuar figurando en la lista asumiendo con buen talante los posibles desaires que ello le pueda conllevar. Todo menos vestir camisetas negras -a ser posible con chistecito en el pecho resaltado en letras blancas- con las manchas de sudor clareando las axilas, calzarse chanclas para enseñar con gracejo dedos regordetes y renegríos como morcillones de Aracena y, de vez en cuando, como el que no quiere la cosa, rascarse el trasero con energía y determinación. Hasta ahí podíamos llegar.

Y realmente no pertenecer a la casta para poder trabajar, o saludar en los saraos institucionales a la bella Carmena o a la pacífica Colau, no tiene demasiado atractivo para muchos. No es cuestión de política, sino de gustos. A unos les gusta la cochambre y a otros la limpieza, unos prefieren lo chungo y otros lo hermoso. Ésa es la cuestión.

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