Cosas que pasan

Ricardo Castillejo

La certeza

CADA tarde, cuando salgo para realizar mis compras, me encuentro en el camino con la poética estampa de una pareja de adolescentes que, sentados en el escalón de la puerta de la que, creo, es el domicilio de la chica, pasan horas y horas, uno frente a otro, charlando sobre las cosas cotidianas que les han ido sucediendo durante la mañana. Se ve que la mamá de ella, preocupada por la joven pasión de su hija, les pidió que, de frecuentarse, lo hicieran en un entorno cercano a la tutela familiar y mientras comprueban cómo evoluciona su relación.

Yo, al pasar, no puedo dejar de emocionarme palpando un amor que, sin tenerlo a mi lado, es evidente que sigue existiendo. Y si no, pregúntenle a esa amiga mía que, embrujada por un querer que le ha puesto la sangre de pie -trágica expresión de la copla, por supuesto, de León, Quintero y Quiroga-, llama "mi certeza" a un serrano con el que, al punto de conocerlo, casi ya se plantea boda. Porque, ¿existe un momento exacto para casarse? ¿Depende de algo concreto dar o no el paso de contraer matrimonio?

Está claro que, para la Duquesa de Alba -de cuyos sentimientos hacia Alfonso Díez ya aportamos numerosos datos en nuestro periódico mucho antes de la exclusiva de esta semana en ¡Hola!-, es una decisión que va en función de la opinión de sus descendientes quienes, por intereses varios, se niegan en rotundo a las intenciones de Cayetana. No obstante, todos sabemos que se trata ésta de una mujer concienzuda y que, cuando se propone algo, tarde o temprano, lo suele lograr. Guiada más por la prudencia que por el corazón, la Duquesa ha aparcado su objetivo de unirse a un señor con quien, de forma discreta, se sigue citando de vez en cuando.

Por mi parte, rozando la madrugada, cada noche regreso a casa por la misma senda que utilicé en la ida. Mis tiernos amantes continúan, sin cansarse, mirándose a los ojos en el mismo punto donde les dejé, convencidos de que, nada ni nadie, les arrebatará jamás ese mágico instante sin tiempo, ni edad, ni prejuicios. El único lugar donde, hasta lo más incomprensible, cobra sentido.

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