La ciudad y los días

carlos / colón

La cieguecita

COMO reparando las predicaciones de aquel antipático Molina, de los frailes de Regina, del prior, del provincial y del padre de los anteojos, al que sacados le sean los ojos, a los que tanto pesaba que María fuera concebida sin pecado original, otro Molina, de nombre Francisco y de primer apellido Gutiérrez, y su esposa, doña Jerónima Zamudio, le encargaron hacia 1628 a Martínez Montañés una imagen de la Inmaculada para que recibiera culto en una capilla de la Catedral (hoy museo) hispalense. Así nació La Cieguecita, la más honda y hermosa imagen mariana de Sevilla, como fruto de una época excepcional. Cuando Montañés la esculpió el Cristo de los Cálices tenía 25 años, el Calvario 18, Pasión nueve, el Amor y el Gran Poder ocho; y faltaban 54 para que Ruiz Gijón cerrara el prodigioso ciclo con El Cachorro.

Como si la gubia fuera tinta y la madera papel pautado, en La Cieguecita Montañés convirtió en una imagen la misa Ave Maris Stella de Cristóbal de Morales o el motete Conceptio tua de Francisco Guerrero. Porque el maestro de Alcalá la Real logró dar cuerpo en su obra a la delicada y severa polifonía de los dos músicos sevillanos. Se percibe el eco de Morales y de Guerrero en el abismal silencio que impone el ensimismamiento de esta Inmaculada. Contemplándola se nota la caricia de la suave brisa que señala el paso de Dios. Porque está escrito en el libro de los Reyes que cuando Elías aguardaba la aparición de Dios hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas, pero en el huracán no estaba el Señor; hubo después un terremoto y fuego, pero ni en el terremoto ni en el fuego estaba el Señor. Hasta que oyó el susurro de una brisa suave. Y allí estaba Dios.

¿Valoran los sevillanos el tesoro que tienen en la Catedral? ¿Lo conocen siquiera? ¿Son conscientes los señores canónigos de lo ayuna de cultos y oraciones que está la mejor imagen sevillana de la Virgen? Y no me refiero al arte, sino a algo mucho más importante. En su camino del agnosticismo al misticismo Aldous Huxley anotó que se interesó en las cosas de Dios "porque todo lo demás -el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones- terminó por parecerme insuficiente. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven o en Shakespeare: ¿esto es todo?". Contemplando La Cieguecita se siente lo mismo, pero sin interrogaciones: ¡esto es todo!

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