Editorial

11-M: una foto que ha tardado doce años

HAN tenido que pasar doce años del atentado de Atocha, el más sangriento de la historia de España que costó la vida a 193 ciudadanos, para que se produzca la foto más esperada: la de todas las asociaciones de víctimas unidas en un mismo acto institucional al que también acudió el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes; y la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Aunque parezca increíble, las disputas políticas que siguieron a la brutal matanza -provocada por el terrorismo yihadista el 11 de marzo de 2004- habían enrarecido el clima entre las víctimas, dándose episodios que nos deberían de sonrojar como nación. Las responsables de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, Ángeles Pedraza; de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo, Pilar Manjón; de la Fundación Víctimas del Terrorismo, Mari Mar Blanco; y la de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, Ángeles Domínguez, pusieron ayer punto final a esta sinrazón y nos regalaron una esperadísima imagen de unidad. Como dijo Manjón, "estamos hartos de la utilización partidista y partidaria".

Sin embargo, la fecha del 11-M no debe ser sólo una excusa para recordar a los españoles y extranjeros cuyas vidas fueron brutalmente desbaratadas aquella fría mañana de invierno, sino también una oportunidad para reflexionar sobre la amenaza del terrorismo. Doce años después de la matanza, el yihadismo, lejos de haber desaparecido de nuestras vidas, sigue siendo una de las principales amenazas para las sociedades occidentales. Atentados posteriores a los de Madrid, como los de Londres, París o Túnez, así como el nacimiento del autodeterminado Estado Islámico en Siria, nos recuerdan lo lejos que estamos de controlar un fenómeno que, muy probablemente, seguirá sembrando el horror durante mucho tiempo.

Una vez celebrados los muy necesarios actos en memoria de las víctimas, la mejor manera de homenajearlas es trabajar para que no se repitan más los atentados, lo cual sólo se puede hacer de dos formas: aumentar las capacidades de inteligencia, policiales y militares para combatir sin dudas ni complejos a los terroristas, y mejorar nuestros mecanismos sociales y de cooperación internacional para evitar en lo posible que la marginación racial, la miseria y la desesperación sean un acicate para que muchos jóvenes musulmanes se unan al yihadismo. Es cierto que la derrota del terrorismo islámico está lejos, pero no nos debe caber la menor duda de que ésta acabará llegando.

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