Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

El laberinto

EL secretario general del PSOE lleva meses encerrado en una lógica que sólo él parece comprender y que, si alguien no lo remedia y lo remedia pronto, puede terminar conduciendo a su partido a un desastre todavía mayor que el cosechado en las dos últimas elecciones. Las explicaciones que se le puedan encontrar a este extraño comportamiento son sobre todo de orden interno: la defensa numantina de su sillón ante el acoso, muy probablemente real, de los poderes subterráneos de su propia formación que le habrían puesto la cruz y sólo esperarían el momento más propicio para derribarlo. Pedro Sánchez actúa así condicionado por mecanismo de defensa personal y no le importa, con tal de mantenerse donde está, poner en peligro el futuro del socialismo español e incluso la propia estabilidad del país. Este análisis y otros parecidos se están repitiendo mucho estos días tras el más que previsible fracaso en la investidura de Mariano Rajoy y la cuenta atrás para unas nuevas elecciones en diciembre, en la que ya estamos metidos. Llevar a España a las terceras elecciones en un año no sólo es una irresponsabilidad, es también un disparate que nos coloca en el nivel de un Estado fallido. Sánchez, actuando con la lógica del yo o el caos, es el principal culpable de que las cosas hayan llegado a este punto. Pero no el único. Rajoy también se ha conducido con prepotencia, como si no le importara en absoluto unas nuevas elecciones, en la seguridad, supongo, de que sacaría todavía más ventaja al resto de las formaciones políticas y sobre todo al PSOE.

Hemos llegado a un estado de cosas en el que la capacidad de análisis queda muy comprometida. Cuesta trabajo pensar que todo se reduce a egoísmos personales y a cálculos de estrategia de salón. Al final estamos poniendo en cuestión cosas que son muy importantes y que ha costado mucho tiempo y esfuerzos consolidar. Hemos tenido en las últimas tres décadas una democracia que, cierto que con muchas imperfecciones, ha permitido que el país viviera una época que estamos empezando a echar de menos. Nos estamos jugando la estabilidad, la recuperación económica, el prestigio de la Corona y, sobre todo, la adhesión social al sistema, una cuestión que se está infravalorando de forma suicida.

También se están comprometiendo irresponsablemente algunas piezas muy valiosas de ese sistema, como es el propio Partido Socialista. ¿Qué pretende Pedro Sánchez habiendo llevado a los socialistas a la actual situación? Si piensa que va a ganarle al PP en diciembre habría que poner en duda su capacidad para dirigir una organización de cualquier tipo. Si lo que persigue es mejorar algo sus resultados con el único objetivo de amarrarse a la secretaría general estará actuando con una mezquindad escandalosa. Si lo que quiere es terminar de arrinconar a Podemos estará matando moscas a cañonazos.

Podemos se parece cada vez más a lo que fue la Izquierda Unida de Julio Anguita y no parece que tenga mimbres para representar, en fuerza parlamentaria, más de lo que fue la extrema izquierda del largo periodo felipista y aznarista. La gran diferencia es sociológica: la IU de Anguita era un fenómeno criptocomunista que parecía sacado de los escombros del Muro de Berlín y el Podemos de Pablo Iglesias ha surgido en la época de la manipulación a través de las redes sociales. Pero, al final, el fracaso político de ambos será semejante.

El PSOE debe desembarazarse de Pedro Sánchez para volver a ser el partido que siempre representó a la izquierda moderada y pragmática de este país. Debe hacerlo además de forma rápida, porque las cosas han llegado a una situación impensable hace un año. Alguien tiene que decirlo claro en su organización y actuar en consecuencia, porque el PSOE no puede seguir en su laberinto.

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