La tribuna

abel / veiga

Dos mañanas grises

Días 6 y 9 de agosto. Apenas dicen nada estas fechas por sí solas. Sí lo dicen, sin embargo, en Japón. Han transcurrido siete décadas desde que Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas sobre dos ciudades japoneses, sobre población civil. Sabían lo que sucedería, pero sobre todo el día 9 cuando en 72 horas el mundo, aunque en aquel momento tal vez lo ignorase masivamente, había contemplado el horror del hongo. La destrucción total. Quienes ordenaron lanzar la bomba, quienes ejecutaron la orden y quienes prepararon todo aquel camino que condujo al abismo lo sabían. Se abrió en aquel momento un debate hoy inconcluso: ¿era necesario arrojar aquellas dos bombas en dos días sobre población civil? Terminó la guerra, pero se abrió una carrera nuclear todavía hoy sin terminar. No sabemos si esas dos bombas fueron determinantes para la rendición inmediata de aquel Japón imperialista y belicoso. Los bombardeos "convencionales" de los norteamericanos ya habían causado más muertes que las de Hiroshima y Nagasaki. El destino y el capricho quisieron que fueran estas dos ciudades de una lista que no encabezaban inicialmente.

Aquel día el reloj se detuvo a las 08.15. Cambió la historia de repente. Quizás enseñándonos el lado más abyecto y oscuro del ser humano, capaz de destruirse a sí mismo y colectivamente como nunca antes había hecho. El horror de la explosión y lo que sucedió a la misma, el horror de los campos de exterminio nazis, el horror de las ciudades europeas arrasadas por los bombardeos, Londres, Coventry, Dresde,cuando ya la guerra estaba prácticamente terminada, Berlín, etcétera, nos demostraron la brutalidad en estado puro de la guerra. Setenta años atrás. Ayer para nuestros abuelos.

La noche envolvió la atmósfera, una enorme cicatriz de tierra y fuego, irrespirable y densa, profundamente densa, arrasó con todo en una docena de kilómetros cuadrados. Llanuras de escombro y devastación absoluta. Arrancó oxígeno y vidas y un escalofrío sórdido y abrasador a la vez levantó un manto de muerte y horror como no se había visto. El legado de horror que ha quedado para la historia, para el pasado y el presente, y esperemos que para el futuro para que nunca más pueda suceder algo así.

En los primeros meses y años después de esta tragedia se borró la historia, se borraron las imágenes, la memoria y los testimonios. Ni a unos ni a otros interesaba que esto saliera a la luz. El horror en estado puro. La banalidad del mal en su extremo más inhumano. Miles de personas muertas pero sin rostro, sin nombres, sin imágenes. La doble muerte. La del desprecio de una sociedad que dio la espalda durante un tiempo también a quienes sufrieron la radiación. Los parias de una tierra reducida a ceniza y a miseria, pero también miseria moral y ética.

"La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses", se justificó el presidente estadounidense Harry Truman tres días después, en un mensaje transmitido el día del lanzamiento de una segunda bomba sobre la ciudad de Nagasaki. 6 y 9 de agosto, dos fechas para el recuerdo. Para la paz. Para la conciencia y la consciencia de que el hombre es capaz de todo, de lo mejor y de lo peor, de destruirse a sí mismo y de destruir a los demás. Setenta años después no hemos aprendido realmente nada. Las guerras, califíquense éstas, como se quiera, siguen. La industria militar y armamentística, también.

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