TIEMPO Bajo de Guía se tiñe de blanco tras una impresionante granizada

César romero

Escritor

Pero sin olvidar su Belmonte

Ahora, por fortuna, Chaves Nogales ocupa el lugar que merece en la literatura y el periodismo

Acabó el aciago 2020, un año redondo y, como todos, con muchos números redondos. Por ejemplo, el del primer centenario de la muerte de Joselito en la plaza de Talavera de la Reina, que algunos han querido aprovechar para reivindicarlo como figura máxima del toreo. Discutir a estas alturas si José fue mejor que Juan, y viceversa, es absurdo. Cuenta Manuel Arroyo-Stephens que Antonio Ordóñez se lamentaba de que el arte del toreo, a diferencia de otras artes, tal cual nace muere. No queda cuadro ni libro ni partitura ni película: la faena de un torero dura el cuarto de hora en que la fragua, y lo que persista el recuerdo o la vida de quienes la vieron. Nada más. Nadie vivo, pues, puede afirmar que Joselito fuera mejor que Belmonte. Quien lo haga habla de oídas. Lo que sí es cierto es que el Gallo cuenta desde 1935 con una gran desventaja respecto a Belmonte: no tuvo un Chaves Nogales que le escribiera.

Con independencia de sus tauromaquias, a buen seguro las cimas de un arte hoy por desgracia moribundo, si Joselito le ganó la partida taurina en Talavera, como luego afirmara Belmonte, éste le ganó a aquél la posteridad gracias a la biografía que escribió Chaves Nogales. Gente que jamás asistió a una corrida coloca este libro entre los diez o doce mejores escritos en España en todo el siglo XX. Y durante más de un cuarto de siglo, gracias a la benemérita colección de bolsillo de la editorial Alianza, su Juan Belmonte. Matador de toros (título tan periodísticamente descriptivo como poco atractivo frente a un Cuando suena el clarín o un O llevarás luto por mí), fue el único faro desde donde el olvidado nombre de este periodista sevillano siguió alumbrando. Quien no lo haya leído pierde el tiempo con estas líneas. Que corra a leerlo, que descubra la peripecia y el arte de un tipo feo, armónico y cabal contada por otro tan penetrante y certero como genial, capaz de crear un mito sólo contando la realidad de una vida que, una vez escrita, parece acabada, aunque le quedaran casi tres décadas por delante.

Ahora que, por fortuna, Manuel Chaves Nogales ocupa el lugar que merece en la literatura y el periodismo españoles, luego de un cuarto de siglo de rescate por editores, instituciones e investigadores varios, con su canónico prólogo de A sangre y fuego, citado en cualquier obra seria sobre nuestra Guerra Civil, y sus crónicas sobre la ocupación nazi de París, los primeros pasos del bolchevismo en Rusia y tantos otros asuntos, y sus entrevistas a personajes de la Europa de entreguerras donde es capaz de entrever (y qué difícil y raro cuando el hoy aún no es ayer) quién es cada cuál, conviene no olvidar que durante decenios su rescoldo lo mantuvo vivo la biografía de un matador de toros, y que ambos retroalimentan sus mitos continuamente. Porque, sin lugar a dudas, su Juan Belmonte fue la mejor obra de Chaves Nogales, y en torno a ella hay que ponderar el resto de su admirable, extensa y hoy ya accesible labor.

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