¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

¿Por qué hay que salvar las haciendas?

Las haciendas nos recuerdan cuando el valle del Guadalquivir era uno de los lugares más ricos de Europa

Aunque el tópico madrileñista identifica el poderío andaluz con el cortijo, el verdadero cuerno de la abundancia del campo sevillano, al menos en los años áureos, fueron las haciendas, esas fincas-fábricas donde se cultivaba olivo y vid y se fabricaba aceite y vino (lo que hoy llamaríamos agroindustria). La arquitectura colosal y barroca de las haciendas es inconfundible, con sus torres mirador y de contrapeso, sus portadas monumentales con espadañas y sus enormes atarazanas, término que en andaluz antiguo también servía para denominar el lugar donde se guarda el vino en toneles. Desde la carretera las vemos aún hoy levantarse orgullosas, pese a que muchas no son más que orondas ruinas de lo que antaño fueron emporios que surtieron a la América colonial de los elementos necesarios para los santos sacramentos, la embriaguez, la alimentación, la luz o la lubricación.

Pese a su evidente importancia histórico-artística y etnológica, la situación de este patrimonio es trágica en la actualidad. Según datos del profesor Amaya Corchuelo, en las últimas décadas han desaparecido unas doscientas haciendas y ya apenas quedan un centenar, de las cuales sólo un tercio está en condiciones aceptables, muchas veces gracias a la reconversión de los edificios en escenarios de la BBC (bodas, bautizos y comuniones). El último ejemplo de abandono es el que trajo el otro día a estas páginas Juan Parejo. Debido a su imparable deterioro, la hacienda Ibarburu, en Dos Hermanas, ha entrado en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, un antipremio que debería sonrojar a los responsables.

A la causa de las haciendas no le faltan paladines para defenderla. Quizás el más conocido es Fernando Bejines, historiador y activista de lo que él llama "ecologismo patrimonial". A Bejines le debemos una incansable labor de investigación, difusión y denuncia. Gracias a él y a otros como el arquitecto Gutiérrez Moreno o el profesor Sancho Corbacho, hoy tenemos un amplio conocimiento de este patrimonio, información que por desgracia no se traduce en una actuación de las administraciones más sensible y diligente.

La conservación de las haciendas (y cortijos) es importante por razones patrimoniales y artísticas, pero también porque nos recuerdan una época en la que el valle del Guadalquivir era uno de los lugares más ricos de Europa debido a su capacidad agrícola. No éramos meros productores de materia prima, sino transformadores y exportadores. Luego llegaría el XIX y la industrialización, y el esplendedor se fugó al norte. Pero de aquellos siglos XVI, XVII y XVIII nos quedan estos palacios-agrarios, junto a los cuales caseríos y masías parecían meras chozas de cabreros.

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