La tribuna

Emilio Gónzalez Ferrin

Los túneles de Gaza

ALGO no acaba de encajar en este nuevo baño de sangre en el bantustán de Gaza: ¿a quién favorece? Porque los perjudicados sí han notado enseguida su suerte, bajo los escombros del omnipresente hormigón palestino dislocado y centrífugo. A cualquier votante israelí medio, de los que van a acudir a las urnas el próximo 10 de febrero, le debe espeluznar descubrir que hay dos enfoques igualmente válidos en la ofensiva militar a la Franja. Los que pensasen votar a Tzipi Livni -la ministra de Exteriores y candidata del partido que gobierna actualmente, Kadima- descubren que el continuismo y la aparente mayor conciliación de su campaña acaba de saltar por los aires. Su candidata va a tener que emplear el final del período pre-electoral en explicar lo inexplicable a los cancilleres del resto del mundo. Pero, por otra parte, los que pensasen votar a Benjamín Netanyahu -líder del más radical Likud y favorito- saben que el voto en contexto de guerra sólo favorece a la derecha si el éxito es rápido, contundente y cirujano. Esos mismo votantes se echan las manos a la cabeza al descubrir en la tramoya de esta operación militar al mismo complejo personaje que perdió la única guerra de Israel, contra Hezbolá en el sur del Líbano hace dos años; el ministro de Defensa Ehud Barak.

No es un brindis a la frivolidad plantear este conflicto en clave electoral. Es la especialidad de la casa en un país cuya política gira en torno a la seguridad nacional. La tesis de Ignacio Álvarez-Ossorio -el miedo a la paz- sigue explicando gran parte de la vida pública israelí, con una sociedad tan diversa y enfrentada entre sí que sólo alcanza a divisar proyectos comunes ante amenazas del exterior. Que en un contexto de paz estallaría de propia diversidad irreconciliable, y de ahí el permanente miedo a la paz. Cualquier analista serio dictaminaría que eso es peligroso, ya que es confundir la fortaleza de un país con su dureza, pero lo cierto es que lleva funcionando exactamente cincuenta años. Por otra parte, la clave electoral explica en gran medida lo jocoso que resulta la continua alusión a la internacionalización del conflicto y las vías de resolución. Ya hay tanta gente que come de este conflicto en el resto del mundo que en los carísimos cursos especializados ya ni siquiera se habla de peace making, sino de conflict management. Es decir: se renuncia definitivamente a imponer la paz y se estudia cómo no matar a la gallina mediática de los huevos de oro. E Israel sigue ajeno a todo eso que se habla en sus afueras.

En su bombardeo selectivo -significa que sólo mueren palestinos- Israel ha destruido unos cuarenta túneles por los que transitaba la economía sumergida de Gaza en el día más cruento desde 1967 hasta ese sábado 27. Reventó el paso de Rafah, que une a Gaza y Egipto y por cuyo subsuelo se construían esos túneles necesarios para subsistir en los larguísimos períodos de embargo y cierre israelí. La acción se explica como reacción, dado que desde Gaza se habían lanzado unos doscientos cohetes hacia territorio israelí, alguno de los cuales alcanzaron objetivos en Ashdod, a unos veinticinco kilómetros de la Franja; cohetes que entraron por esos túneles.

Pero -e insistimos- algo sigue sin encajar, y en este caso por ser contrario a la norma reciente: en los últimos meses, Israel había comenzado insólitas e indirectas conversaciones de paz con Siria por medio de Turquía. También había llevado a cabo intercambios de prisioneros con Hezbolá, tras aquella reciente guerra del Líbano. Por último, había favorecido la tregua con Hamas durante seis meses hasta que ha sido precisamente Hamas quien la ha roto con sus cohetes. En conclusión: la agresión a Gaza no encaja en la línea de tímido acercamiento israelí a cuanto quiera llamarse lo árabe desde los últimos meses.

Hay, claro está, otras muchas lecturas, de entre las que destacan dos: por una parte, que Israel acaba de caer en la trampa de Hamas como ya cayó en la de Hezbolá al sur del Líbano. En la clarísima bipolarización de las sociedades árabes, significaría un nuevo éxito para la rama militante islamista frente a la laica pragmática, y auguraría un fracaso israelí al tener que pisar de nuevo un territorio del que deberá retirarse. La segunda lectura tiene relación con ésta: que Hamas ha caído en la trampa de al-Fatah, la Palestina de Cisjordania que fue expulsada de Gaza. En su ansia por eliminar la alternativa islamista-populista, Fatah habría favorecido la medida y podría empezar a mirar a otro lado en tanto el mundo se acostumbra a que hay una Palestina moderna, destinataria de ayudas occidentales, y hay una incómoda franja medio africana llamada Gaza en la que sobra gente y hormigón. Total, tampoco podemos dedicarle mucho más tiempo en fechas tan señaladas.

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