Relatos de verano

Hipólito G. Navarro

Tantas veces huérfano (I)

UN agosto más, como en los últimos setenta, o quizá más años, el viejo Cañado Jara ha vuelto, ha regresado por enésima vez, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrieron los veranos de su infancia, hace ya de eso una eternidad.

De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.

Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.

Las gramíneas y otras yerbas que fueron aplastadas por sus pasos también se recuperan lentamente, enderezando poco a poco sus tallos. Si algunas no lo hacen, quizá no importe demasiado: el viejo sabe que han dejado antes en su ropa bien ancladas las semillas.

Infiere entonces el hombre con un ligero estremecimiento, al ver cómo hasta los más pequeños y frágiles seres se yerguen después de la adversidad de cruzarse con él, que quizá este retorno no esté sucediendo en realidad, que sea un regreso inventado, por completo imaginado, como ya por desgracia le viene sucediendo en tantas ocasiones, algunas de ellas particularmente dolorosas, cuando termina por pellizcarse y descubrir que allá en la sala, frente a sus torpes piernas cubiertas por la mantita sobre la silla de ruedas, no están las ruinas de ese paisaje amable y querido sino más bien un puñado de viejos muy arrugados como él, carne de residencia, esperando la improbable visita de algún despistado familiar.

¡Así que estaba aquí, José Cándido Cañado Jara estaba aquí, abandonado en mitad del salón mayor de la residencia! Una enfermera le guiña mientras pasa con un carrito cargado de zumos y pañales. No se hubiese atrevido esa chiquilla a guiñarle así cuarenta o cincuenta años atrás.

Es curioso, pero mientras más mayor se hace, más lo atropellan con descaro los recuerdos de la infancia, más lejos se le va la memoria para instalarse allí donde las vacaciones de verano fueron más furiosas y tremebundas. Como si en la medicación cotidiana para la diabetes alguien, esa enfermera misma que le guiña, le hubiese deslizado subrepticiamente una pequeña dosis de morfina. Llevaba más de sesenta años limando aquellas aristas, recortando las espinas a tantos puñeteros recuerdos, y ahora esto, una visita opiácea al lugar más querido y odiado de la niñez. Resulta curioso comprobar cómo ocho o nueve años de ahora pasan en un suspiro y contienen apenas un puñado de experiencias todas repetidas, y cómo sin embargo los nueve primeros aquellos estuvieron tan desbordados; será que andaba uno descubriendo el mundo, que todo estaba todavía por estrenar… Será.

Como cada agosto pues, José Cándido rememora con intensidad el verano más trágico de su existencia. Anestesiado por las drogas que esa muchacha le ha puesto con disimulo en el zumo, lo vive todo más intensamente: el escarabajo se recupera, divide en dos su caparazón y saca de él unas alas violetas que lo ponen enseguida a volar, las gramíneas ondean todas de nuevo como si nunca hubiese pasado nada, infinidad de hormigas de todos los tamaños, redondas y cursivas, corretean delante de sus ojos formando dibujos, palabras y hasta frases incluso. Una de ellas tiembla y reverbera por encima de las otras, burlona. "Te has quedado huérfano, tan niño aún", puede leer un verano más.

El asunto es que quedarse huérfano tantas veces por culpa del recuerdo le tiene ya prácticamente encallecido el corazón, sustraído por completo de la angustia, de tal manera que puede planear sobre aquella noche trágica de la llegada de la luz sin sufrir en demasía. Perder al padre estúpidamente, en una discusión de barra de bar como quien dice, le obliga a escarbar más abajo, a buscar otras verdades menos simples, que se le han resistido siempre. Las familias guardan secretos terribles, impenetrables para un niño de nueve años. El clan familiar vela, todos sus miembros a una desvían la atención del muchacho, impidiéndole mirar a lo esencial. Quizá por eso, un verano tras otro, José Cándido recala unos días por aquel pueblo de la niñez, y por la aldea minúscula que se esconde en las montañas unas leguas más allá, donde todo sucedió. Viajó primero en bulto, en presencia física bastante dolorosa y real, y ahora, más muellemente, sin moverse de la silla de ruedas, ayudado por el opio o la morfina o lo que demonios le echen esas lindas arpías al café.

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