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Tribuna

JAIME LÓPEZ-MELENDO LANNES

Doctor en Derecho y en Economía. Profesor Asociado de Derecho Tributario de la US

Homogeneización fiscal y café para todos

Homogeneización fiscal y café para todos Homogeneización fiscal y café para todos

Homogeneización fiscal y café para todos

Existe el persistente rumor de la aprobación de una norma tributaria que modificaría, en aras de una pretendida homogeneización, el marco actual, estableciendo un mínimo o "suelo" de tributación en los impuestos en los que las comunidades autónomas (CCAA) tienen atribuidas competencias normativas. Esta decisión, con implicaciones que trascienden lo meramente fiscal, pone claramente de manifiesto el fracaso de una estrategia, la de los nacionalistas catalanes, y el rotundo éxito de otra: la de la Comunidad de Madrid. Esta homogeneización también pone de manifiesto que, a la hora de la verdad, la mística y la retahíla de lamentos del nacionalismo catalán hay que ponerlos en cuarentena.

Con la pérdida de la mayoría absoluta del PSOE a principios de los años noventa, se planteó, fundamentalmente por los nacionalistas catalanes, la necesidad de modificar el sistema fiscal. La palabra en boga en ese momento era la "corresponsabilidad fiscal", y venía a señalar la conveniencia de una participación más activa en la recaudación de los grandes impuestos. Esta corresponsabilidad implicaba también atribuir determinadas competencias normativas en impuestos como el IRPF, Sucesiones y Donaciones y Patrimonio.

Esta atribución causó recelo, incluso rechazo. Más de un experto, a los que naturalmente no se les hizo caso, advirtieron sobre el riesgo de una competencia fiscal desleal entre autonomías, con el consiguiente perjuicio para las menos ricas que estarían en peores condiciones de afrontar esa dinámica. Cómo era de esperar la contumacia de los nacionalistas catalanes acabó por imponerse, dada la importancia de su voto para formar los sucesivos gobiernos.

Inicialmente esto tuvo poca repercusión, porque el período 1994-2007 fue muy positivo para la economía en general y la recaudación tributaria en particular. Las CCAA, al ligar la suficiencia dinámica del sistema de financiación a la evolución de los tributos, y también por el "boom" de la construcción, tuvieron un largo período de "vacas gordas", aumentando consistentemente los ingresos tributarios año tras año. Sin embargo, en la vertiente del gasto las cosas eran diferentes: Cataluña crecía de forma descontrolada, mientras que Madrid, de forma progresiva, controló este crecimiento del gasto público. En diciembre de 2007 la deuda pública catalana, datos Banco de España, superaba los 15 mil millones de euros, y suponía el 25% del total de la deuda de las CCAA, frente al 18% de Madrid.

Con la crisis el contexto financiero cambia dramáticamente para las CCAA. Se produce un derrumbe de los ingresos tributarios, de forma que la única salida para sobrevivir era, por un lado, recibir inyecciones financieras del Estado mediante diversos mecanismos y por otro incrementar el endeudamiento. En diciembre de 2015, Cataluña superaba ya los 72,5 mil millones de euros, un 28% de la deuda total de las CC.AA. Sin embargo, el de Madrid representaba sólo el 11% del total, es decir 7 puntos porcentuales menos que en 2007.

En paralelo, Madrid utiliza estas competencias normativas para dulcificar su régimen fiscal. No aplica Patrimonio, introducido nuevamente por Montoro, no aplica Sucesiones y Donaciones, y va reduciendo los porcentajes de su tarifa del IRPF.

Con el paso de los años se consolidan ambos modelos, con un claro perdedor -Cataluña- porque hay una realidad evidente: dos zonas de similar actividad económica no pueden competir cuando el marco fiscal de cada una presenta importantes diferencias. Siempre que sea posible, las personas con cierto nivel de renta y patrimonio tratarán de localizar su domicilio fiscal en aquellos territorios con menor tributación. De facto, Madrid es como una nueva comunidad foral junto al País Vasco y Navarra. Además, El efecto inducido de las diferencias de modelos es un trasvase de contribuyentes de una región a otra.

Con esta homogeneización, podría ser comprensible que el Gobierno quiera evitar distorsiones económicas por motivos fiscales, pero causa indignación que sean los propios nacionalistas catalanes los que le azucen para tomar esta decisión. El triste trasfondo es el de un nacionalismo de opereta, un nacionalismo de frases vacías, de vanas afirmaciones. Quien ha insistido hasta el extremo para lograr esas competencias normativas no puede ahora echarse para atrás. No es de recibo exigir más corresponsabilidad fiscal y luego, por detrás, implorarle al Gobierno que aplique el socorrido y equitativo "café para todos", porque esta homogeneización es el claro reflejo de un modelo criticado y denostado por el nacionalismo catalán.

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