Regresa la lluvia a Sevilla

Tribuna

francisco núñez roldán

Historiador

Retratos del verano

Retratos del verano Retratos del verano

Retratos del verano / rosell

El ritmo de las estaciones ha sido siempre un motivo literario, artístico y musical. Como una guía para nuevos agricultores escribió Hesíodo Trabajos y días, donde se describen muy sumariamente las faenas del campo propias de cada estación. A pesar de su concisión, no dejó de tener una influencia notable en la cultura clásica y el arte románico medieval. Tras indicar los trabajos de siembra y labranza correspondientes al otoño, como primera estación del año, y la pausa del invierno, "cuando las noches son largas y el frío y la lluvia obligan al refugio del cuerpo", solo unas pocas líneas merece la transitoria primavera, que acaba cuando "el que lleva su casa encima remonte las plantas desde el suelo huyendo de las Pléyades". El agotador verano se inicia con la siega: "El sol reseca la piel y el cardo florece y la cantora cigarra derrama sin cesar su agudo canto…entonces son más sensuales las mujeres y los hombres más débiles porque Sirio les abrasa la cabeza".

Leyendo a Hesíodo, que escribe para una civilización campesina, evoco mis primeros veranos, siendo niño, en un pueblo agrícola y ganadero de una comarca recia y fronteriza. Por san Juan ya los segadores portugueses habían llegado y la actividad de los hombres y las bestias era un ir y venir a las casas, pues siega, trilla y acarreo a los doblaos no daban lugar al descanso. Nunca olvidaré aquella noche en la que dormí en una era sobre la paja recién cortada, contemplando las estrellas, recordando el reciente movimiento de los bielgos y el poder del viento para separar el trigo de la paja; y en tiempos de robots de cocina y frigoríficos, vuelve la imagen de aquellos segadores buenos y sufridos majando el gazpacho en un cuenco de madera de encina y bebiendo a ratos el agua fresquita de los botijos de barro.

El verano de Hesíodo, el de mi infancia y el de nuestra cultura rural ha desaparecido. Aunque en países como España se mantuviera una economía dual hasta mediados del siglo XX, el efecto de las revoluciones industriales del siglo XIX fue transformando radicalmente la estación. El hombre ha pasado de ser dependiente de la naturaleza a modificar sus ciclos y sus ritmos. Y aunque en nuestros pueblos, donde los trigales amarillean por mayo, todavía pueda recrearse aquel mundo, es solo un espejismo. La civilización urbana, la revolución tecnológica, el trabajo continuo, la multiplicidad de los servicios, la producción industrial y el consumo a gran escala determinan los horarios y los tiempos del hombre. Aquellos mensarios medievales de las entradas de los templos románicos son ahora una atracción más del circo turístico.

A una sociedad hiperconsumista, al capitalismo del entretenimiento, corresponde un verano de ocio, viaje y turismo. Se ha extendido una pasión universal por las vacaciones, por los fines de semana y los puentes. Hay que olvidarse del trabajo como castigo y de la ciudad como cárcel. Veranear es escapar. Las playas se masifican, el alegre consumo se dispara, del ajetreo cotidiano y obligado que nos hastía se pasa sin solución de continuidad a otro que nos libera. Ya vendrá el estrés postvacacional. Mientras tanto hay que cultivar el carpe diem, pues el verano es el tiempo de los satisfechos, de los sanos, de los jóvenes, y también de los placeres gastronómicos, lúdicos y sensuales. Mientras caminas por la playa y el mar se rinde a tus pies, nadie tendido lánguidamente sobre la tibia arena parece estar triste; las conversaciones se distienden y sosiegan. Es el tiempo para volver a creer en la posibilidad de la felicidad: cada minuto, cada hora, cada día, es una invitación para recomenzar la vida, la vida familiar y sentimental, la vida con los amigos.

Sea el verano un oasis o no, engañoso y momentáneo como todos, del que se sale deslumbrado por la realidad de fuera, consuela vivirlo con el espíritu del Beatus ille, el epodo horaciano que nos recuerda a Hesíodo. Como consuela acompañar a Fernando Ortiz en su paseo vespertino: "En las tardes de estío andas por la ciudad con los ojos cansados, mirando en el ocaso a las piedras antiguas, cada vez más amadas, y es tu espíritu el sol último que las dora a la tarde". Y para quienes huyeron a la playa ansiando ver el mar, cuya "espuma florece sobre el oleaje", resuenan sus versos en la postal a Antonio Reina: "Aquí en tu casa, Antonio, en una playa rodeada de pinos, veo mi soledad. Aquí en tu casa, frente al mar de Cádiz, yo le pido a los dioses, nos concedan un poco de su paz y su dicha".

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