Pepe Benavides | Fundador del Fun Club “La Alameda ha perdido autenticidad, ahora todo es de plástico”

  • Hace 34 años fundó el Fun Club, la legendaria sala de conciertos de Sevilla que tuvo por parroquia a lo más selecto de la ciudad

Pepe Benavides, en el Fun Club Pepe Benavides, en el Fun Club

Pepe Benavides, en el Fun Club / José Ángel García

Hay una foto de Pablo Juliá que resume a la perfección cuál era el espíritu del viejo Fun Club, allá cuando en 1987 abrió sus puertas en una Alameda que aún era una reserva indígena de chuloputas, yonkis y delincuentes de la más variada estirpe. En la instantánea posan en santa hermandad Silvio, Kiko Veneno, Raimundo Amador, Pive Amador y otros clásicos del ambiente musical sevillano de finales de los ochenta, con un grupo de aparcachoches tocados con gorras de plato y los rostros de cordobán. Desde su fundación, el Fun (que se pronuncia como se escribe, no a la manera inglesa) se convirtió en una sala de referencia del rock independiente nacional y local, un lugar de encuentro fundamental en carreras de grupos y cantantes como SFDK, la Mala Rodríguez, Chencho Fernández, Julio de la Rosa... Nada de esto hubiese sido posible sin la labor de Pepe Benavides (Sevilla, 1950), un hippie con alma rockera curtido en mil batallas nocturnas en las que se mezclaron las broncas a lo far west con momentos de delicada poesía. Ahora, Pepe Benavides, al que el Ayuntamiento nunca le dio una subvención pero sí una medalla para colocar en la vitrina, traspasa el Fun Club para dedicarse a sus cosas. Atrás quedan mil y una noches de farra y música a todo volumen. Él no derrama ni una lagrimita. Los tipos duros son así.

–¿Sevillano de nación?

–Sí, de Ciudad Jardín, pero me considero un sevillano atípico. No sé bailar sevillanas ni distinguir la Macarena de la Esperanza de Triana. El barrio ahora ha cambiado, pero entonces era humilde, obrero, pobrecito, junto al Cerro… Nervión era ya otra cosa, donde vivía la gente pudiente.

–¿Y la afición a la música, le viene de familia?

–No, aunque mi madre cantaba sus coplas. Era de Concha Piquer. Como tantos empecé escuchando música en el transistor: la Voz del Guadalquivir y las emisoras de las bases de Morón y Rota… Sobre todo mucho soul. A los quince años, mis colegas y yo ya teníamos discos y seguíamos el programa de Radio Sevilla de Joaquín Salvador, que se emitía por FM, entonces un experimento. Eso sería por 1965.

–En esa época seríais muy pocos los aficionados al rock en la ciudad.

–Sí, pero poco después llegó la explosión del movimiento hippie, que en Sevilla fue muy potente.

–¿Usted fue hippie?

–Sigo siendo un hippie. En esos años había mucha represión familiar. Mi padre no me dejaba llevar el pelo largo y teníamos que cambiarnos de ropa cuando salíamos o entrábamos en casa… Nos gustaban las camisas al estilo de los Kinks, con chorreras y cuello alto, de colores estridentes… Eran un punto.

La explosión del movimiento hippie en Sevilla fue muy potente. Yo sigo siendo un hippie

–¿Y dónde se reunía esa Sevilla de los inicios del movimiento hippie?

–En el Parque de María Luisa y los Jardines de Murillo, en el que estaba el bar Jardines, que tenía una gramola de esas en las que puedes poner discos a cambio de unas monedas. No sé quién llevaba esa máquina, pero tenía lo último en música.

–¿Y al Dom Gonzalo de García-Pelayo no iba?

–No, estábamos muy tiesos.

–¿Siempre ha estado relacionado con el mundo de los bares?

–Fundamentalmente, aunque empecé con una tienda de artesanía hippie, que montamos en la casa sevillana que tenía la madre de mis hijos en la calle Hernando Colón. Vendíamos cosas de cuero, cerámica, madera, metal… Teníamos repartidos a los artesanos por las habitaciones. Le pusimos Artecu, por artesanía en cuero. Fue una buena época.

–Y después montó el bar El Postigo, que suena a bar de tapas.

–Estaba en la calle Federico Sánchez Bedoya. Instalé un equipo de música en el que poníamos a Pink Floyd, Genesis, Crosby, Stills, Nash & Young... Para montarlo visitamos muchas bodegas y tascas, incluso tomábamos medidas de los bancos y las barras, y compramos fotos antiguas en El Jueves para decorarlo. Un periódico sacó un reportaje y destacó ese estilo antiguo, que hoy diríamos vintage. De repente, un domingo se llenó de capillitas, que contrastaban con el habitual ambiente variopinto compuesto por bohemios, músicos, políticos de izquierda... Pero al bar también iba la gente chunga, camellos y gente de Triana que eran un peligro considerable. Había muchas broncas.

–Un bar al estilo del far west.

–Sí, aquello era duro.

–¿Cuánto duró El Postigo?

–Unos cuatro años. Después se lo traspasé a un amigo. Siempre he tenido facilidad para abrir y cerrar cosas. Monté también una tienda de discos con Juan Azagra, El siglo de plástico, que no funcionó porque era poco comercial, pero fue un auténtico disfrute; un chiringuito en los Caños de Meca, el primer sitio que sirvió allí cerveza de tirador, cuando aquello era una maravilla; y me hice cargo del Flash, un bar de Los Remedios que frecuentaban punkis como el Tamaki…

–El Tamaki… clientela selecta.

–Yo me llevaba bien con él. Pinchaba música punk y heavy metal para contentar a las dos principales tribus que frecuentaba el bar. Era gracioso, porque cuando ponía a los Sex Pistols una parte del bar saltaba y la otra se callaba, y al revés cuando sonaba AC/DC.

La gran noche del Fun fue cualquiera en la que un desconocido se subió al escenario y nos puso el vello de punta

–Hablemos del Fun Club, su gran aportación a la noche y la cultura sevillana.

–Ya desde que abrí el Postigo, donde hacíamos teatro y algunas cositas, tenía el anhelo de montar un local que fuese algo más que un bar. Estando con Pive Amador, Antonio Alcolea me propuso poner música para la gente que patinaba en una pista que tenía en una nave de la calle Calatrava. También empezamos a organizar conciertos. Fue entonces cuando descubrí este local. No tuve dudas: era lo que estaba buscando.

–¿Qué le llamó la atención?

–Que era ideal para montar conciertos. Ya había funcionado como sala de jazz con los nombres de Extrarradio y Acuarela. El Fun lo fundamos entre seis socios.

–¿Pero usted buscaba algo en la Alameda o eso fue algo accidental?

–Es que el local estaba aquí. ¿Quién iba a querer en 1987 montar una sala en la Alameda? Hoy la gente se da guantazos, pero entonces esto estaba lleno de putas, yonkis, camellos... La mayoría nos respetaba, pero había gente chunga, los niñatos del tirón y algunos carteristas, que sí querían entrar, y había que tener mucho cuidado con ellos. La salida de emergencia por la calle Joaquín Costa no se abría por miedo a lo que había allí.

–¿Y la Alameda de hoy, qué le parece?

–La Alameda antigua era muy dura, pero hacíamos lo que nos gustaba; éramos auténticos, tanto los gitanos que cantaban por las tascas como los rockeros que venían al Fun. Actualmente los intereses comerciales son muy fuertes y hay demasiadas franquicias. El público es otro. La Alameda ha perdido autenticidad. Ahora todo es de plástico y postureo. Sí hubo un momento que me gustó mucho, que fue cuando con los nuevos vecinos empezaron a reaparecer los niños. Antes no se veía ni uno.

–¿Y el proyecto de remodelación de la Alameda qué le pareció?

–No me gusta. Parece que lo hicieron mal queriendo, y los adoquines los tienen que cambiar cada dos por tres. La zona pegada a Calatrava está hecha un asco.

Hay grupos que empezaron aquí, pero el Fun se les quedó pequeño. Eso me llena de satisfacción

–¿Cuántos conciertos se han dado en el Fun Club?

–Buf, ni idea. No soy historiador. Ahora miro carteles de algunos conciertos y me doy cuenta de que ni siquiera les puse la fecha. Siempre he sido un desastre para esas cosas. Por cierto, alguno de estos carteles son muy buenos, porque hubo una época en que se los encargaba a pintores: Manolo Cuervo, Rafa Iglesias, Manolo Ortiz… Javier Fito montó aquí muchas exposiciones.

–¿Y esos carteles no los tiene guardados?

–Sí, estaría bien hacer una exposición con ellos.

–¿Cuál fue la gran noche del Fun Club?

–La gran noche fue cualquiera en la que un completo desconocido se subió al escenario y nos puso el vello de punta. Me pasó con Miguel Rivera y Julio de la Rosa.

–¿Y la noche más amarga?

–Ha habido malas noches, porque, sobre todo al principio, venía gente muy chunga con ganas de estropear conciertos o romperle la mandíbula a alguien

–Los tipos patibularios parecen inevitables en este tipo de garitos, son parte de su leyenda. Dicen que el de la noche es un oficio duro.

–Hoy no sería capaz de realizarlo. Cuando haces un trabajo duro es porque tú eres duro. El primer socio que tuve en El Postigo, donde también se montaban broncas, era un oficinista que no duró más de dos meses. Yo seguí, porque en el fondo tenía dureza para aguantar ese tipo de situaciones. Cuando se montaba una pelea entre dos tipos en el Fun, el primero que saltaba a separar era yo. Después los porteros se encargaban de echarlos a la calle. Eso sí, no me he peleado en mi vida.

–Al Fun le han dedicado dos canciones, la de Chencho Fernández, Radio Fun Club, y la de SFDK, Volver.

–Las dos son muy buenas y diferentes. La de Satu me conmueve mucho, sobre todo por cómo la interpreta. Hay otra canción en inglés llamada Fun Club, de My Yellowstone. De Chencho me gusta muchísimo su canción La Estación del Prado.

–Es que ese disco, Dadá estuvo aquí, es muy bueno, y fue producido por el sello del Fun Club, aunque después lo reeditó Warner.

Ahora pienso dedicarme a enterarme de lo que es la vida, que me ha arrollado y no me he enterado de nada

–Esas cosas me llenan de satisfacción. Como esos grupos que empezaron aquí, pero el Fun se les quedó pequeño… Eso ayuda a crecer. Es guapo. Sólo producimos tres discos, más el que hicimos para el 30 aniversario, una selección de los mejores grupos que pasaron por aquí. No lo vuelvo a hacer, porque quedas fatal con un montón de gente.

–Como las antologías de los poetas ¿Es usted fan de algún grupo?

–No soy fan de nadie. Tengo respeto por muchos artistas, pero no me encasillo en ningún estilo.

–¿Es cierto que nunca le dieron una subvención?

–Nunca, aunque pedí alguna. Hay gente que vive de las subvenciones, pero hay que saber moverse en la burocracia. Recuerdo que intentamos sacar el disco recopilatorio del que hablamos por el 20 o el 25 aniversario. El delegado de Cultura de entonces, que era un fantasmón de cuyo nombre ni me acuerdo, se entusiasmó. Le comenté que haríamos 500 copias y me dijo que ni hablar, que por lo menos 2.000. Y así todo. Cuando llegó la hora de la verdad se marchó a Madrid y no hicimos el disco. En el 30 aniversario tuve claro que lo sacaría yo con mi dinero. Fueron 500 ejemplares, por supuesto, y aún tengo algunos.

–Subvenciones no, pero el Ayuntamiento sí le dio una medalla de la ciudad.

–Sí, la empeñé y le saqué cuarenta euros [risas]. En serio, me quedé flipado cuando me llamó Antonio Muñoz.

–Bueno, pero es agradable que tu ciudad te reconozca, ¿no?

–Quizás intentaron compensarme por no haberme dado ni un duro en su momento. Después vi el nivel de otros condecorados y me dije: pues sí, te lo has ganado. Sobre todo está bien que a este gremio se le haya reconocido de alguna manera, porque las salas de conciertos son lugares donde hay bronca y borrachera, vale, pero son también espacios culturales que mantenemos con mucho esfuerzo.

–¿Y la verdadera medalla, esa que le ha dado la vida?

–Que he podido hacer lo que me ha salido de los huevos y nunca he tenido jefe. Hubo momentos en los que, debido los agobios, soñé con un empleo fijo, pero me duró muy poco.

–Dicen por ahí que ha traspasado el negocio.

–Sí, ya sólo quedan los flecos, seguirá funcionando con el nombre de Fun Club, pero ya no tendrá nada que ver conmigo. Se harán de oro.

–¿Y a qué se piensa dedicar?

–A mí mismo, prestar más atención y conciencia a las cosas que hago. Disfrutar de mi nieto, de mis hijos… Enterarme de lo que es la vida, que me ha arrollado y no me he enterado de nada. Sentirla, ser consciente…

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