Manuel Romero Luque | Profesor de Literatura y miembro de la Fundación de Estudios Taurinos “Machado llegó a suspender un examen por ir a los toros”

  • Este docente de la Universidad de Sevilla y aficionado a la tauromaquia reflexiona sobre las estrechas relaciones que existen entre la literatura española y la Fiesta de los toros

Manuel Romero Luque, durante la entrevista.

Manuel Romero Luque, durante la entrevista. / Juan Carlos Vázquez

Como tantos, Manuel Romero Luque (Sevilla, 1963) pertenece a la Triana de la diáspora, esa que, aunque hace mucho tiempo que salió del barrio (en su caso para vivir en el Polígono de San Pablo), sigue teniendo todos sus anclajes sentimentales en el arrabal. Profesor titular de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Sevilla, de Triana conserva una cierta campechanía en las maneras y la expresión. Su pasión por la literatura nació en largas sesiones de lectura en la biblioteca de los Salesianos de Triana, pero su afición a los toros tiene más que ver con esa tradición oral que se ha mantenido viva en un barrio plagado de antiguos novilleros, banderilleros y aficionados que narran las faenas con la belleza y la riqueza léxica del mismísimo Homero. Viste con corrección profesoral y porta una barba con vocación hipster. Romero Luque forma parte también del patronato de la Fundación de Estudios Taurinos, entidad que encuadra a la élite intelectual (leáse con pronunciación francesa) de los aficionados taurinos en la ciudad. Su labor como investigador está plasmada en numerosos artículos y ponencias y en los libros ‘Poesía y visión poética en don Miguel de Unamuno’ y ‘La poética de Manuel Machado’.

–Nativo del muy taurino barrio de Triana.

–Nací en la calle Magallanes, pero pronto nos fuimos a Numancia. En mi bloque vivía la persona que ha hecho las mejores monteras de toda España.

–¿Quién era?

–Salvador Simón, El Leño. Había llegado a ser banderillero de Belmonte y después fue mozo de espadas. Me avisaba de cuándo iban a ir a su casa figuras del toreo para que yo me sentase en la escalera y los viese pasar: los hermanos Campuzano, Ordóñez, Dámaso González, Juan Mora… este último, que entonces era un chiquillo, había sido mi compañero de pupitre en los Salesianos de Triana. Llegó a mitad de curso y entró en el colegio gracias a un profesor que había sido novillero…

–Un colegio con afición, desde luego.

–Allí también estudió Emilio Muñoz, que era un año mayor que yo. Desde muy niño ya toreaba y una vez llegó TVE, con Manolo Molés a la cabeza, para hacerle una entrevista en el patio… Imagínese el revuelo.

No temo por el futuro de la Fiesta. Ni siquiera pienso que hoy viva sus peores momentos

–¿Y le explicó El Leño cuál es el secreto para hacer una buena montera?

–Recuerdo que se hacían con moritas, unas bolitas que recuerdan al fruto que les da nombre. El Leño se sentaba en el comedor y, con una especie de rueca y una paciencia infinita, las iba uniendo una a una.

–¿Y sus primeros recuerdos taurinos?

–Las novilladas nocturnas a las que iba con mi padre, que era un gran aficionado. En una de estas recuerdo haber visto un torero negro, Ricardo Chibanga, que era de origen mozambiqueño. Con el tiempo llegó a ser triunfador de la Feria de Sevilla. Yo, como era buen estudiante, desde muy pequeño empecé a dar clases particulares para pagarme el abono de los toros.

–¿Y la literatura, cómo aparece en su vida?

–Gracias a esos libros de lectura que había antiguamente en el colegio y en los que podías leer fragmentos de Homero, Sófocles o Azorín. Eso hoy sería impensable. Desde muy pequeño fui un lector voraz. He seguido a rajatabla ese dicho latino de “Ni un día sin una sola línea”. A mis alumnos les digo que ser filólogo consiste en necesitar tanto la literatura como la comida o el agua.

–Aquí hemos venido a hablar, sobre todo, de literatura y toros, así que al lío. He visto que usted ha dedicado algunas de sus investigaciones a autores del 98. ¿Por qué una generación tan española fue tan poco taurina?

–Bueno, relativamente poco taurina. Por ejemplo, en ese grupo generacional están Antonio y Manuel Machado, que eran muy aficionados a los toros, hasta el punto que en la biografía que hace de los dos hermanos Miguel Pérez Ferrero se cuenta como Antonio llegó a suspender un examen por ir a los toros.

–Baroja y Unamuno, sin embargo…

–Es cierto que Baroja fue muy poco taurino, la antítesis de los Machado, pero lo de Unamuno hay que revisarlo. Se suele decir que era antitaurino, pero lo que a él le molestaba no era la Fiesta en sí, sino el que se perdiese tanto el tiempo hablando de toros. Entonces las corridas eran como los partidos de fútbol y la gente, aunque no fuese a verlas, sí leía las crónicas y las comentaba a todas horas, como ese hombre del casino provinciano del que nos habla Antonio Machado en su poema El pasado efímero, “que vio a Carancha recibir un día”… Eso le disgustaba mucho a Unamuno, quien, sin embargo, también tiene textos donde comprende que la Fiesta tiene un algo que hay que tener en consideración. Es muy importante distinguir entre a quienes sencillamente no les gustan los toros y quienes son abiertamente antitaurinos. Por cierto, Valle Inclán también era muy proclive al mundo de los toros. De hecho, fue amigo personal de Belmonte. Insisto, hay que tener mucho cuidado con esa generalización de que el 98 fue antitaurino.

Durante la Guerra Civil se perdieron gran parte de las ganaderías de toros bravos españolas

–¿Y Azorín? No se lo imagina uno eufórico en un tendido.

–Como con casi todo, Azorín siempre mantuvo una postura equidistante. El escritor, como su propia literatura, era más bien frío, y la tauromaquia es por definición un mundo apasionado.

–Pero no me discutirá que el escritor antitaurino por excelencia (con permiso de Manuel Vicent) es un hombre del 98, Eugenio Noel.

–Se olvida muchas veces que Eugenio Noel no sólo era antitaurino –que lo era– sino también antiflamenquista, antifolclórico y contrario a todo lo que marcaba la tradición castiza. Era un hombre que tenía el valor de ir a los toros y allí mismo, en la grada, lanzar una perorata en contra de la Fiesta. Alguna vez lo corrieron a bastonazos. Por supuesto, el que no fuera taurino no le quita para mí ningún mérito literario. A los toros también se opuso Jovellanos, al que considero una mente privilegiada.

–¿Es usted optimista con el futuro de los toros?

–No temo por la Fiesta. Ni siquiera pienso que hoy viva su peor momento. En otros periodos hasta hubo papas, reyes y emperadores que se opusieron a las corridas

–Pues en sitios como la antaño muy taurina Cataluña ya se han prohibido.

–A mí las prohibiciones me dan poco miedo, porque al final son temporales. Un papa llegó a excomulgar a los que fuesen a los festejos taurinos, y ahí siguen… Los toros se acabarán, sencillamente, cuando la gente deje de estar interesada en ellos, cuando ya no haya público. Como todos los espectáculos con siglos de historia, han vivido y vivirán momentos buenos y malos.

–¿Y cuál fue a su entender el peor momento de la Fiesta?

–Creo que después de la Guerra Civil.

–¿Ah, sí? Nunca hubiese pensado eso.

–Durante la guerra se perdieron gran parte de las ganaderías españolas.

–¿Mataban a los toros para comérselos?

–Sí, pero también para hacerle daño a los ganaderos.

–Desconocía esa moda de ‘pasear’ reses.

–Llegaron a desaparecer cientos de líneas genéticas. Por eso se evolucionó hacia un toro más disminuido y pequeño, menos variado que el que había antes. Fue un perjuicio muy importante para la Fiesta.

A Sánchez Mejías le interesaba todo. Era la antítesis de su cuñado Joselito, que vivía sólo para el toro

–Pero hubo toreros legendarios.

–Sin duda, ahí estaba Manolete. Sin un torero como él… el diestro cordobés salvó en gran medida la Fiesta. También otros como Pepe Luis Vázquez, que fue la cara B del mismo disco. Pepe Luis encarnó un toreo rico y variado, pero también irregular. Manolete, por su parte, era la constancia, la faena cerrada que siempre se puede repetir.

–Hablábamos antes del 98 y de lo poco taurino que algunos dicen que fue. Sin embargo, la generación del 27, tan moderna y cosmopolita, fue decididamente taurina.

–El que te gusten los toros o lo contrario no te hace más o menos cercano a determinadas ideas literarias, sociales o políticas. El caso de Alberti, taurino y comunista, es un ejemplo. Tenía el capricho de salir un día a una plaza vestido de torero y Sánchez Mejías se le dió. Fue en Pontevedra, creo recordar. Hizo el paseíllo, pero después se llevó todo el tiempo metido en el burladero, sin moverse, muerto de miedo.

–El 27, en general, es uno de los principales argumentos de los taurinos cuando quieren reivindicar la condición de arte del toreo.

–Sí, pero en eso no se puede basar la defensa de la Fiesta. La justificación de la Fiesta tiene que estar en la misma plaza: en el toro, el torero y el público. Todo lo demás puede enriquecerla, explicarla, razonarla, pero no justificarla. Estoy de acuerdo con los taurinos en que un buen poema no justifica este arte. El mundo de los toros es grande por sí mismo, independientemente de pintores y escritores.

–Pero ahí está Lorca.

–Es autor de uno de los mayores monumentos literarios de la humanidad: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Pero Gerardo Diego escribió mucho más de toros que Lorca. O Manuel Machado, que tiene un poemario precioso, claramente impresionista, La fiesta nacional (rojo y negro).

–Y no nos olvidemos de Bergamín.

–José Bergamín ha escrito algunas de las mejores páginas de la literatura taurina. El arte de birlibirloque, La claridad del toreo o La música callada del toreo son, desde su propio título, verdaderos monumentos literarios. Tal vez, la elección del género ensayo o del aforismo como fórmulas expresivas ha hecho más difícil su acercamiento a un público más amplio. Pero en cada frase resplandece el brillo de lo bueno. Está ahí siempre el ojo crítico del observador proclive a los matices y un planteamiento paradójico.

–Hablaba antes del ‘Llanto’ de Lorca, ¿por qué es tan importante Sánchez Mejías?

–Porque fue un genio, un fenómeno de la naturaleza.

–Pero tengo entendido que no fue un grandísimo torero.

–Quizás no fue el primero de su época, pero todo lo que hacía lo hacía bien. Como escritor no hay duda de que no es el mejor del 27, pero tiene páginas que están a la altura de las mejores de aquella generación. Ahí está su obra vanguardista de teatro Sinrazon, que trata un problema de primera línea en la Europa de su tiempo: el psicoanálisis. Recoge las doctrinas de Freud y las experiencias de los médicos (profesión de su padre y su hermano) en el manicomio de Sevilla. Le interesaba todo: los aviones, los coches de carrera, el derecho, la canción, los viajes, la poesía… Era la antítesis de su cuñado Joselito, que vivía sólo para el toro. Era el rey, pero no se le podía sacar de ahí.

–Sánchez Mejías sigue hoy fascinando a mucha gente

–Entre otras cosas fue una persona muy fotogénica. Hay una foto suya en el callejón de la Maestranza en la que, debido a una lluvia fortísima, se ha puesto un abrigo sobre el traje de torear, sin quitarse la montera. En ningún momento resulta ridícula. Era un gentleman. Llegó a escribir las crónicas de sus propias corridas, y no por ello se ponía bien. Fue el mecenas del 27, pero también uno de sus miembros. Nunca fue un bicho raro en ese ambiente.

–Hablando de toros y literatura no podemos olvidar el Belmonte de Chaves Nogales.

–Es un libro de primera línea que, además, tuvo la relativa suerte de la muerte tan literaria que tuvo Belmonte.

Ese asumir el destino de los toreros choca con esta época en la que el hombre procura huir de sus responsabilidades

–Como Larra, un tiro en la cabeza.

–Es difícil no sentir fascinación ante el halo del que, cuando ve que ya no va a poder seguir haciendo lo que ha hecho toda su vida, se pega un tiro.

–Los grandes toreros tienen algo de titanes, de taumaturgos…

–Antes se solían comparar con la figura del héroe clásico. El héroe que aparece en la tragedia sabe que tiene que asumir su destino y se enfrenta a él, probablemente con resultado funesto. Fíjese en Edipo. El torero tiene una cita a las cinco en punto de la tarde con lo desconocido, con el fatum latino, con el hado, y no sabe si a las siete de la tarde estará disfrutando de la gloria o en la cama de un hospital. Chaves Nogales lo expresa muy bien cuando explica cómo Belmonte, cuando el miedo lo acosaba, se consolaba diciéndose a sí mismo: “dentro de dos horas todo habrá terminado”. Ese asumir el destino choca con esta época en la que el hombre, en general, procura huir de sus responsabilidades.

–Algunos tienen una gran capacidad magnética. Ordóñez es un claro ejemplo. He visto a hombres brillantísimos referirse a él, con devoción de discípulo, como “el Maestro”.

–Recuerdo cuando lo veía salir perfectamente vestido, ya mayor, de su casa en la calle Iris, junto a la Maestranza. La gente se callaba al verlo pasar. Se hacía un silencio religioso. “Ahí está Ordóñez”, decía alguien en un susurro... Era un tótem, un referente.

–El fracaso, el triunfo… Creo recordar que Adrian Shubert decía que el toreo cumplió durante la primera mitad del siglo XX el mismo papel que el deporte en el mundo anglosajón.

–Completamente de acuerdo. Uno se pregunta cómo sería hoy el cine taurino si lo hubiesen hecho los americanos, porque si con un deporte como el baseball hacen esas películas tan buenas… Los toros lo tienen todo para un buen guión: el joven que se hace a sí mismo saliendo de una vida de miseria, la muerte temprana, la épica…

–Antes comentaba que Unamuno se quejaba de que los españoles estaban todo el día hablando de toros. Sin embargo, hoy no se escucha a casi nadie hacerlo.

–Sí, y eso es un obstáculo para la transmisión de la afición. Cuando yo era muy pequeño y aún vivía en una casa de vecinos de la calle Magallanes, muy cerca de Chapina, teníamos por vecino a un carbonero que era muy aficionado a los toros. Me sentaba en lo alto de un saco de carbón y se ponía a hablarme de toros. Yo sé cosas de la Fiesta que no he visto ni he leído gracias a ese hombre, que aunque por su edad era muy de Curro Romero, provenía de una familia de tradición gallista. La transmisión oral es muy importante para todo. Además, se está perdiendo una gran riqueza léxica y expresiva. Antes, un buen aficionado era capaz de narrar con precisión una faena, y podía llegar a usar cuarenta términos sólo para referirse al toro.

–¿Habrá toros este año en Sevilla?

–Veo difícil que este año se den los carteles programados. Desgraciadamente la pandemia, la legislación vigente y la necesidad de un aforo mínimo para ofrecer carteles tan rematados establecen un laberinto de difícil solución. La ley está para cumplirla, pero no es menos cierto que resulta incoherente que puedan celebrarse otros espectáculos sin esa separación de metro y medio entre asistentes en lugares cerrados y se niegue esa posibilidad en una plaza de toros a cielo abierto.

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