Antonio Molina Flores | Escritor y Profesor de Estética de la Universidad de Sevilla “Me interesa la Sevilla silenciosa, la que no se reafirma constantemente”

  • Elemento fijo del paisaje cultural sevillano, este profesor y experto en estética oriental, llegó de la provincia de Granada para quedarse en una ciudad que ha hecho suya

Molina Flores, practicando la caligrafía china. Molina Flores, practicando la caligrafía china.

Molina Flores, practicando la caligrafía china. / José Ángel García

Al igual que los antiguos chiringuitos se decoraban con los tesoros que el mar devolvía a la tierra, el estudio de Antonio Molina Flores (Orce, 1958) es la suma de muchos naufragios personales y colectivos: el banco de carpintero de su padre, muebles familiares de despacho, las antiguas estanterías de la librería El Giraldillo, un falso ejemplar de El Capital que es una caja de caudales y todos esos libros que van conformando una vida que, como casi todas, suponemos una mezcla de fracaso y plenitud. Allí, en su guarida, este profesor de Estética de la Universidad de Sevilla se dedica a sus esfuerzos y placeres, entre los que se encuentran la práctica de la caligrafía china. Como muestra, nos dibuja las palabras caballo y pájaro, que apenas se diferencian por un palitroque. Resulta imposible no recordar los versos de Kipling: “Oriente es oriente, y occidente es occidente, y nunca se encontrarán”. En Molina Flores encontramos, al menos, un intento de acercamiento. Elemento fijo del paisaje cultural sevillano, el entrevistado ha escrito ensayo, poesía y narrativa corta. Entre sus libros destacamos su ensayo Doble teoría del genio y su obra de teatro Judith, así como un buen número de artículos dispersos por revistas y obras colectivas.

–¿Y este banco de carpintero?

–Era el de mi padre. Nací en Orce y me crié en un pueblo que estaba muy cerca, Galera. Mi padre era carpintero y mi madre maestra. Vi por primera vez la luz eléctrica a los ocho años. A mí no me impresionó más Nueva York que ver la primera farola en una calle.

–¿Y ha conservado alguna afición a la carpintería?

–Sí, porque pasé mucha tiempo en el taller con mi padre, un hombre semianalfabeto pero muy fino. Sólo leyó un libro en su vida, uno que yo escribí de jovencito. Hice un Clavileño, el caballo de madera en el que los duques montan a don Quijote y Sancho y les hacen creer que están volando. Lo expuse en la Feria del Libro, Mercedes de Pablos lo vio y me lo pidió para el Museo de la Autonomía. Ahora está junto a una estatua de Blas Infante de tres metros. Para la librería La Roldana hice un expositor que era un gran libro de tres metros…

–Al contrario que la castellana, la nobleza prusiana valoraba el trabajo con las manos.

–Efectivamente, mi profesora de alemán, María Thusnelda Abele, que fue la creadora de la Liga Internacional del Caballo, me decía que los emperadores alemanes siempre tenían una carrera universitaria y un oficio. El último fue calderero.

–¿Y cómo naufragó aquí en Sevilla?

–Estudié con beca en muchos sitios: Huescar, Guadix, Valencia… hasta llegar a la Universidad Laboral de Sevilla. Vi que era una ciudad más grande que Granada y me gustó más el ambiente. Decidí quedarme aquí para mis estudios superiores.

–Le voy a leer algo que ha dicho usted: “Somos animales y hemos venido al mundo a huir del dolor y a buscar el placer”.

–Más o menos es lo que dice también Shopenhauer. El dolor es un tema central. Por cosas de la vida he tenido que pasar recientemente una estancia larga en un hospital y lo tengo muy presente. Fíjese la cantidad de veces que Proust se refiere al dolor en En busca del tiempo perdido. Es algo que condiciona brutalmente, incluso para la creación artística, porque el dolor te tiene siempre en la tierra y no deja que te eleves, olvidarte de ti mismo. Lo dicen hasta los toreros.

Creo que Almodóvar es excesivamente injusto con la figura masculina. La buena siempre es la madre

–La última película de Almodóvar, un personaje sobre el que algo ha escrito, también trata mucho este tema. Lo que te puede condicionar un dolor de espaldas

–También Rafael Argullol tiene un magnífico ensayo sobre el dolor de espaldas. Cuando yo era jovencito y empezaron a estrenarse las primeras películas de Almodóvar, íbamos a verlas como en una romería… Éramos cuatro gatos y bebíamos vino dulce y whisky, igual que en una fiesta. No sabía hacer cine, pero era lo de menos, porque estábamos ante un fenómeno más sociológico que artístico. Reflejaba un tipo de nueva ciudadanía que no estaba reflejada en ningún sitio, ni en los medios de comunicación ni en el arte. En ese sentido fueron unas películas muy valientes y reivindicativas. Después, se lo empezaron a tomar en serio en Nueva York y otros sitios y pudimos asistir a cómo aprendía a hacer cine y cogía su propio camino, el mundo melodramático. Creo que Almodóvar es excesivamente injusto con la figura masculina. La buena siempre es la madre y la figura paterna, cuando aparece, siempre es muy negativa… Es un violador o algo parecido.

–Ahora está muy de moda desdeñar la masculinidad.

–Los modelos cambian. El otro día hablaba con Ignacio Romero de Solís y comentábamos cómo durante miles de años el modelo masculino ha sido Aquiles, el guerrero. Ya sólo lo debe reivindicar Pérez Reverte. Sin embargo, ahora nos gusta Ulises, que es el taimado, el ingenioso…

–Aquiles, Ulises... Es usted un eurocentrista.

–Harold Bloom habla de “escuelas –del resentimiento” cuando menciona a todas esas corrientes de crítica literaria feminista que, de repente, desdeñan el canon y a Shakespeare, para reivindicar como importantísima la novela esquimal lésbica... Hombre… Podemos y debemos construir otra sociedad, más digna e igualitaria, pero no desde el resentimiento.

–¿La historia de la literatura es machista?

–Es cierto que, por ejemplo, en las vanguardias, un tema al que le he dedicado mucha atención profesionalmente, hay que hacer una relectura sobre el papel de las mujeres. En el futurismo no existen, pero sí en el dadaísmo… y en el surrealismo son importantísimas. Durante años esto no se ha explicado. Sin embargo, ahora se hacen exposiciones sólo de mujeres...

–El clásico pendulazo.

–Imagino que las próximas generaciones pondrán las cosas en su sitio y distinguirá a los hombres y mujeres que de verdad aportaron algo, sin fijarse tanto en el sexo.

Podemos y debemos construir una sociedad más digna e igualitaria, pero no desde el resentimiento

–Hemos hablado del dolor, pero no del placer.

–Es complicado teorizar sobre el placer. Existen los individuales, los que se tienen o comparten en la intimidad, y los sociales, que no son menos importantes. Hay placeres que tienen que ver con la ciudadanía, con las tabernas con el suelo con serrín, con la tiza en la barra, con encontrarse con los amigos… La amistad es una de las grandes fuentes de placer. La gente resentida, envidiosa, vive en el infierno.

–En un artículo, Fernando Iwasaki recogía una frase suya sobre el escritor Romero Peche: “Su vida estuvo dedicada al arte, pero su arte consistía en que nadie lo notara”. Muchos deberían aprender.

–Juan Luis Romero Peche fue un personaje central en la vida de muchos de sus amigos. Nunca te daba pistas sobre él, pero disfrutaba mucho cuando ibas destapando las muchas capas de su personalidad. Por ejemplo, un día descubrí que su madre, Lola Peche, era una poeta con más de veinte poemarios y el premio del casino de Algeciras. Le dije que había leído sus libros… y puede ver en su cara el “te acepto”. A mí me interesa este tipo de gente que hace las cosas de forma silenciosa, sin mostrarse demasiado…

–Hoy el mundo va más bien por otros derroteros.

–Fíjese en el abuso de los selfies… esa presencia asfixiante del yo es absolutamente contaminante, no beneficia ni al paisaje ni al ego.

–Usted es un conocedor de la estética asiática, sobre la que ha dado clases en el Grado en Estudios de Asia Oriental. Sevilla tiene una vieja y curiosa relación con Japón. Se me viene a la cabeza que uno de los mejores traductores de haikus al español es Fernando Rodríguez-Izquierdo, sevillano de la calle Zaragoza...

–...Y en la Academia de Santa Isabel de Hungría podemos ver la magnífica colección de arte oriental que donó el jesuita Fernando García Gutiérrez. Es una pena, pero las obras de mayor tamaño, que no cabían en la Academia, están en el Museo Oriental de Valladolid. También hay un personaje muy curioso, Reiji Nagakawa, japonés y trianero, que tradujo el Ulises de Joyce a su idioma natal y donó su archivo y biblioteca a la Universidad de Sevilla, de la que fue el primer profesor de japonés.

El mundo capitalista ha sido capaz de asimilar la imagen de Mao, pero no la de Hitler

–Por supuesto, también está la ya muy conocida embajada Keicho, que llegó en el siglo XVII a Sevilla y dejó una estela de ‘japones’ y ojos rasgados en Coria del Río.

–Precisamente, dentro de la IV Semana Cultural de Japón en Sevilla, que se celebrará del 11 al 15 de este mes, se va a presentar el libro Date Masemune y la carta a Sevilla, de Rafael Abad y Jesús San Bernardino, que incluye una nueva y más perfeccionada traducción de este importante documento, dirigido a Felipe III y al papa Pablo V, que se encuentra en el Archivo Municipal.

–Antes le vi practicar, con sus pinceles y papel de arroz, el noble arte de la caligrafía china.

–Me gusta practicar la caligrafía, también en español. En occidente no es apreciada en absoluto, pero en China es central. En poesía, la belleza de lo que se dice está estrechamente unida a la caligrafía. No se pueden separar ambos conceptos. En los parques ves a personas practicar caligrafía en el agua, la gente la admira mientras desaparece… la caligrafía de Mao, por ejemplo, era excepcional.

–Mao… usted escribió un prólogo para su ‘Libro Rojo’, editado por Abelardo Linares.

–El Libro Rojo de Mao es el tercero más vendido del mundo, tras la Biblia y el Corán. En este prólogo hago una lectura pop del personaje, algo que ya comenzó Andy Warhol con su famoso retrato.

–Es curioso, porque fue un libro con el que se justificó la muerte y el sufrimiento de millones de personas. Sin embargo, podemos digerirlo y convertirlo en icono pop.

–Fue brutal. En China, todos los billetes, absolutamente todos, siguen llevando la imagen de Mao. No hay ningún otro personaje que el Partido Comunista considere relevante, ni Confucio ni Lao Tzse… Es cierto, el mundo capitalista ha sido capaz de asimilar la figura de Mao, al igual que lo ha hecho con la de Marx, que sale en la carátula del Sgt. Pepper’s de los Beatles, junto a otros muchos personajes como el asesino de Sisi Emperatiz, Marlon Brando, Cassius Clay, etcétera… Sin embargo, esta asimilación ha sido imposible con la figura de Hitler. Se llegó a pensar en incluirla en dicha carátula, pero finalmente no se hizo.

–Sigamos con grandes líderes rojos. También tiene una antología posmoderna de Marx en píldoras. Está claro que no hay otra manera de digerir El Capital, el libro más citado y menos leído del mundo.

–El otro día me confesó un militante histórico de la izquierda sevillana que nunca había leído a Marx. En la carrera de Filosofía nunca se explicaba, porque decían que era un economista; Económicas, sin embargo, afirmaban que era un filósofo… Nunca ha encontrado su espacio académico, pero sí el de los hooligans marxistas que escriben cosas ilegibles. El mismo Marx dijo que él no era marxista, porque ya veía la prole que le estaba saliendo. Hoy en día, el marxismo es una buena herramienta para analizar la historia. Por ejemplo, su libro El 18 de Brumario de Luis Bonaparte es excelente.

Hay muchas Sevillas: la de Paco Gallardo paseando por San Lorenzo; la de Marset por Santa Cruz...

–Mucha gente con buena cabeza termina derrotada en el intento de leer El capital.

–Es que tiene partes ilegibles, como esas reflexiones minuciosas sobre el precio del trigo en Rusia… Uno puede hacer como San Jerónimo e irse al desierto y no volver hasta que haya leído El Capital, porque si no…

–El Marx de carne y hueso era un personaje atractivo.

–Estaba destinado a ser un profesor universitario, pero por temas políticos se tuvo que exiliar y ahí empezaron sus penurias. Se casó con una aristócrata, Jenny von Westphalen, de cuya vajilla de plata estuvieron viviendo los más de treinta años que residieron en Londres. Fue perseguido por su propio cuñado, que fue ministro del Interior. Obtuvo muy pocos ingresos por sus colaboraciones en prensa y poco más, pero estuvo toda su vida estudiando y, cuando tuvo posibilidad de darle un sablazo a Engels, se encerró en la Biblioteca Británica y escribió El Capital. Cada vez lo veo más como Maquiavelo y, salvando la distancia, como Shakespeare, porque al igual que ellos estudió de forma profunda la antigüedad romana y sintió un vivísimo interés por el momento que le había tocado vivir.

–No era un cínico.

–Tenía sentimientos muy profundos por la gente que lo pasa mal, por los que están en la parte baja de la sociedad. Él podría haber vivido bien, simplemente pidiéndole a su suegro o a su cuñado un trabajo. Sin embargo, optó por una vida mucho más complicada.

–Cambiemos de tercio. ¿Y Sevilla…?

–Al igual que Quevedo hablaba de las Españas, deberíamos hacerlo también de las Sevillas. Hay muchas. Por ejemplo, están los diferentes pueblos que componen la ciudad. Uno ve a Paco Gallardo pasear por San Lorenzo, a Juan Carlos Marset por Santa Cruz o a Antonio Badía por Triana y nos damos cuenta de que son como el alcalde de Bienvenido Mr. Marshall. Esta ciudad es maravillosa, pero corre el peligro de desaparecer en unos tiempos en que no se potencia lo colectivo, sino lo individual, la atomización.

–¿Qué Sevilla le interesa?

–Por encima de todo me interesa la Sevilla silenciosa, la de las bibliotecas públicas... En realidad es la Sevilla soñada por Cernuda, que no necesita reafirmarse constantemente. Por contra, me preocupa la Sevilla que hizo demoler la biblioteca del Prado.

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