Luis Fernando Gómez-Stern | Arquitecto

“Lo que se está haciendo con La Palmera es un auténtico disparate”

  • El prestigioso arquitecto, que fue presidente de Otaisa y que ha trabajado en algunos de los edificios más prestigiosos de Sevilla, está comprometido con la defensa de La Palmera y su entorno

Luis Fernando Gómez-Stern, en el salón de su casa.

Luis Fernando Gómez-Stern, en el salón de su casa. / Juan Carlos Vázquez

Luis Fernando Gómez-Stern (Sevilla, 1942) es uno de los pilares históricos en los que se asentó Otaisa (fue consejero delegado y presidente), la oficina que revolucionó la arquitectura en Sevilla fundada por su padre, Luis Gómez Estern (él con el apellido españolizado) junto a Felipe y Rodrigo Medina Benjumea y Alfonso Toro Buiza. A través de Otaisa, que se ha caracterizado siempre por el trabajo en equipo y multidisciplinar (con perdón), huyendo de la autoría de “mesa camilla”, Gómez-Stern ha participado en algunos de los edificios más emblemáticos ya desde que era estudiante en la Escuela del Pabellón de Brasil: el bloque de viviendas de Huerta del Rey, la sede de Sevillana de Electricidad, La Universidad Laboral, etc. Pero no sólo de modernidad vive Gómez-Stern: gran parte de su carrera la ha dedicado a la rehabilitación del patrimonio histórico. Su currículum en este sentido es impresionante: Las Casas de la Judería, las Casas Consistoriales de Sevilla, el Hospital Tavera de Toledo, la Hacienda Molinos del Maestre en Dos Hermanas, la conversión en Subdelegación del Gobierno de Málaga del hotel La Caleta y un largo etcétera. Residente en el Sector Sur, actualmente está comprometido con parar las agresiones que están sufriendo La Palmera y su entorno.

–Esta casa es especial, se nota que es la de un arquitecto. 

–Es de 1958. La proyectó mi padre, pero a mediados de su construcción enfermó. La terminó Felipe Medina, su socio de Otaisa. Vivimos en ella muy poco tiempo, porque se la alquilamos a unos norteamericanos y volvimos a nuestro piso en la Estación de Autobuses de El Prado. Este barrio, el Sector Sur, era paradisíaco y muy seguro. Fíjese ahora las vallas cómo son de altas, si seguimos así esto va a parecer una urbanización de narcochalés. Antes apenas había un poyete que yo me saltaba para entrar. 

–No es el clásico chalet de teja y reja que en Sevilla gusta tanto. 

–La gente suele huir de la arquitectura moderna porque muchos de los ejemplos que hay en la ciudad no son atractivos. Ahora, con la divulgación de las casas de los futbolistas, empieza a existir un mayor interés por las construcciones de estilo moderno y se comprenden mejor las transparencias, los espacios abiertos, las grandes cristaleras, los desniveles, la desaparición de tabiques… 

–Otaisa, la oficina en la que usted ha desarrollado toda su carrera, tiene muy buenos ejemplos de viviendas modernas y de calidad: la Estrella, los pisos de la Estación de El Prado, el edificio de Huerta del Rey… 

–Cierto, pero la mayoría de los ensanches de Sevilla son impresentables.  

–¿Y quiénes son los responsables? 

–Los arquitectos, los promotores y, fundamentalmente, los políticos. Estos podían controlar el proceso mediante los planes de ordenación, pero los PGOU nunca han funcionado bien en Sevilla, entre otras cosas porque no se han aplicado correctamente. Los arquitectos no tenemos tanto poder. 

–Hablemos de Otaisa, una oficina que revolucionó la arquitectura en la ciudad y que fundó, sobre 1934, un grupo de sevillanos que había estudiado la carrera en Madrid: su padre, Luis Gómez Estern, Felipe y Rodrigo Medina Benjumea y Alfonso Toro Buiza. 

–Todos los trabajos eran en grupo, de manera que es muy difícil señalar al arquitecto autor de un proyecto. Esta fue una tradición impuesta por Felipe Medina, que daba mucha importancia a la arquitectura en equipo y no le gustaba que una persona tuviese todo el poder de decisión. En todos los proyectos había tres o cuatro arquitectos. 

El Sector Sur era un lugar paradisíaco. Ahora, si seguimos así, va a parecer una urbanización de ‘narcochalés'

–Una manera ‘norteamericana’ de trabajar… 

–Felipe Medina, que estaba obsesionado con la arquitectura americana, quería dar un salto, hacer una oficina más multidisciplinar, en la que colaborasen otros profesionales además de los arquitectos (peritos industriales, ingenieros, abogados…). Había que aprovechar el salto y las oportunidades del Plan de Estabilización de 1959, la gran alegría económica que hubo en España hasta el 74 y la Crisis del Petróleo. Antes de terminar la carrera, Felipe Medina me organizó un viaje a EEUU. Para mí fue importantísimo, porque pude realizar estancias en los estudios más importantes del momento en Chicago, Boston y Nueva York, entre ellos el de Walter Gropius. Me enteré de muchas cosas que luego pudimos aplicar en Sevilla. Yo me había incorporado a Otaisa siendo aún estudiante, porque mi padre falleció muy joven, con 52 años.  

–Veo que Felipe Medina era el alma de Otaisa. 

–No sé en la primera época con mi padre, porque eso no lo viví. Desde luego sí lo fue en mis años iniciales en la oficina. Felipe era una persona carismática y con genio, un obseso de la organización que exigía hacer la mejor arquitectura. Yo trabajé con él desde el 63, año que entré en Otaisa, hasta el 71, que fue cuando Felipe, aunque era joven, decidió no seguir trabajando. Yo era consejero delegado desde 1969 y continué con esa función muchos años

–Una de las grandes obras de Otaisa es la Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide. 

–Es la más importante. A partir de esa obra se originó todo el sistema de trabajo en equipo y multidisciplinar que caracterizó desde entonces a Otaisa. Fue una obra de categoría internacional. Se trabajó con el hormigón armado de una manera muy moderna, como se ve en los pabellones deportivos. Fue todo un alarde técnico. Hoy está muy estropeada, pero quedan algunas cosas. 

–Bueno, la Olavide la ha arreglado. 

–Hay aciertos y errores en las últimas intervenciones, aunque efectivamente antes la habían estropeado más. 

–Otro de los grandes edificios de Otaisa es la sede de Sevillana de Electricidad (hoy Endesa). Una gran obra que, sin embargo, no está lo suficientemente reconocida por los sevillanos. 

–Efectivamente, el año pasado cumplió 50 años y pusieron una placa Docomomo en reconocimiento a los arquitectos que trabajamos en el proyecto: Felipe Medina, Manolo Trillo, Fernando Villanueva, Ángel Orbe y yo. Me hicieron alguna entrevista y, en los comentarios en internet, todavía había gente que decía que era un mamotreto y todo eso. Sevillana es un gran ejercicio de arquitectura, completamente al día. Lo curioso es que se parece a la Neue Nationalgalerie de Berlín, de Van der Rohe, un edificio que nosotros no podíamos haber visto porque se construyó prácticamente al mismo tiempo. Es el prototipo de la arquitectura moderna, en la que lo principal es la estructura desnuda, a la vez función e imagen.

–Tiene la virtud de los buenos edificios, que siempre parecen modernos. La huella de Otaisa también estuvo presente en la Expo gracias, entre otros al Pabellón de la Naturaleza, que hoy tiene poco que ver con lo que fue. 

–Además, los invernaderos y el Jardín Americano los vandalizan continuamente. Podría ser un sitio magnífico, pero son incapaces de impedir su destrucción.  

Los PGOU nunca han funcionado bien en Sevilla, entre otras cosas porque no se han aplicado correctamente

–Una de las grandes asignaturas pendientes de la arquitectura sevillana es un mayor y mejor uso de la vegetación en los edificios. 

–Efectivamente. En Sevilla, con el calor que hace, la vegetación es fundamental. Lo curioso es que Sevilla tiene en el exterior una cierta imagen de ciudad verde, algo que se debe al eje La Palmera-las Delicias-Parque de María Luisa-Cristina-Jardines de Murillo. Pese a que a veces está muy abandonada, esa continuidad no la tienen muchas ciudades. Es muy importante que la conservemos, cosa que no estamos haciendo.  

–Su trayectoria deja claro que le interesa tanto el Movimiento Moderno como el patrimonio histórico. De hecho, le concedieron, junto al promotor Ignacio Medina, el II Premio de Arquitectura Clásica y Restauración de Monumentos Rafael Manzano. 

–En Otaisa hemos hecho de todo y nunca hemos rechazado ningún encargo, por pequeño que fuese, porque todos los trabajos dan oportunidad para aprender y hacer buena arquitectura. Mi padre tenía mucho aprecio por la arquitectura tradicional y fue autor, junto a Francisco Collantes de Terán, del libro La arquitectura civil sevillana, que sigue siendo el mejor catálogo crítico de un caserío sevillano que ha desaparecido alarmantemente. Para mí el premio fue un privilegio porque, desde la Escuela, Rafael Manzano, que fue mi profesor, me ha considerado y alentado profesionalmente. A Ignacio Medina me lo presentó Felipe, que era su tío. Con él he trabajado 40 años en distintos proyectos. Primero en la fundación de Prosevilla, sociedad con la que se compraron muchas casas en la zona de Santiago, San Bartolomé y Puerta de la Carne. Entonces esa zona estaba destrozada y se había quedado al margen del centro de Sevilla. Había muchas casas en ruinas. Gracias a eso se salvaron el Corral del Conde, el Convento de Santa María de los Reyes, el Palacio de Altamira… edificios muy importantes para la ciudad. La idea era restaurar y recuperar esa zona. El problema es que Prosevilla se arruinó en la Crisis del Petróleo, que fue un auténtico desastre para el mercado inmobiliario de Sevilla. Hubo que vender edificios, pero quedaron algunas casas que se fueron rehabilitando poco a poco. Es lo que hoy se conoce como las Casas de la Judería.  

–Y usted fue el arquitecto de las Casas de la Judería. 

–Exacto. Reconozco que le debo mucho a Ignacio Medina, me dio la oportunidad de rehabilitar todo un barrio usando exclusivamente los lenguajes tradicionales, basándonos en una documentación muy rigurosa. Son 19 casas, de las cuales cuatro son señoriales, pero el resto populares. Poco a poco se han ido uniendo hasta formar un conjunto, recuperando las antiguas conexiones que se habían ido perdiendo, callejones y adarves que se habían colmatado. Se han rescatado los valores de una arquitectura oriental sevillana, con calles estrechas y espacios interiores generosos.  

–Pero ese abigarramiento del urbanismo oriental tiene poco que ver con la arquitectura moderna, ¿no? 

–En absoluto, lo abigarrado también es agradable y vividero. Tiene muchos valores de habitabilidad a los que no renuncia la arquitectura moderna. 

–Estamos en el Sector Sur, junto a la Palmera, una zona de la ciudad única que ha sufrido agresiones importantes en los últimos tiempos. 

–El problema fundamental ha sido la implantación de una edificación de una gran densidad, que ocupa el terreno al cien por cien y elimina la vegetación. La zona de La Palmera-Sector Sur se caracteriza por los edificios aislados rodeados de jardines, y eso es con lo que están acabando. No es una cuestión de usos. Las ciudades tienen que evolucionar y no hay ningún problema en que lo que antaño era una residencia unifamiliar sea ahora un colegio mayor. Pero lo que se está haciendo aquí es un auténtico disparate.  

La Palmera es uno de los ensanches más excelentes que se hicieron en España a principios del siglo XX

–¿Qué es lo peor? 

–La desaparición de la vegetación. La Palmera es uno de los ensanches más excelentes que se hicieron en España a principios del siglo XX. Es uno de los elementos que le dan carácter de gran ciudad a Sevilla. ¿Qué otra gran avenida tiene la ciudad? Todo esto se pierde con esos nuevos edificios completamente hostiles.  

–¿Cuál es el problema? 

–Fundamentalmente es de ordenanza. En el PGOU las casas de La Palmera deben ser viviendas unifamiliares aisladas –algo que hoy es insostenible– o tener usos dotacionales o de oficinas, hoteles, etcétera. ¿Qué familia puede mantener hoy una villa de la Palmera con su jardín? Al final quedan abandonadas y sin valor, como les pasa a muchas. Hubo una época, en los ochenta y noventa, que la Palmera tuvo un cierto renacimiento gracias a grandes empresas y bancos que usaban sus casas como sedes emblemáticas. Pero esa moda ya ha pasado. Una de las soluciones para la Palmera es potenciar su uso residencial, pero hay que permitir que las viviendas puedan ser divididas, como se ha hecho con las grandes casas del centro, que no hubiesen podido sobrevivir si no se hubiesen convertido en apartamentos.  

–Como decía, lo peor de los nuevos edificios es que arrasan los antiguos jardines privados. 

–Hay que comprender que los jardines privados benefician a todos. El gran problema ha sido que el PGOU de 2006 permitía hasta hace unos días una altísima edificabilidad a los edificios dedicados a los usos dotacionales, como es el caso de las residencias universitarias o las clínicas, con lo que los jardines están siendo sustituidos por ladrillos. Es lo que ha ocurrido en la esquina de La Botella, en algunas zonas del Sector Sur, en la calle Tramontana o en el número 17 de la Palmera. De esta manera se está acabando con el modelo de casa aislada, retirada de los linderos y rodeada de jardines. Estas nuevas residencias de estudiantes aprovechan al máximo la edificabilidad y no tienen ni un árbol. Otro asunto son las cubiertas. En las antiguas villas de La Palmera las cubiertas son muy importantes y están muy cuidadas, como en toda la arquitectura burguesa, con miradores, remates, etcétera. Nunca se ven bultos. Sin embargo, estos nuevos edificios colocan allí todo lo que no les cabe: torretas de ascensor, grandes aparatos de aire acondicionado…  

–¿Algún problema más? 

–Se ha convertido en una carretera, en una autopista de ocho carriles con un gran tráfico. La Palmera debería cumplir una función de conexión entre la zona de Reina Mercedes y la de Manuel Siurot, pero esta función no la realiza, separa más que une. Es un muro. 

Habría que convertir el cruce entre La Palmera y Luca de Tena en una plaza peatonal y arbolada

–¿Y cómo se puede lograr esto? 

–Hay que hacerla más verde, humana y vivida con bancos, fuentes y estancias. Una idea sería convertir el cruce de La Palmera con Torcuato Luca de Tena en una gran plaza urbana, peatonal y arbolada (no quiero decir una rotonda). También hay que recuperar y ampliar las aceras, cada vez más reducidas y con los árboles deteriorados y maltratados, aumentar la sombra vegetal. Me llama mucho la atención que el Ayuntamiento presuma de su política de peatonalización, pero que la Palmera, sin embargo, sufra cada vez más tráfico… y más que lo hará cuando se peatonalice Reina Mercedes.  

–Ahora está en juego el número 38, el chalet Nuestra Señora de Aranzazu. Lo escandaloso es que la licencia para construir allí otra residencia la ha concedido Urbanismo justo el día en que se daba luz verde para modificar los artículos del PGOU que antes comentábamos. 

–Es algo verdaderamente notable. Una licencia que se ha dado en tiempo récord. No quiero ser mal pensado, pero es difícil evitarlo. Aunque esté la licencia dada, el Ayuntamiento debe intentar llegar a un acuerdo para reducir la edificabilidad y mantener la vegetación. Un grupo de arquitectos y vecinos estamos trabajando en este sentido, pero no comprendemos la actitud municipal.

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