Violeta Hernández | Creadora y gestora cultural

“El mayor problema de la industria cultural es la lentitud burocrática”

  • Cofundadora de la empresa de creación y gestión cultural La Suite, gracias a personas como ella Sevilla volverá a contar en agosto con el festival Nocturama

Violeta Hernández, en su domicilio.

Violeta Hernández, en su domicilio. / José Ángel García

Puede que la procesión vaya por dentro, quién sabe, pero Violeta Hernández (Cádiz, 1972, aunque criada en Madrid) transmite una tranquilizadora imagen de seguridad y confianza en sí misma. El empoderamiento debe ser esto. Finolis en el hablar y amante del carnaval, esta moderna del barrio de la Feria, que se autodefine como “tocapelotas”, llegó a Sevilla en 1999 con su licenciatura de Derecho bajo del brazo y dispuesta a ser “gestora cultural”, término que entonces despertaba las risas de sus compañeros de trabajo (eran otros tiempos). Tras algunos escarceos con el flamenco, fundó junto a otros socios la empresa de creación y producción cultural La Suite, hoy imprescindible para comprender la geografía de la industria cultural sevillana. Antigua teclista de un conjunto indie, guarda de sus años más locos un estilismo de popera irredenta y un sentido del humor más madrileño que andaluz que salpimenta con palabras de linaje cheli. No bebe cuando está de servicio y siempre tiene a mano una de esas sonrisas femeninas que basculan entre la ironía y la comprensión de las torpezas del entrevistador. De los muchos proyectos que La Suite ha impulsado en Sevilla, quizás el más popular es Nocturama, el ciclo de conciertos que este año volverá a llenar de buena música las noches del 26 al 28 de agosto, en el Casino de la Exposición.

–De Cádiz capital pero criada en Madrid. ¿Tiene el síndrome del marinero en tierra?

–Siempre me he sentido de cualquier sitio. Más ahora que tengo una tercera ciudad, Sevilla.

–Hija de Antonio Hernández, un poeta de Arcos que vive en Madrid. ¿Se cultivó en su familia cierta nostalgia andaluza?

–Claro que sí. Mis amigos de aquí se ríen porque en mi casa, en Nochevieja, siempre se cantaba el himno de Andalucía. Cuando llegué a Sevilla y vi la primera peña bética llamé corriendo a mi padre para contárselo. Siempre he mantenido una estrecha relación con Cádiz. Soy muy del carnaval.

–Pero su acento es finolis.

–Pero gracias a que mis padres son andaluces no soy laísta.

–Con esos genes, ¿nunca tuvo ínfulas literarias?

–Aunque nunca he querido ser escritora, el entorno en el que me he criado ha debido influir en mis inquietudes artísticas. Quiñones, Montesinos o Luis Rosales, eran amigos íntimos de mis padres. Mi padrino fue Luis Berenguer y el de mi hermano Claudio Rodríguez. Algo tendrán que ver todos ellos en que me dedique a la cultura. Pero también The Cure, Jesus&Mary Chain o PJ Harvey.

Hay gente que siempre está intentando confrontar las dos Sevillas, y eso no me gusta

–¡Berenguer! Su novela ‘El mundo de Juan Lobón’, hoy olvidada, es de las mejores del siglo XX español. Dígame algo más de él, por favor.

–Murió cuando yo era muy pequeña. Me pusieron Violeta porque él quiso. Una de sus hijas se llama así y fue mi madrina. De Claudio sí tengo recuerdos, pero desde la perspectiva de una niña, como de todos esos escritores locos que iban a mi casa o nosotros a las suyas.

–En sus años mozos fue miembro de un conjunto indie.

–Tocaba el teclado, porque yo había estudiado diez años de piano. Acababa de terminar la carrera de Derecho y estábamos en pleno boom del indie de los noventa. Fueron cuatro años. El grupo se llamaba Cranc, que significa algo así como cigüeñal, pero también es un adjetivo obsoleto que tiene que ver con algo raro, extraño…

–El indie… sí que pegó fuerte.

–Fue un renacer de nuestra generación. Éramos niños que habíamos nacido con muchos estímulos musicales gracias a los muy buenos grupos de los 70 y 80. Pero, de repente, a principios de los 90 la buena música desapareció de la televisión. Al principio era una música muy independiente (de ahí su nombre), hasta que en la segunda mitad de los 90, con el boom de los festivales, se fue haciendo más conocida y comercial. Ahora es la que impera.

–¿Nostalgia?

–Mucha, ya no tiene nada que ver. En el indie español de los noventa había gente muy diferente, con estilos o referentes diversos, pero unidos por las ganas de generar, como se dice ahora, comunidad. Astrud, La buena vida, Manta Ray, Planetas, Cabeza Borradora, El inquilino comunista... Cada uno de su padre y de su madre. Hoy en día, el indie mainstream es muy monótono, no hay brillo ni singularidad.

–¿Y en Sevilla?

–De los grupos sevillanos de rock que perduran de la efervescencia indie mencionaría, además de a Maga, a Chencho Fernández o Julio de la Rosa. Y del talento que se genera en esta ciudad y que no trasciende fuera a Nacho Camino o los All la Glory. Aunque sí hay ahora mismo grupos sevillanos recorriéndose todos los festivales, como son Califato 3/4 o Derby Motoreta.

–¿Es difícil vivir de la música?

–Mucho, aunque hacer música ahora es mucho más barato que antes.

En Sevilla hay mucho talento artístico, pero no sabemos exportarlo

–En 1999 usted llegó a Sevilla, ¿fue demasiado choque viniendo de Madrid?

–De entrada, me topé con todos los tópicos. Desde no poder moverme en Semana Santa porque vivía en la Plaza de Santa Cruz, hasta no poder entrar en las casetas de Feria por no tener amigos. Para colmo vine a trabajar en una empresa de flamenco… Yo conocía bien Cádiz, pero no me podía imaginar que Sevilla fuese tan diferente. Eso sí, rápidamente encontré a gente que me interesaba mucho, tanto profesional como personalmente.

–El flamenco…

–Empecé a trabajar en Montoya Musical, que en ese momento era la empresa más puntera en el mundo del flamenco. Había fichado a José Mercé con el disco Pilas alcalinas. Allí convivíamos gente joven y preparada con comerciales de toda la vida que trabajaba con cuaderno y lápiz. El mundo del flamenco ha cambiado muchísimo en los últimos veinte años, ha dado un gran salto hacia mejor. Los cachés son muchísimo más altos que los del rock o el teatro.

–Nos solemos quejar de los déficits de modernidad de Sevilla. Usted que es del ramo, ¿qué opina?

–Yo tuve claro rápidamente que me quería quedar a vivir aquí. Es una ciudad con un tamaño perfecto para desarrollar proyectos culturales, sin perderse en el maremágnum de Madrid o Barcelona. Como vengo de fuera, no tengo ese complejo de que en Sevilla todo es menor. El potencial artístico de la ciudad en todos los ámbitos es mucho mayor que el que hay en otras ciudades.

–¿Y la ciudad tradicional?

– No tengo ningún problema en combinar la supuesta modernidad con lo tradicional. Hay gente que está siempre intentando confrontar las dos Sevillas, y eso no me gusta.

–Su barrio, el de la Feria, es precisamente una frontera entre esas supuestas dos Sevillas. La cosa parece funcionar.

–Lo que me gusta de esta zona es la mezcla y la facilidad con la que surgen las cosas. Como dice Ayuso, en Madrid, cuando dejas a una pareja es muy difícil volver a encontrarte con ella. Aquí pasa lo contrario.

–¿Y las carencias de la ciudad?

–Me obsesiona la lentitud de los procesos administrativos, la burocracia, lo lento que va todo. Es el mayor problema de la industria cultural. Para que sucedan cosas nuevas tienen que pasar dos años. Es cierto que la administración, al fin, está trabajando mucho para labrar una complicidad con el sector privado cultural… pero todo tarda tanto... En otras ciudades las cosas fluyen más. Aquí hay mucha creatividad, mucho potencial, pero a veces se dilatan tanto los procesos en el tiempo que no terminan de cuajar. En general, y no sólo en el plano profesional, el ciudadano está siendo devorado por la burocracia.

–¿Qué más carencias?

–Falta proyección. Hay mucho talento, como le dije, pero no sabemos exportarlo, pese a tener a grandes referentes como Manuel Llanes, director del Teatro Central.

Hoy, la mezcla de tradición y vanguardia vuelve a estar de moda, con artistas como los Hermanos Cubero

–¿Es el sector privado el talón de Aquiles de la industria cultural andaluza?

–El problema es que este sector se compone de empresas muy pequeñas, que ni siquiera llegan a pyme.

–Su empresa, La Suite, se dedica a idear, gestionar y producir iniciativas culturales.

–Conocí a mi socio, David Linde, en Montoya Musical y, desde muy pronto, empezamos a realizar proyectos juntos. Hacemos una producción cr

o fuerte es lo artístico. Siempre trabajamos en lo que nos va apeteciendo; no estamos aquí por negocio, sino porque nos gusta. Hemos hecho cosas de música, danza, teatro… Y por supuesto está Nocturama, que es el proyecto más veterano de La Suite. Nos molesta mucho parecernos a los demás, siempre queremos hacer cosas diferentes y nos lo creemos.

–Nocturama es una de las grandes aportaciones de La Suite a la cultura estival sevillana.

–Nocturama surgió en 2005 porque el anterior director del CAAC, José Lebrero, llevaba un año en la ciudad y sabía que, pese al potencial del espacio, no acudía nadie por la famosa barrera psicológica del río. Nos encargó que nos inventáramos algo que tuviese que ver con la música. No quisimos organizar conciertos de jazz o flamenco, que es lo que hubiesen hecho otros, sino cubrir una carencia de la ciudad en esos momentos: la música pop. Por entonces, no había en Sevilla una rutina de conciertos de rock y pop. Desde el principio fue un éxito.

–¿Y cómo se diferencia Nocturama de otros ciclos y festivales?

–Le pondré un ejemplo: la primera vez que programamos a Martirio en Nocturama sonó raro, una coplera entre roqueros. Pues todos los roqueros acabaron bailando las sevillanas de los bloques. Ella, que tampoco se esperaba ni aquel público ni aquel entusiasmo, nos dio las gracias. Hoy la mezcla de tradición y vanguardia vuelve a estar de moda: Rodrigo Cuevas o Los Hermanos Cubero...

–Se nota que disfruta montando el festival.

–En Nocturama hemos hecho grandes amigos. Recuerdo que en la primera edición vino La Costa Brava. Tres años después Sergio Algora murió inesperadamente y se convirtió en un mito, pero con Fran y, sobre todo, con Ricardo Vicente, seguimos en contacto y hemos hecho ya varias locuras juntos. Creo que próximamente haremos otra.

–¿Y este año cuál es la sorpresa?

–En el primer Nocturama, Jota, el líder de Los Planetas, actuó por primera vez con su grupo paralelo, que ahora se llama Grupo de Expertos Solynieve. 16 años después, volverá a hacer lo mismo. La apuesta internacional de este año es Lluísa Sobral. Me hace mucha ilusión. Es una artista melódica pero, al igual que su hermano, Salvador Sobral, tiene un universo propio y bebe de muchas fuentes… Va a ser un concierto para descubrirla. También vienen los Hermanos Cubero…

Es más fácil trabajar con artistas consolidados, suelen tener un gran nivel de profesionalidad

–Ahora, Nocturama se celebra en el Casino de la Exposición.

–Tenemos el gran apoyo del Ayuntamiento de Sevilla. No podríamos organizarlo sin ellos.

–¿Y el público?

–Ha crecido con nosotros. Para facilitarle la asistencia, las entradas serán gratis para los niños… hasta los 18 años.

–¿Y Las medidas anticovid?

–No se está poniendo el foco en el sitio adecuado. Se han celebrado botellones en las plazas durante estos tres últimos meses sin que se hiciera nada y, cuando salta la alarma de la quinta ola, se ponen a cerrar bares. El problema no son los bares ni el ocio controlado. Los aforos reducidos... lo entiendo... pero tienen que ser más claros. Ahora mismo no estamos seguros de si estamos haciendo las cosas bien: distancia, mascarillas, sillas por mesa, barra sí, barra no, tabaco... etcétera. A estas alturas tendrían que estar las cosas más claras.

–Se suele decir que Sevilla está fuera de los circuitos de los grandes conciertos.

–El problema es que esos circuitos se han restringido por los acuerdos de exclusividad que tienen los grandes festivales. En España los hay muy potentes. Estos contratos impiden que los grupos puedan tocar en cinco o seis ciudades, como antes. El Ayuntamiento dice ahora que quiere atraer más conciertos de artistas internacionales, pero no es fácil. El mercado internacional de conciertos es una especie de subasta. El agente de un determinado artista o banda no dice ningún caché, sino que los interesados ofrecen y a partir de ahí se decide.

–Será un mundo con muchos tiburones.

–En el que los grandes son los únicos que comen.

–¿Son muy caprichosos los artistas?, ¿piden muchas extravagancias en los camerinos?

–Muchas veces los caprichosos no son los artistas, sino los managers. Me he encontrado cada cosa en los contratos… Como la obligación de comprar sellos para mandar postales. En el backstage (entre bastidores) se ve de todo. El rock sigue siendo bastante salvaje, pero también hasta donde el organizador quiera. Normalmente es fácil trabajar con artistas consolidados, porque suelen tener un gran nivel de profesionalidad, lo que llevan muy a gala. Saben que están currando y que hay que ser amables y facilitarle el trabajo a los demás.

–¿Y las salas de concierto privadas?

–Son el germen musical de una ciudad. Ya voy poco, pero para mí fue fundamental ir todos los fines de semana a un concierto. Para conocer, ver gente… Por suerte ahora hay varias salas en Sevilla programando muy en serio y con un apoyo institucional que antes no existía.

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