Conflicto en Oriente Medio
En directo la última hora de la guerra

Rafael Valero: “Los turistas me están todo el santo día preguntando. Voy a empezar a cobrar”

Rafael Valero Fernández de Córdova

Paseante de Sevilla, no es raro encontrarse al entrevistado por Sierpes, meditando proyectos como la rehabilitación de la Iglesia de San Laureano o la recuperación de los antiguos nombres de las calles Mercedes Comellas: “A algunos estudiantes les duele que les desmonte el mito de Bécquer”Lilian  Weikert: “No tenemos tiempo para cocinar, pero sí para ver MasterChef”

Rafael Valero. / José Ángel García

“Pertenezco a la Sevilla que salía del Groucho y escuchaba los pajaritos cantar, a la que bebía en el bar La Alcaicería con los Dire Straits de fondo, a la que trasnochaba en el Poseidón...” Este es el paraíso perdido de Rafael Valero Fernández de Córdova (Sevilla, 1964), paseante y personaje de la ciudad que, entre otras cosas, alardea –medio en broma, medio en serio– de haber sido el que inventó el ‘tardeo’. “Lo traje de Edimburgo, donde estuve trabajando. Empezaba con mis amigos en el Casablanca de la calle Zaragoza y, sobre las cuatro de la tarde, saltábamos al bar del Hotel Inglaterra, de donde salía a las cuatro de la mañana. Trabajó durante 30 años en negocios familiares y multinacionales, pero ahora es un plácido ‘flaneur’ con el que no es difícil tropezar por la calle Sierpes, con su gorra inglesa y su barba socrática. Se levanta todos los días a las 6 y se pone a pensar. Ha conseguido que el Ayuntamiento rehabilite la Iglesia de San Laureano y gracias a su perseverancia se ha retomado el viejo proyecto de Sancho Corbacho de poner azulejos que recuerden los nombres antiguos de las calles de Sevilla. Es el más rendido admirador del maestro de periodistas Paco Correal y un orgulloso padre. Genio y figura, sus héroes son los ‘barmans’ de Sevilla: Emilio Vara, Reyes Morales, Ramón López de Tejada y un largo etcétera.

Pregunta.–¿De dónde viene Rafael Valero?

Respuesta.–Yo nací en Triana, pero no me considero trianero. Me gusta pasear hasta el Altozano y volverme. Lo demás me parece muy mejorable, a pesar de su maravillosa Iglesia de Santa Ana, donde se han casado dos de mis hermanos. Un bonito sitio para estar enterrado. Triana, más allá de la calle Betis, no tiene nombre.

P.–Y dónde se crio.

R.–En la calle Santo Tomás, en una casa de Aníbal González que ahora es un Taco Bell. Mi padre era jurídico militar y trabajaba en los Sindicatos Verticales. Había hecho la guerra como marinero voluntario. Yo era el séptimo de diez hermanos. Mi vida, hasta que murió mi padre, era la Santa Caridad, las Juventudes Musicales... Una educación muy a la antigua. Me marcó muchísimo. Para definir a mi padre, mi madre usaba una expresión que nunca he encontrado en ningún sitio: caquesis. Es decir, la persona que parece mucho mayor de lo que es. Con 40 años se movía con sombrero, bastón y traje. Tenía una colección de zapatos enorme. Mi mundo de los 60 y 70 era la sociedad del centro, con casas muy antiguas y las calles abandonadas... casi todo el mundo se había ido a los Remedios.

P.–Luego vendría la experiencia de la periferia.

R.–Cuando los americanos dejaron la base de San Pablo y sus casas de Santa Clara, todo se puso en alquiler. Nos fuimos allí muchas familias numerosas de Sevilla que no cabíamos en los pisos. En esta urbanización vivió la gente más interesante de Sevilla de hace cincuenta años: Juan Ramón Zaragoza, el capitán general Merry Gordon, Francisco García Novo, Alfonso Guerra, Amparo Rubiales, Rojas Marcos... Fue una juventud muy sana.

P.–Usted es un paseante, un flaneur, siempre se le ve por Sevilla andando con parsimonia, sin descomponer el gesto.

R.–Pasear es la mejor manera de conocer una ciudad, pero no hay que hacerlo mirando de frente, sino para arriba. No hay día que no descubras cosas nuevas: un azulejo, una virgen en una esquina. Siempre se nos escapa algo.

P.–Santa Clara es uno de esos lugares sevillanísimos que no responden al tópico.

R.–Y todas las calles son de conquistadores y evangelizadores. La mía era Fray Francisco de Pareja, que es la principal. Allí iba a vivir Alfonso Guerra, pero por cuestiones de seguridad –eran los años sanguinarios de la ETA– prefirió otra calle de la urbanización. Cuando me lo encuentro en los actos lo trato de vecino. Voy a pedir una calle para él.

Nunca transmito dolor en los funerales, no me parece lo adecuado, ya demasiado triste es todo

P.–¿Qué ha hecho hoy?

R.–He estado en un funeral. En los funerales siempre me entra la risa, porque se cuentan buenas anécdotas del difunto. Nunca transmito dolor en los funerales, no me parece lo adecuado, ya demasiado triste es todo. Esta semana he tenido dos funerales. Es lo que toca. Ya se me han muerto muchos amigos, como Monchu González de Echávarri o Javier Valenzuela, que eran personas divertidísimas y cultivadísimas. Soy más de escuchar que de hablar.

P.–Ahora vive en Los Humeros, barrio peculiar del centro.

R.–Yo le llamo la Pequeña Galia, porque es el barrio más pequeño de Sevilla, además de antiguo. Hace más de 500 años era algo así como las Tres Mil Viviendas, un arrabal donde se ahumaban las sardinas, estaba asociado a la brujería y había un muladar donde todo el mundo tiraba la basura. Sobre ese basurero se construyó la famosa casa de Hernando Colón y, después, el Patio de San Laureano. Este edificio lo heredó mi madre en 1972. Se pudo haber tirado como hicieron con el Palacio de los Sánchez Dalp para hacer el Corte Inglés, pero había cuarenta locales de renta antigua: almacenes como el de la hermandad del Valle o el Círculo de Labradores –que guardaba allí su caseta de Feria–, el taller de Castillo Lastrucci...

P.–Curioso los miles de usos que ha tenido San Laureano en su historia: colegio-convento, ollería, cuartel, correccional...

R.–Aquello era un corralón de pueblo en Sevilla. Cuando yo era muy joven no lo conocía nadie porque allí hubiese estado la casa de Hernando Colón, sino porque en el patio se montaba el cine de verano Alfonso XII. También el Club Yeyé, donde los fines de semana se hacían guateques a los que iban los soldados y las chachas. Había una jaula enorme donde bailaba María Jiménez de joven y los Smash tocaron alguna vez. Lo más importante es que, después de la muerte de Franco, hubo siete u ocho pubs, como uno muy famoso, el Nicolino, que montaron Máximo Valverde y Carmen Ordóñez. Fue cuando la juventud dio el paso de la tasca al pub.

P.–Gloriosos bares de Sevilla.

R.–Uno de los mejores momentos de San Laureano fue en el Mundial 82, cuando la torcida brasileña llegaba de los partidos con sus banderas y su gran animación. Yo tenía 17 años y era época de exámenes. Me catearon, por supuesto. El Mundial 82 es de las cosas más divertidas que recuerdo de Sevilla. Yo me iba con mi hermano en vespa a Carmona para ver los entrenamientos de Brasil. Esperemos que Brasil vuelva a Sevilla en el Mundial 2030.

P.–Hoy en día, San Laureano, es un edificio de viviendas.

R.–La obsesión de mi madre es que cada uno de sus hijos tuviese un piso. Ella, que era una viuda con diez hijos y ni un duro, pasó un calvario hasta conseguir vendérselo a un promotor a cambio de dinero y cuatro pisos. En esto fue muy importante el arquitecto Paco Barrionuevo.

P.–¿Y la turistificación ha llegado a los Humeros?

R.–Gracias a Dios no, pero llegará. Le regalo una frase: “Detrás de todo Hotel hay un Carrefour Exprés”. ¿Por qué? Porque tras el primer clavo que le meten el primer día en un restaurante, los turistas se van a un supermercado a hacer la compra. Carrefour se ha dado cuenta y está montando negocios en todas las calles, junto a las reglamentarias tiendas de imanes y bisutería barata. Los sevillanos nos hemos convertido en figurantes, el alcalde nos debería pagar un sueldo. Los turistas me están todo el santo día preguntando. Voy a empezar a cobrar. Nos están echando poco a poco.

El Mundial 82 es de las cosas más divertidas que recuerdo de Sevilla

P.–Tiene usted algo de Quijote que ha sabido batallar durante 23 años para que se restaurase definitivamente la iglesia dieciochesca del antiguo convento de San Laureano, en la calle Goles, anexa a los pisos donde vive.

R.–La iglesia también pertenecía a mi familia. De joven he organizado allí algunas fiestas de fin de año. Se usaba como trastero, para los que querían guardar un coche de caballos y cosas así. Tenía la techumbre muy mal y no se podía alquilar. El promotor que hizo los pisos no la quiso integrar en su proyecto. Finalmente, la iglesia se la quedó el Ayuntamiento y se lo cedió a la Universidad, que iba a ubicar allí el Instituto de Desarrollo Regional, proyecto que se llevó por delante la crisis que desató el fiasco de la biblioteca del Prado, por lo que regresó al Ayuntamiento. Decidí ponerme en marcha. He hablado con los últimos cinco alcaldes del problema, pero el único que de verdad ha acelerado la cuestión ha sido José Luis Sanz. Hace unos días se ha licitado la segunda y definitiva fase de las obras de rehabilitación por más de 2,6 millones de euros. Previamente, hubo una primera intervención acometida entre los años 2019 y 2020 para construir una nueva cubierta del edificio. La intención es crear un centro multifuncional y de información municipal... 23 años... es tremendo lo que tardan las cosas en Sevilla y la burocracia de urbanismo. Estoy agradecido al alcalde, que será serio, como se dice, pero yo no quiero un alcalde para que cuente chistes, sino para que solucione los problemas. La inmediatez es una virtud. Con Antonio Muñoz me llevo bien, pero tiene muy mal equipo.

P.–Hay que hablar del proyecto que tiene en marcha en colaboración con la Asociación Niculoso Pisano: la colocación de placas cerámicas para recordar el nombre antiguo de las calles, las del plano de Olavide.

R.–Es una continuación de la iniciativa que el historiador Antonio Sancho Corbacho tuvo en los años 50. Habían puesto 17 azulejos, pero tres se perdieron, entre ellos el de la calle de la Mar, hoy García de Vinuesa. Fue el primero que pusimos un día del Carmen. Todos los nombres del plano de Olavide tienen un por qué: del Burro, Cantarranas, la Cava de los Gitanos...

P.–¿Y cuántos han puesto ya?

R.–Hasta ahora 18. Mi objetivo era llegar a lo 20 azulejos, aunque ahora me gustaría poner diez más. El próximo será el Arquillo de Atocha, que estaba donde actualmente la columna del restaurante de Becerra. Había una imagen de la Virgen de Atocha y daba entrada a la Mancebía.

P.–Es fina ironía que a la calle del Burro después le pusiesen Alonso el Sabio.

R.–Mejor va a ser la calle de la Teta, cuyo azulejo lo pagará Rafael Salgueiro, y actualmente es la calle Espada, entre Enladrillada y Sol.

P.–¿Quiénes hacen los azulejos?

R.–Lola Gómez Gomila y su marido, Rafael Muñiz, del taller Rocío Triana, en la calle Antillano Campos. Le digo una cosa...

P.–Adelante.

R.–Cuando me llamó para la entrevista creí que era porque me iba a morir.

P.–En absoluto, esté tranquilo.

R.–No sabía si aceptarla, porque prefería un bonito obituario de Paquiño Correal.

P.–Todo se andará.

R.–No quiero morirme, porque entonces no podré ver a la gente que quiero y acudirá a mi entierro.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último