Mercedes Comellas: “A algunos estudiantes les duele que les desmonte el mito de Bécquer”

Mercedes Comellas | Catedrática de Literatura Española

Profesora admirada por sus alumnos y fina investigadora de la literatura española, con especial atención a la del XIX, el próximo domingo ingresará en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras Andrés Trapiello: “El 27 me parece un grupo de poetas sin demasiado recorrido” Jacobo Cortines: “No aguanto la fealdad”

Mercedes Comellas.
Mercedes Comellas. / Juan Carlos Vázquez

Mercedes Comellas Aguirrezabal (Pamplona, 1965) lleva como un blasón el apellido de su padre, el inolvidable profesor de la Hispalense e historiador autor de ‘La Restauración como experiencia histórica’. De él, asegura, heredó el entusiasmo por el trabajo. También –lo decimos nosotros– el rigor y claridad en la exposición de sus argumentos y esa mezcla de afectuosidad y seriedad de los buenos maestros. Catedrática de Literatura Española en la Universidad de Sevilla, sus clases, según los alumnos, van mucho más allá de una fría disertación académica y se convierten en toda una experiencia transformadora en la que la lectura de un texto es el eje fundamental. Especialista en la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX (aunque su debilidad es el XIX), Comellas ha hecho aportaciones fundamentales en el estudio de autores como Fernán Caballero o Baltasar de Céspedes, entre otros. También ha trabajado en la formación del canon de la literatura nacional española durante el siglo XIX. Mercedes Comellas ingresará en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el próximo domingo 8 de febrero con un discurso sobre aquel grupo de sevillanos que presagiaron el romanticismo español en la frontera entre los siglos XVIII y XIX.

Pregunta.–Las mujeres en la literatura española ha sido uno de sus temas de investigación, especialmente la figura de Fernán Caballero. ¿La mujer ha estado maltratada por el canon?

Respuesta.–La fama y el éxito de los autores depende de muchísimas cosas. Por ejemplo, hace poco Catherine Davies nos hablaba de cómo la fama de Gertrudis Gómez de Avellaneda, que en su momento fue la poeta más importante de España, y que era hispanocubana, entró en declive en el momento que José Martí decidió que era anticubana y representaba todo lo negativo de la colonia. Escribió contra ella y, como se dice actualmente, la canceló. Hoy solo nos queda una estatua de ella.

P.–¿Dónde está?

R.–En Camagüey, una ciudad donde vivió mucho tiempo. En cambio, Rosalía de Castro, que en su momento no tuvo tanto éxito, se convirtió por obra de su marido Murguía y la Renaixença gallega en una poeta nacional gallega. También ayudaron mucho a la difusión de su obra los emigrados, que la acogieron como su voz lírica. Muchas veces, la fama de los poetas ha tenido que ver con cosas que no se relacionan con su valor literario. Las mujeres que más triunfaron en el siglo XIX eran las que estaban mejor integradas en las redes masculinas de influencia, como le ocurrió a Fernán Caballero. Todos sus amigos eran varones.

José Martí escribió contra Gómez de Avellaneda y, como se dice ahora, la canceló

P.–¿Pero todas las olvidadas valían la pena?

R.–Al igual que los hombres, hay muchas escritoras mujeres de segunda fila, poco interesantes, que ahora se están rescatando como grandes firmas. En estos casos son más interesantes los personajes que la obra. Hay que tener en cuenta que el porcentaje de mujeres que sabían leer y escribir en los años 60 del siglo XIX no llegaba al quince por ciento. Es imposible competir si uno va con un Ferrari y otro con un Seiscientos.

P.–Sobre Cecilia Böhl de Faber, alias Fernán Caballero, ha escrito que fue una mujer contradictoria, ¿por qué?

R.–Fue una mujer contradictoria y huidiza. Pertenecía a una familia complicada y cosmopolita. Su madre era medio irlandesa y medio gaditana. Su padre era alemán. Se educó en Alemania en francés. Su hermana se casó con un militar de los Cien Mil Hijos de San Luis... Ella tuvo tres maridos, el tercero un niño bien de Ronda casi veinte años menor, que se suicidó en un parque de Londres.

P.–Se la suele calificar como conservadora (con el sentido negativo que algunos se empeñan en darle a este término).

R.–Su ideología fue conservadora, pero lo cierto es que fue una de las autoras más experimentales, vanguardistas y novedosas de su época. Era una persona extremadamente pudorosa. Como dijo, “el yo me es odioso”. Ese ocultamiento permanente que hizo de su persona se ve en sus retratos, la gran mayoría de ellos son falsos, no corresponden a su persona. El que hay ahora en la exposición de los Bécquer en el Museo de Bellas Artes también lo es. Los verdaderos estaban ocultos. El propio Madrazo quiso pintarla y ella se negó.

P.–Fernán Caballero no siempre ha estado muy reconocida.

R.–Fernán Caballero fue la autora más leída y traducida del siglo XIX, después de Cervantes. Por lo menos hasta 1910. De hecho, los emperadores de Brasil, cuando viajan a España, la quieren visitar. Sin embargo, a partir de los años 20 empieza un decaimiento de su fama hasta que el franquismo la rehabilita y vuelve a los manuales. Eso conllevó la marginación posterior y su encorsetamiento como autora poco interesante por su ideología conservadora. Ahora la estamos rescatando de nuevo.

P.–El próximo domingo 8 de febrero ingresa en Buenas Letras. Enhorabuena.

R.–Un honor inmerecido. Estoy segura de que quisieron homenajear a mi padre a través de mi persona.

P.–Es elegante que uno se quite méritos, pero no sé si es consciente del club de fans que tiene usted, tanto como profesora como por investigadora. Su discurso versará sobre ese grupo sevillano que es a la vez ilustración tardía y romanticismo temprano.

R.–Lista, Mármol, Reinoso, Arjona y Blanco White (que entonces era José María Blanco y Crespo). La historia literatura es una corriente continua que no se aviene bien con los compartimentos cronológicos. Las raíces de la revolución romántica están en el siglo XVIII, por eso el título del discurso será Luces que prendieron la llama romántica. Se trata de ver cómo ingredientes de origen ilustrado se transforman lentamente en lo que luego fue el romanticismo. No hay posibilidad de saber cuándo acaba la Ilustración y cuando empieza el Romanticismo. A este grupo de sevillanos, que siempre se les ha considerado como epígonos, quiero verlos desde otro punto de vista y presentarlos como precursores. No tanto como creadores, pero sí como teóricos y como constructores de la historia de la literatura, de la nueva crítica, de las nuevas formas de cómo concebir la creación literaria... los primeros textos que defienden la imaginación –el gran motor de la creación romántica– son de Blanco y Arjona. Entre finales del XVIII y principios del XIX, la Academia sevillana fue una institución puntera en España, una vanguardia.

P.–De todos ellos, el que quizás es más conocido hoy es Blanco White, que hace ya años fue muy reivindicado en Sevilla como símbolo de una ciudad alternativa a la oficial.

R.–Blanco es un personaje interesantísimo. Es profundamente contradictorio, brillante, con una formación increíble. Alberto Lista también tuvo una trascendencia enorme por ser un gran profesor. Fue el maestro de toda la generación de los románticos, que lo recordaron como alguien extraordinario. Fundó el Colegio de San Mateo de Madrid, que fue el colegio de las élites, con unos métodos pedagógicos muy novedosos. Arjona tuvo menos suerte, al igual que Mármol, que fue un personaje fundamental para la Sevilla de aquellos años y para la recuperación de la Academia y otras instituciones sevillanas. Reinoso fue más conservador y tuvo la mala fama de ser afrancesado, como Lista. Sobre todos ellos habría que escribir un libro.

P.–Me temo que en muchos centros de Bachillerato se sigue enseñando la literatura como algo teórico, no como la gran experiencia transformadora que puede ser.

R.–Esa renovación me parece absolutamente crucial. Es increíble que la mayoría de mis alumnos lleguen a la carrera sin que les guste leer. Se les impone leer, pero no se ha leído con ellos. Eso lo he visto en secundaria con mis propios hijos. Yo no doy ni una sola clase que no sea sobre un texto. En la enseñanza de la literatura no existe la posibilidad de separar teoría y práctica. ¿Para qué queremos estudiar a Garcilaso si no leemos sus poemas? Además, para mí la relación con el texto es emocional. Luego vendrá el placer intelectual, pero antes hay que entrar por una vía emocional que no han vivido la mayoría de nuestros estudiantes en los institutos y colegios.

Para qué queremos estudiar a Garcilaso de la Vega si no leemos sus poemas

P.–¿Qué tipo de profesora es es usted?

R.–Muy amorosa, me importan mis alumnos. Como escribió Lista, la única manera de ser buen profesor es querer a tus alumnos. Pero soy muy dura, suspendo una barbaridad. Pienso que la obligación de los alumnos es estudiar... y lo hacen muy poco. Además, la mayoría serán profesores de secundaria y tienen que enseñar bien a las nuevas generaciones.

P.–Usted es una de las investigadoras que están descubriendo un nuevo Bécquer, muy lejos del poeta romántico para señoritas de provincias. Bécquer es el padre de la modernidad poética española.

R.–Sí y el abuelo es Esproncecda. Y en medio está Campoamor. Pero todo eso no salta el foso de la Universidad. El mito de Bécquer sigue totalmente vigente. Cuando explico quién fue realmente Bécquer mis alumnos se sorprenden muchísimo. No se creen que no murió de amor ni que su verdadero nombre fuese Domínguez Bastida... Desde los años 50 y 60 se viene demostrando que la mayoría de los tópicos de Bécquer son falsos, son una construcción, un imaginario. A algunos estudiantes les duele que les desmonte el mito de Bécquer, que sigue profundamente arraigado. Cuando Bécquer llegó aMadrid ya se había acabado el romanticismo. Es cierto que él recibe su herencia, pero ya es otra cosa. Hubo una romantización del personaje. Lo curioso es que a la gente le gusta más el poeta romantizado cuando es mucho más interesante el Bécquer real.

P.–¿Cómo era el real?

R.–Un hombre de ideología conservadora, pero tan moderno que cuando se separó se llevó a los niños a Veruela. Era un padre maravilloso que escribe una carta que dice: “de poesía olvídate, porque tengo al niño enfermo y se pasa las noches tosiendo...”.

P.–Fue un hombre implicado en la vida política nacional

R.–Sí, con vínculos con el poder clarísimos, como con el político conservador González Bravo. Fue, además, director de periódicos. Cuando murió lo pintaron los mejores artistas de Madrid, como Casado del Alisal, que eran sus amigos

P.–¿Cuál es la gran modernidad de la poesía de Bécquer?

R.–Que está hecha para leerla en voz baja, no para ser declamada. Genera una intimidad en la que incorpora al lector.

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