Los gatos no se saben 'La Marsellesa'

El contrapunto

Una francesa, esposa y madre de cofrades de San Lorenzo, recibe a compatriotas el día del Francia-España. La final de la Eurocopa de 1984 les cogió de gira artística por Túnez.

Anne Perret, en la plaza de San Lorenzo junto a una alumna del colegio Itálica que luce una camiseta con la bandera de España.
Anne Perret, en la plaza de San Lorenzo junto a una alumna del colegio Itálica que luce una camiseta con la bandera de España.
Francisco Correal, Sevilla

26 de marzo 2013 - 01:00

EL 17 de abril de 1810 fue Martes Santo. José Bonaparte llevaba en Sevilla cinco días y el Jueves Santo estuvo en la catedral. Blanco White, en Cartas de España, cuenta que el Cabildo municipal, en una visita del hermano de Napoleón a Sevilla en verano, propuso que se sacaran los pasos a la calle. Lo que está acreditado, según Manuel Moreno Alonso en La Sevilla napoleónica, es que el mariscal Soult, gran depredador del patrimonio artístico, presidió los Oficios de 1811 y 1812.

Pero ésa es una historia de un Francia-España muy distinto al que se juega este Martes Santo en Saint-Denis. Veintidós futbolistas en el campo y ocho cofradías en la calle. Difícil tesitura para Anne Perret, francesa de Sevilla, sevillana de la Provenza. "En casa vamos a ganar los dos porque yo soy francesa y Rodrigo español". De impartir neutralidad se encargarán sus gatos siameses Bianca y Rubito.

Aunque es esposa y madre de dos hermanos del Gran Poder, su primer recuerdo es de un Martes Santo. "Recuerdo que el domingo y el lunes no salimos. Salimos a ver los pasos mi suegra y yo". Una norteamericana, doña Virginia, madre de Rodrigo de Zayas, emparentada con dos presidentes de los Estados Unidos, y una francesa. "Recuerdo la impresión de la Virgen del Dulce Nombre".

Siempre hay franceses en su casa en Semana Santa. "Este año tenemos cuatro; pero los de paso, ni te cuento". Rodrigo sale de nazareno con el Gran Poder, hermandad a la que donó el órgano barroco. Por primera vez desde que el cabildo autorizó la salida de mujeres, no hará la estación su hija Ana. "Está en Edimburgo. Como tantos jóvenes que se han tenido que expatriar. Con dos carreras, Filología Italiana y Criminología, y un máster de Lingüística Criminal en Barcelona".

Anne Perret pregunta por Barthez y por Petit. Asocia la épica de Cantona o Zidane a trovadores de los siglos XI y XII a los que recitaba esta cantante nacida a quince kilómetros de Aix-en Provence. La final Francia-España de la Eurocopa de 1984 le cogió de conciertos en Túnez. "El Mundial que Francia ganó en 1998 lo vivimos de gira en Grecia".

Su madre le decía que estaba predestinada a venirse a España. "Mi primera tata, Isabel, era española, hija de exiliados. Uno de los empleados de mi padre, Antonio, era de un pueblo de Murcia. La primera vez que Rodrigo vino a mi casa era incapaz de entenderlo porque hablaba una mezcla ininteligible de provenzal y murciano". Había otro de Burriana, Castellón, la tierra del cardenal Tarancón al que trajo a Sevilla el entonces hermano mayor de la Bofetá, José Torres Bohórquez.

Chaban-Delmas, embajadores de Francia en Madrid, representantes diplomáticos de Túnez, Marruecos, Iraq, el atlas del taller Ziryab, han sido visitantes de la casa de los Zayas Perret. Y el organista Francis Chapelet, al que imagina viendo el partido en algún rincón perdido de Francia con órgano y campanario.

No ha hecho apuestas sobre el partido ni sobre el tiempo. De su marido, compañero de cartel en las giras en las que interpretaban música de las Cortes europeas, dice que es "como L'Arlesienne, ese personaje de la ópera de Bizet que ni aparece. A Rodrigo le importa más la idea que la notoriedad. Promover algo y realizarlo".

La francesa y la norteamericana se patearon las calles de Sevilla aquel Martes Santo. "Yo quería verlo todo y Rodrigo me decía que el resto de los días había más". En Feria aprovechan para viajar, pero en Semana Santa no se mueven. "Mira que he visto mujeres hermosas en Venecia, Baviera o Kentucky, pero Sevilla se lleva la palma en Semana Santa. El Domingo de Ramos no ves más que belleza por las calles. Te olvidas del horror de la guerra, de la crisis, de los envidiosos". El árbitro pone en hora su cronómetro. Debía sonar Tres piezas para un pequeño reloj, de Haydn, que cerró el repertorio del órgano.

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