Funeral en Las Cabezas de San Juan Se acaba el luto, empieza el dolor

  • Multitudinario funeral por los cinco trabajadores de Las Cabezas fallecidos en un accidente de tráfico l Algunos ataúdes fueron llevados a hombros hasta la parroquia

Una mujer besa uno de los ataúdes en el funeral de Las Cabezas de San Juan. Una mujer besa uno de los ataúdes en el funeral de Las Cabezas de San Juan.

Una mujer besa uno de los ataúdes en el funeral de Las Cabezas de San Juan. / Juan Carlos Vázquez

Si fuera una cordillera, el pico más alto de esta campiña sería la torre de la parroquia de San Juan Bautista que está en el topónimo de este municipio. Es lo primero que se ve cuando uno llega al peaje Lebrija-Las Cabezas, antesala de los sabores del Atlántico. La iglesia era ayer un puro dolor cuando empezaron a llegar a la explanada de la plaza Santísimo Cristo de la Veracruz los cinco coches fúnebres. Dos de los ataúdes fueron transportados a hombros por la calle Aurora. “Que no se quiere ir mi cuñado, que no se quiere ir”, decía un hombre mientras acariciaba uno de los ataúdes. “¡Ay, Juanito, hijo, alma mía!”, decía una mujer, que besaba el que llevaba los restos de Juan Bornes Gómez.

“Venían juntitos y se van juntitos”. La señora fue muchos años vecina de uno de los cinco fallecidos en el choque de la furgoneta en la que vajaban con un camión a dos kilómetros de Arahal. Miguel Montenegro, 48 años, Manuel Rodríguez, 38, José Manuel Pérez Marchena, 36 –primo del futbolista Marchena–, Juan Bornes, 32, y Antonio Jesús Cortés, 19, trabajaban para garantizar la seguridad de los demás; el destino no se ocupó de cuidar la suya.

“En estos momentos es muy difícil encontrar palabras de consuelo y aliento”. Le sobraba razón a Teodoro León, vicario de la diócesis, que ofició con otros cinco sacerdotes el multitudinario funeral. En la misma iglesia donde hace un par de años se casó Manuel Rodríguez, que conducía la furgoneta siniestrada, padre de dos hijos. El templo donde otro de los fallecidos había bautizado a uno de sus hijos. Lo recordaba Marco Antonio Fernández, párroco de Las Cabezas, 38 años, que se enteró de la trágica noticia cuando estaba en Madrid examinándose de Derecho Canónico.

Una treintena de trabajadores de Monferra (Montajes Ferroviarios Andaluces), a la que pertenecían los cinco fallecidos, trabajaban en Hospitalet de Llobregat (Barcelona) y desde allí volvieron a su localidad. “Somos un total de 55”, dice Manuel. Las Cabezas, el pueblo donde se produjo el pronunciamiento del general Riego el 1 de enero de 1820, compartió con Lebrija las luchas jornaleras, pero ahora dan más jornales las traviesas del tren que el campo, verde y majestuoso desde el altozano de la iglesia.

Un enorme crespón negro frente a la entrada del templo. En el bar Lebrija, un hombre recuerda a Miguel Montenegro. Fueron socios de una caseta de Feria. “Trabajaba como una mula para pagar la hipoteca de su casa. Estaba a punto de ser abuelo”. Demasiados kilómetros en el cuerpo. “Desde Loja, 206. Estoy harto de hacerlos cuando trabajaba en una empresa de rótulos de gasolinera”. Hoy acaban los tres días de luto oficial en la localidad. El duelo tardará en cicatrizar.

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