Metrópolis | Barriada del Trébol

Estreno de una zarzuela en el gran teatro de la vida

  • Destinos. Dicen que el nombre de este barrio, junto al pulmón del Parque Amate, se debe a las cuatro hojas que formaban sus bloques al levantarse en una zona que fue campo. Unas barriadas jóvenes que conviven con problemas antiguos

Pisos de la barriada El Trébol en la calle El Barbero de Sevilla. Pisos de la barriada El Trébol en la calle El Barbero de Sevilla.

Pisos de la barriada El Trébol en la calle El Barbero de Sevilla. / Víctor Rodríguez

LA zarzuela El barbero de Sevilla se estrenó en Madrid el 5 de febrero de 1901. La popularidad del género entronca a la perfección con este barrio de raíces populares que debe su nombre, El Trébol, a la configuración que formaron sus edificios. Un total de 58 bloques, según José García Rodríguez, que fue presidente de la Asociación de Vecinos La Unidad. No habría teatro ni en Madrid ni en cualquier otra ciudad del mundo con capacidad para acoger al vecindario que reside en los dos enjambres de pisos de la calle El Barbero de Sevilla. Justo frente al colegio Altair, que en julio de 1967 celebró sus bodas de oro con el barrio, y uno de los Mercadonas más grandes de Sevilla. Un puente sobre la SE-30 une estas barriadas con Palmete.

“Tenía 13 años y tengo 74”. Es la vivencia que Ramón García Bermúdez tiene del barrio. Llegó desde el Cerro del Águila, calle Lisboa. Ha tenido dos oficios “muy bien aprendidos”, matarife y profesional del frío artificial. Aquí nacieron sus tres hijos, dos varones y una chica que se casó con un francés de la Renault, lo que facilitó en sus nietos el aprendizaje de la lengua materna de Flaubert y Julio Verne.Cuando Ramón tenía la edad de sus nietos todo esto era campo, “había un canal que llegaba hasta el cuartel de San Fernando donde nos bañábamos los chiquillos”. A veces, en sus paseos, le salen solos los soliloquios. Jessica Palomo García es desde 2017 la primera mujer que preside la Asociación de Vecinos La Unidad. El goteo de vecinos que visitan la sede es incesante y a todos les atiende. El 12 de diciembre cumple 40 años, todos vividos en la barriada del Trébol.

La historia de sus padres, José María y Encarnación, es como una maqueta de la historia de la propia ciudad. “Mi padre vivía en Triana y mi madre en San Jerónimo y después en Ciudad Jardín. Se conocieron en Madre de Dios y hace 42 años se vinieron a vivir a este barrio”. Su padre ya falleció. Su madre lleva el ambigú de la asociación de vecinos en el antiguo piso piloto de la urbanización. Está situado en una plaza donde no prosperaron las propuestas para bautizarla. “Algún partido”, cuenta José García, “se negó a que se le pusiera plaza Altair. Tampoco prosperó lo de plaza La Unidad. Todo el mundo la conoce como plaza de Polvillo”.

La calle Eva Cervantes suena a Dulcinea del Toboso, remite a una escritora sevillana que acogió una tertulia de literatos y contó con Pemán y Benavente para la presentación de uno de sus libros. Es un bulevar muy animado que hace una pausa espacial entre los dos bloques mastodónticos de El Barbero de Sevilla. Una cuchilla de afeitar el callejero.

“Aquí desayuna todo el barrio”. No exagera Pepe García cuando se refiere al bar Manguada, que ya tiene pan de torrijas en puertas del Miércoles de Ceniza, chupinazo oficial de la Cuaresma. El bar aparece en la portada del primer volumen del libro de Salvador Whitman Bares de Sevilla. “El autor lo sacó en la portada porque era el único que estaba lleno a todas horas”, dice Víctor Manuel Soto, que podría escribir un manual de heteroayuda –la autoayuda es un absurdo conceptual– sobre cómo reinventarse en un escenario de crisis.

Nació en 1972, el mismo año que Pedro Sánchez. “Yo vivo mejor que él y también estoy más castigado”. Con dos años llegó a la barriada, es uno de los tres hijos de Antonio Soto, de Úbeda, el socio más antiguo de la asociación de vecinos, y Carmen Sianes, de Villanueva del Río y Minas. Sus padres se conocieron en este último pueblo. Un romance unido al nombre del bar. “Manguada es una derivación de manguara, que en el argot de los mineros era un tipo de aguardiente, agua de hombre”. Víctor Manuel dejó el Trébol en 1998 cuando se casó. Llegó a ser subdirector de Marina D’Or para Sevilla, Cádiz y Huelva. Explotó la burbuja inmobiliaria, la crisis llegó a los telediarios “y en quince días, tres mil personas estábamos en la calle”. En 2012, este hijo pródigo volvió al barrio donde se crió y abrió este bar-churrería en la antigua peña bética Ángel Cuéllar. Los churros los hace David y trabaja Ana, la mujer de Víctor, madre de Lidia y Julia. “Lo que más me gusta de este barrio es que vive en la calle”, dice Ana. “Macarena y Triana es lo más parecido que veo a la barriada, en el sentido de que los vecinos aquí encuentran todo y no necesitan salir del barrio”.Junto a la antigua peña bética Ángel Cuéllar está la peña sevillista Diego (por Diego Rodríguez). En el interior, un póster del Sevilla que ganó el título de Eindhoven en 2006. Palop, Luis Fabiano, Maresca, Dani Alves, Jesús Navas. Los nuevos stukas. El camarero no los conoce a todos. “Soy sevillista, pero no me como el coco con esas cosas”. Eugenio es el presidente de la peña. Por la puerta pasea su hermano Manuel, bético. La rivalidad en casa.

Los bloques del Trébol se construyeron en la década de los setenta, junto a otra serie de núcleos y urbanizaciones: La Atalaya, La Calesera, El Barbero de Sevilla. “El principal problema que tenemos es el que tiene toda Sevilla, la limpieza”, dice José García. La palabra torrija anuncia la llegada de la Cuaresma, nombre religioso de la primavera, antesala de un problema sin resolver. “Como las calles son privadas y la plazoleta pública, nadie viene a recoger las naranjas que se caen de los árboles. Ni las recogen ni podan los naranjos”, dice el antiguo líder vecinal. “Con las naranjas y con el calor, llegan los mosquitos y aquí juegan muchos niños. Luego vienen las alergias”.

Antonio Soto, el socio más antiguo de La Unidad, el paisano de Sabina y Muñoz Molina, pasea con porte machadiano con su mujer, la minera con la que empezó a salir el 19 de julio de 1963 en Villanueva del Río y Minas. Estuvo alguna vez en el aula de Baeza donde Antonio Machado daba clases de Francés. “Ha cambiado socialmente. Eran unos barrios eminentemente obreros, pero empezó a entrar gente de otras tendencias, otra tradición. Ahora parece que la gente pasa, quiere que se lo den todo hecho”.Los alumnos de cuarto de Primaria del colegio Altair están en clase de Educación Física. Un lujo que les permite jugar bajo la supervisión de Enrique León, antiguo alumno y su profesor, en el nuevo campo de fútbol de césped artificial que el 23 de marzo inaugurarán oficialmente veteranos del Betis y del Sevilla. Más de medio siglo de presencia en estas barriadas, el colegio se construyó en terrenos de la antigua Hacienda Su Eminencia, nombre de la carretera y el barrio que lo deben al cardenal Francisco de Solís. Javier Delgado es desde 2010 el director de un colegio de alumnado masculino por ideario educativo con más de 1.200 escolares. Proceden de los barrios colindantes, salvo los de los ciclos de Formación Profesional, que vienen de toda la ciudad. Desde el campo de fútbol se apuntan los cuatro puntos cardinales: el Trébol, La Negrilla, Padre Pío Palmete y Carretera de Su Eminencia.

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