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... antes que Roma Sevilla proclamó

  • Vísperas. Ricardo Suárez presentó la Inmaculada que se incorpora a los fondos de la Fundación Cajasol entre una inusitada expectación artística, cívica y política en Chicarreros

De izquierda a derecha, Alfredo S. Monteseirín, Francisco Vélez, Virginia Pérez, Antonio Pulido, Ricardo Suárez, Francisco Serrano, Toni Martín, Juan Carlos Cabrera y Beltrán Pérez. De izquierda a derecha, Alfredo S. Monteseirín, Francisco Vélez, Virginia Pérez, Antonio Pulido, Ricardo Suárez, Francisco Serrano, Toni Martín, Juan Carlos Cabrera y Beltrán Pérez.

De izquierda a derecha, Alfredo S. Monteseirín, Francisco Vélez, Virginia Pérez, Antonio Pulido, Ricardo Suárez, Francisco Serrano, Toni Martín, Juan Carlos Cabrera y Beltrán Pérez. / Belén Vargas

DOS en uno. Ricardo Suárez dio una lección sobre la Pintura y una lección sobre Sevilla. Manuales que se unen si hablamos de la Inmaculada, cuya interpretación personalísima presentó ayer en la Fundación Cajasol. “Pintar la Inmaculada siempre fue una obsesión para mí”.

Un afán que el artista sevillano perseguía mucho antes del cuarto centenario del nacimiento de Murillo. En cierta forma, el anhelo es anterior incluso a tan notorio alumbramiento. En 1615, tres años antes de que naciera en Sevilla Bartolomé Esteban Murillo, la hermandad del Silencio a la que pertenece Ricardo Suárez abanderó la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción. Sevilla se adelantó dos siglos a Roma (como cantó Silvio).

“No le podíamos decir que no porque Murillo es Sevilla y porque la Inmaculada es uno de los símbolos que representa a la ciudad”, dijo AntonioPulido, de la Fundación Cajasol, que considera a Suárez un pintor de la casa, autor de los presentes pictóricos que le entregan a los que participan en los mano a mano.

El pintor sigue al pie de la letra el Apocalipsis: una mujer revestida de sol con la luna a sus pies y una corona de doce estrellas. Sin aditamentos. “El Barroco tenía el horror vacui, no podía dejar ningún espacio en blanco”. Una obsesión y una promesa. La modelo se llama Lucía, vecina de los Terceros. “Se lo prometí cuando era una niña de seis años y ahora es una mujer de treinta”.

El dogma y el río. “Una constante en mi obra es la reivindicación del río Guadalquivir como eje vertebrador de Andalucía”. El río como Estatuto de agua y limo que está en el cuadro “en las verticales”. Catarata de un empeño fluvial de quien fue ribereño en San Juan de Aznafarache y creció entre políticos y gestores que le daban la espalda al río, el gran señor de Andalucía de Góngora.

Suárez habló de Murillo. “Murillo no inventa nada. Aporta un nuevo lengaje naturalista con referencia a los antecesores”. El primero, la referencia iconográfica que es punto de partida, un Ribera que está en una iglesia de Salamanca. Las Inmaculadas de Murillo no siguen los postulados de Pacheco, “que era estricto como veedor del Santo Oficio y habría censurado a Murillo”. En la Inmaculada de Velázquez, la modelo fue Juana Pacheco, su esposa, la hija del maestro. El pintor hermano del Silencio se remontó a artistas que fueron de la cofradía: Pacheco, Alonso Cano, Juan de Mesa, “aunque no hay documentación, estoy convencido de que Velázquez también lo fue”. A la que pertenecen tres Carlos: los pregoneros Colón y Herrera y el compañero Navarro Antolín.

Se ciñe a la Carta a los Artistas de Juan Pablo II.“Mis armas son mis pinceles. La espiritualidad está en Matisse, Chagall, De Chirico, Picasso, hasta en la arquitectura de Le Corbusier o el abstracto de Rotkho”.Acontecimiento histórico y político. En primera fila, los socialistas Alfredo Sánchez Monteseirín, ex alcalde, y Juan Carlos Cabrera; los populares Beltrán Pérez, candidato, y Rafael Belmonte, y la puesta de largo pública de Francisco Serrano, flamante diputado de Vox. Junto a ellos, José Joaquín Gallardo, decano saliente del Colegio de Abogados, que ganó en el Supremo el pleito frente a un grupo de colegiados que impugnaon el madrinazgo de la Inmaculada en el Colegio. Vísperas de altura para la Inmaculada. Con Paco Robles, autor de El último señorito, y Manolo Cuervo, el último bohemio.

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