Francisco núñez roldán. catedrático de historia moderna

"La Sevilla del siglo XVI era una ciudad muy sucia... Como ahora"

  • Maestro con gusto por la provocación e historiador de lo cotidiano, este especialista en los no tan dorados siglos XVI y XVII posee el don de transmitir el conocimiento con humor y pasión.

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-Usted ha dedicado muchas horas de su vida como investigador a la vida cotidiana en los siglos XVI y XVII. ¿Por qué este interés?

-Los historiadores se dedicaron durante mucho tiempo a tratar sólo la gran historia política y de las instituciones... Sin embargo, obviaron la historia de cada día, la ordinaria, precisamente la que nos sucede a todos. Sin embargo, a mí esta modalidad de la historia siempre me ha llamado poderosamente la atención.

-Y, más allá de que a los hombres siempre nos mueven las mismas pasiones, ¿somos muy diferentes los sevillanos de hoy de los del Siglo de Oro?

-Efectivamente, las pasiones son idénticas, pero no la ideología, la forma de enfrentar esas pasiones. Por ejemplo, el sevillano del siglo XVI cree apasionadamente en Dios, mientras que en la actualidad el relativismo moral y la descristianización es evidente. Los sevillanos del siglo XVI tenían dos objetivos fundamentales: sobrevivir día a día sufriendo lo mínimo posible y morir en gracia de Dios para salvarse.

-En estas páginas ya ha salido alguna vez el tema del mito de la Sevilla del siglo XVI como una ciudad fastuosa con algunos pícaros pintorescos. La realidad tuvo que ser muy diferente...

-La realidad de la Sevilla del XVI era muy desagradable. La ciudad olía muy mal y estaba muy sucia... Como ahora. La mayor parte de la gente vivía al día y sólo hacía una comida por cada jornada. Literalmente, las personas vivían con lo puesto y es muy curioso investigar el mercado de ropa de segunda mano. Eran muy habituales las almonedas de bienes que se hacían para vender los objetos que poseían los difuntos y en las que estaban incluidas las ropas de los propios fallecidos. La ropa nueva era un auténtico lujo, de tal manera que la que llevaba la mujer como dote al matrimonio se usaba prácticamente durante toda la vida.

-En los cuadros del Siglo de Oro, los pobres siempre aparecen vistiendo andrajos.

-El andrajoso es un personaje literario y pictórico, pero también real y había muchísimos en Sevilla. Las personas humildes que llegaban a Sevilla ante el reclamo de una ciudad riquísima, chocaban con una realidad muy dura. La gran cantidad de hospitales y entidades benéficas que había en la urbe durante el siglo XVI nos indica que había muchos menesterosos, mendigos, vagabundos y, sobre todo, muchos niños en situación de miseria. En el Archivo de Protocolos he encontrado documentos de niñas que, tras ser abandonadas por sus padres, estaban siendo utilizadas por viejas para pedir limosna. El famoso cuadro de Murillo de los niños comiendo melón y uvas refleja una realidad.

-Pero, curiosamente, cuando vemos ese cuadro de Murillo no se nos parte el corazón. Es más, nos parece hermoso.

-Si esa misma escena la viésemos hoy en día en televisión no podríamos aguantarla. Murillo refleja una realidad: había muchos niños que iban desnudos por las calles, como el caso del paje que fue sodomizado por el obispo de Salamina que yo he investigado. La crónica dice que andaba desnudo. Es decir, que iba con unos zaragüelles y ya está.

-Antes comentó que la mayoría de las personas hacían una sola comida al día. ¿Qué alimentos eran los más habituales?

-Mucho pan y mucho huevo frito o escaldado, que era un plato muy barato y socorrido. ¿Por qué? Porque había una gran cantidad de gallinas. Una vez encontré una dieta de un administrador de un Hospital que comía huevos fritos todos los días. Le puedo asegurar que el cuadro de Velázquez de la Vieja friendo huevos no es una rareza. También se comía pescado en abundancia, que se cocía antes de venderlo... Arenques en conserva... Garbanzos con espinacas, un plato muy barato y muy sevillano. La gente iba constantemente a comprar, todos los días, como se ha hecho hasta muy recientemente: pan a la Plaza del Pan, artesanía al Salvador, pescado a la Plaza de la Pescadería...

-Esta austeridad de la que hablamos también se reflejaría en los aposentos.

-Sí, eran de una gran sobriedad; no había prácticamente nada. Un hombre de clase media, por ejemplo un oficial de gremio, tenía una mesa de cadenas, cuatro sillas, un banco corrido que a veces se usa para dormir, un baúl para guardar la ropa, una cama y muchísimos cojines. Poco más.

-¿Eso de los cojines es herencia mora?

-Probablemente. Las mujeres se solían sentar en el suelo en una habitación con un tablado y cojines, como todavía vemos en algunos documentales de Marruecos. De hecho, se usaban mucho las esteras moriscas. En general, las casas no se adornaban como ahora. Sólo en las viviendas de las gentes ricas se podían ver espejos, cuadros, etcétera.

-Háblenos de la Sevilla fastuosa, ¿era tan rica como dicen?

-Por los inventarios de bienes de las clases altas se puede deducir que había un gran lujo en sus casas y en su forma de vestir. La ropa era un elemento que expresaba el lugar social que cada uno ocupaba, mucho más que ahora. Tanto los hombres como las mujeres iban con joyas de oro y plata. Lo que diferencia el inventario de bienes de una persona de clase media baja de otra más rica son las joyas. Hay que tener en cuenta, que estas joyas eran, además, lo que permitía a sus dueños poder endeudarse, obtener liquidez en un momento determinado, ya que, como no había bancos, los prestamistas las tomaban en prenda. En los testamentos de la época es muy corriente que el difunto recuerde que le dio a un prendero un anillo o una cadena por un préstamo y que pida a sus herederos que "se pague y se rescate" dicha pieza.

-La literatura barroca ha guardado alguna memoria de los pantagruélicos banquetes de las clases más acomodadas...

-Eso es algo más literario que real, aunque alguno hubo. Es muy conocido el banquete que le dio el duque de Medina Sidonia a Felipe IV durante una montería en Doñana. Fue una comida francamente pantagruélica, con muchos pichones, perdices, conejos... Los nobles sevillanos solían tener en nómina a sus propios cazadores. Tenga en cuenta que, en aquella época, salir al campo desde la ciudad era muy fácil, no como ahora. Pero esos banquetes se daban en ocasiones muy contadas, como un bautizo, una boda o la entrada en un convento de alguna mujer de la familia.

-¿Se celebraban mucho las entradas en los conventos?

-En sus memorias, Antón de Açoca, un contador vasco al servicio del Marqués de Tarifa, relata la comida que dio por la profesión de su hija en el convento de Santa María de Jesús: aceitunas gordales, mucha mermelada, dulce de membrillo, almendras, arroz con leche, jamones, pasas de Almuñécar, vino... Cosas así.

-Siempre la vinculación entre el azúcar y los conventos.

-Pues en aquella época, según se refleja en la documentación, había monjas de San Leandro que se quejaban de que algunas de sus compañeras más pobres se ganaban la vida haciendo y vendiendo dulces, lo cual desacreditaba al convento y era una ordinariez. Tenga en cuenta que dentro de los conventos se producía una auténtica lucha de clases entre las monjas más pudientes y las menos pudientes. Las ricas llegaban a tener alguna esclava y ocupaban los mejores aposentos... La división era muy clara.

-Precisamente, usted también ha investigado sobre la política interna de estos conventos.

-Yo estudié las elecciones a abadesa del convento de San Leandro en 1612 gracias a un documento que se guarda en el archivo del Arzobispado y que encontré buscando el rastro de una monja escritora llamada Valentina Pinelo. Es un documento muy curioso en el que el visitador de conventos, una figura nombrada por el arzobispo, anota quién vota a quién. Se presentaron dos monjas a abadesa y una ganó por muy pocos votos, lo que demuestra una división en dos terrible.

-¿Quién fue la que ganó?

-Una monja perteneciente a la familia de los Alcázar, linaje de origen judeoconverso que era muy poderoso en la Sevilla del Antiguo Régimen. El documento también es muy interesante porque las monjas le dicen en confesión al visitador lo que piensan de las demás. Se ven muy bien las rencillas, las envidias, los celos, las luchas de poder... El enfrentamiento entre las que tenían un sentido riguroso de la vida conventual y las que tenían una concepción más laxa de ésta.

-Seamos noveleros. ¿Qué hay de esos galanes saltando las tapias y qué de las pérfidas trotaconventos?

-Una de las monjas rigoristas de San Leandro que se llama doña Inés de Guzmán, pero no tiene nada que ver con los guzmanes, acusa a otra monja de tener amantes que van a verla y "la regalan". En los conventos había muchas mujeres a la fuerza y los apetitos sexuales son los que son... Es verdad que había muchos galanes que acudían a las trotaconventos, a las alcahuetas, para poder acercarse a estas mujeres.

-¿Y homosexualidad?

-No hay ningún rastro documental.

-La mujer de los siglos XVI y XVII estaba sometida también una considerable violencia sexual.

-En la época existía un documento notarial que es la carta de perdón. Es un texto mediante el cual un determinado individuo perdona a otro por un hecho concreto: cuernos, herida, muerte de un familiar... Se suele usar como excusa el amor a Dios o la caridad, pero la mayoría de las veces es a cambio de dinero. Muchas de estas cartas son para perdonar un estupro: la madre o el tutor de una niña exigen una cantidad de dinero al abusador y santas pascuas. Ese tema ha sido bien estudiado por Javier Sánchez Cid. La mujer dependía completamente del hombre, primero del padre y después del marido. Sólo adquiría plena autonomía cuando enviudaba.

-Ahora se habla mucho del aumento de divorcios en la sociedad secularizada. Sin embargo, en el muy pío Siglo de Oro la realidad era aún peor.

-El abandono de la mujer era una práctica muy común de los varones en la Sevilla de los siglos XVI y XVII. Los hombres se casaban sobre todo por conveniencia o por obligación; el matrimonio era un negocio, ya que una vida en común ayudaba a la supervivencia. El abandono no deja de ser una forma de indiferencia y deja claro como el amor entre los cónyuges era algo muy raro. Como mucho, después de años, se conseguía una cierta amistad... Apenas existía el amor previo, como es común ahora. Había auténticos casamenteros especializados en buscar mujeres con buenas dotes. Es la Iglesia Católica la que, sobre todo a partir de Trento, cree y defiende el matrimonio libre y sincero, mientras que el Estado y la justicia civil sigue poniendo por delante la patria potestad a la voluntad de la mujer.

-Ha mencionado antes a Valentina Pinelo, una auténtica desconocida pese a que tiene una calle en la ciudad.

-Valentina Pinelo es una monja escritora y cultivadísima que ingresó muy joven en San Leandro. Escribió una biografía de Santa Ana, la madre de la Virgen, y también compuso poesías para ser cantadas en las fiestas del convento. Lope de Vega, que la conoció, le dedicó dos sonetos. He intentado investigar en los archivos del Convento de San Leandro, pero no me dejan. Sigo persiguiéndola.

-También ha mencionado varias veces el Archivo de Protocolos, que se encuentra en la calle Almirante Apodaca, otro gran desconocido para la sociedad sevillana. Usted es un habitual de su sala de investigadores.

-Fernand Braudel decía que los documentos notariales son documentos de realidad. Y es verdad, porque revelan lo que sucede cada día: cartas de pago y de venta, obligaciones, hipotecas, formación de compañías comerciales, cargazones a Indias, inventarios de bienes, testamentos, declaraciones, cartas de dotes, arrendamientos de fincas... Un sinfín de documentos de vida cotidiana. El de Sevilla es gigantesco, quizás el mayor de toda España. La evolución y decadencia de la ciudad se puede observar a partir de la cuantificación de los protocolos notariales de cada año: en el siglo XVI, miles; en el siglo XVII, menos que en el siglo XVI; en el siglo XVIII, menos que el siglo XVI y XVII... La riqueza de la ciudad y la del archivo van de la mano.

Un paseo con Paco Núñez

Durante la entrevista, el plumilla y Paco Núñez pasean por el Parque de María Luisa. El profesor habla de su actual vida de jubilado, que reparte entre el Archivo de Protocolos, el Tenis Betis y una finca de recreo que tiene en el Andévalo. "Mi madre me decía de pequeño: Paco, como no estudies te mando a cuidar cochinos. Ahora, mira por dónde, es lo que me gusta hacer". A Paco Núñez nunca le ha faltado el sentido del humor; lo derrocha con su voz perpetuamente cascada, como si se acabase de levantar de una farra antológica. Sin embargo, no es raro encontrarlo paseando por el barrio del Porvenir con su raqueta de tenis al hombro, camino de algún match con su maestro y amigo Rafael Sánchez Mantero. Investigador de la vida cotidiana de los siglos XVI y XVII, es uno de esos historiadores que huelen al polvo de los archivos y no hay opinión que no aclare con alguna referencia a un documento encontrado en cualquiera de esos tomacos que habitan los ácaros y los fantasmas. Su discurso sigue siendo entusiasta y políticamente incorrecto, mitad libertario y mitad burgués, igual que cuando su afonía retumbaba, hace ya 25 años, en las mastodónticas aulas de la Fábrica de Tabacos. Paco Núñez es algo más que un catedrático, es un maestro que ha sabido transmitir a generaciones de universitarios el amor a la historia y el goce de vivir. Gaudeamus igitur.

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