Ramón m. serrera. Catedrático de historia de américa, melómano y académico

"En el Siglo de Oro, el Arenal era una mezcla de estercolero y Wall Street"

  • Como americanista ha escrito más de veinte libros, entre ellos una gran síntesis sobre la América de los Habsburgo; como historiador de la ópera, ha puesto a Sevilla en el lugar que le corresponde

Como tantos sevillanos, Ramón María Serrera Contreras (1948) es de una familia de esforzados montañeses. Hombre que divide sus días entre la Historia de América y la música -especialmente la ópera-, su despacho es una amalgama de las dos cosas: libros de todos los tamaños, cerámicas prehispánicas, fotos con Montserrat Caballé o Pavarotti... Pero el retrato más grande es en el que está junto a Alfredo Kraus el día que la Universidad de La Laguna, institución de la que fue decano de Filosofía y Letras, lo nombró doctor honoris causa, el primer tenor español que recibió este reconocimiento. No hay duda de que Ramón M. Serrera no pierde el tiempo: catedrático de Historia de América, crítico de música durante quince años, historiador de la ópera, académico de la Historia y de Buenas Letras de Sevilla, veinticuatro libros de temática americanista, etcétera. Como blasón principal lleva el ser hijo adoptivo de Guadalajara (México). Durante la conversación demuestra su capacidad de entusiasmo por las distintas materias en las que ha trabajado, pero es cuando se habla de música el momento en el que se advierte un brillo especial de sus palabras. Antes de acabar la entrevista, el profesor le regala al plumilla una caja de CD con todas las sinfonías de Beethoven. Lo hace sabiendo que regala su tesoro más preciado.

-Una obra dividida entre la Historia de América y la música, especialmente la ópera. ¿Cuál de las dos materias es más vocacional? 

-Es difícil contestar a eso. Son dos planos de una misma persona. Mis trabajos sobre ópera forman parte también de mi labor como historiador. Ahí están mis investigaciones sobre historia de la ópera andaluza, las óperas de Donizetti que transcurren en el Alcázar, las 154 que se desarrollan en Sevilla, etcétera. La ópera es una manifestación que contiene música, drama, poesía; la expresión cultural de un pueblo se manifiesta a través de muchos elementos, y entre ellos está la ópera.

-¿Por qué Andalucía y Sevilla son territorios donde se desarrollan tantas óperas?

-Tenga en cuenta que, al ser el último reducto que tuvo el Islam en Europa occidental, Andalucía tenía el encanto del orientalismo, algo que volvía locos a los viajeros, a los músicos, a los grabadores románticos. La ópera es una manifestación más de este espíritu. Además, Sevilla es una ciudad que ha generado muchas realidades, pero también muchos mitos. Aquí, los mitos tienen muchas veces más fuerza que la realidad. Nuestra ciudad está muy bien representada en las dos columnas de la Alameda, con los dos fundadores, el de verdad y el de mentira, César y Hércules, los dos conviviendo. Insisto, los mitos tienen muchas veces más realidad que las personas de carne y hueso y los hechos de verdad. Aquí llegó un viajero y preguntó dónde estaba la barbería de Fígaro.

-Gracias a la labor de historiadores como usted o Andrés Moreno Mengíbar, hoy en día es conocida la fortaleza de la que disfrutó la ópera en Sevilla. Sin embargo, esa tradición se perdió y dio paso a un erial que duró hasta la construcción del Maestranza para la Expo 92. ¿Cómo consiguió aficionarse en aquel desierto?

-Son cosas que se viven en las casas. Mis padres eran aficionadísimos y, cuando podían, iban al Liceo de Barcelona. Hubo alguna temporada en los años cincuenta y principios de los sesenta en las que vinieron figuras de primerísimo orden al Lope de Vega y al Teatro San Fernando. Sobre todo, me aficioné junto a mi familia oyendo ópera en la radio, por la noche, todos callados. El primer regalo del que soy consciente me lo hizo mi madre: la Séptima Sinfonía de Beethoven. Hoy en día tengo unas veinte o treinta versiones de esta obra, a la que considero la más bella que se ha escrito jamás. Cuando ingresé en la Real Academia de Buenas Letras le di públicamente gracias a mi madre por esta enseñanza.

-Usted fue crítico musical en Abc durante quince años.

-Escribí cerca de setecientos artículos entre críticas, reportajes, previos y entrevistas.

-El crítico siempre es una figura controvertida.

-Yo siempre tuve claro que mi misión era más pedagógica que crítica. Si usted lee mis textos verá que sólo largo en diez o doce.

-Ya tuvieron que ser malos esos conciertos...

-Malos y, algunos, insultantes para con la ciudad.

-¿Quién insultó a la dama?

-Montserrat Caballé. Le hice una de las críticas más demoledoras que recuerdo. Luego me arrepentí. Todo empezó porque, en una mesa redonda en el Maestranza, puso en duda que el famoso tenor Manuel García, uno de los más grandes del siglo XIX, el que estrenó El barbero de Sevilla, el íntimo amigo de Rossini, fuese sevillano. Ese tema lo teníamos muy estudiado tanto Moreno Mengíbar como yo. Sabíamos que se había bautizado en la Magdalena con el nombre Manuel del Pópulo Vicente García. Lo del Pópulo era porque había nacido en este barrio, donde está el Mercado de Entradores. Sin embargo, la señora se puso a discutir y a decir que no era sevillano. Yo le dije que como cantante era la número uno, pero que en ese momento estaba insultando a la ciudad y le pedí una rectificación. Ella, indignada, dijo que no rectificaba jamás. Me calenté mucho y dije alguna frase inconveniente. Fue una excepción, nunca intenté hacer daño ni usé palabras agrias.

-¿Cuál ha sido la gran representación de ópera en el Maestranza?

-La producción de Un baile de Máscaras, de Verdi, que el Metropolitan de Nueva York trajo a Sevilla durante la Expo. Fue maravillosa.

-Pero con la lluvia de millones de la Expo todo era posible. Dígame alguna de después.

-Dos producciones propias fabulosas: la de Carmen Laffón de El barbero de Sevilla, inigualable; y el Tannhäuser de Werner Herzog. Impresionante también fue LaBohème dirigida por Franco Zeffirelli. Me lo llevé a cenar al Mesón Torre del Oro y dejó un dibujo impresionante en el libro de firmas. Estos tres momentos han sido inigualables.

-¿Y cómo está sorteando el Teatro de la Maestranza la crisis?

-Heroicamente. Lo que están haciendo Remedios Navarro y Pedro Halffter es digno de admiración. Yo, al principio, no me entendía muy bien con Halffter. Ahora, considero que es un director estupendo para la edad que tiene. Con el presupuesto que tiene el Teatro, el esfuerzo, insisto, está siendo heroico. Están salvado la temporada con entusiasmo y entrega. No se puede dejar morir al Teatro Maestranza, que ha sido todo un símbolo del crecimiento cultural de la ciudad. Tenga en cuenta, además, el turismo de alto nivel adquisitivo que mueve la ópera. Es triste que en el Maestranza nunca se haya visto Carmen ni se haya estrenado La forza del destino, la única ópera sevillana de Verdi, que transcurre en el Altozano. La ópera es rentable a medio plazo y nos da categoría como ciudad. No es un capricho de cuatro niños bien.

-Centrémonos ahora en su faceta como americanista. La primera parte de su carrera la dedicó a México, al apasionante mundo novohispano. México es un país que desconcierta, capaz de lo mejor y lo peor; de la riqueza y la miseria; de la más alta cultura y de la violencia más extrema. ¿Cuáles son las causas?

-La mejor definición sobre México la dio el sabio más grande de la historia: Alejandro de Humboldt. En su famoso Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España dice: "México es el país de la desigualdad". Pese a la inmensa riqueza de este país, siempre ha existido una enorme desigualdad social y, lo curioso, es que esto no lo solucionó una revolución que nació siendo agrarista e indigenista, pero que murió prácticamente cuando terminó el mandato del general Lázaro Cárdenas, el último gran presidente revolucionario de México. Cuando leo los periódicos... Todo lo de México me duele mucho.

-Usted tiene el título de hijo adoptivo de Guadalajara. Bonita distinción. ¿Cómo es esa ciudad?

-Guadalajara es una ciudad preciosa que se parece mucho a Sevilla. La que fue capital del antiguo reino de Nueva Galicia se ubica en el occidente de México, una zona no conquistada por los aztecas y que los españoles tardaron en dominar. Por eso tiene tanta personalidad y el Estado de Jalisco, del que es capital Guadalajara, llegó a declararse libre y soberano. De allí es el tequila, el jarabe tapatío, los mariachis y las mujeres más guapas del mundo. Jalisco es el corazón de México y todo lo que tiene, como el charro y la charrería, es el paradigma de la mexicanidad.

-Un poco como Andalucía con España, ¿no?

-Lo tengo escrito. Jalisco también poyecta todo ese mundo campero del vino y los toros, de la folclorización...

-Una de sus obras más importantes es La América de los Habsburgo, la del siglo XVI y XVII. ¿Fue muy diferente a la de los Borbones?

-Sí. Fue una época muy larga que duró dos siglos. Durante todo el XVI se produce el descubrimiento, la conquista, el poblamiento y la organización administrativa e institucional. En el siglo XVII ya se desarrolla la personalidad propia de este territorio. En el barroco, los criollos empiezan ya a pensar en clave americana. Es el momento en el que empieza a nacer la nacionalidad americana: las devociones, el habla y las cocinas locales; lo indígena deja de ser algo remoto y pasa a ser algo propio; aparecen los escritores mestizos, la autoafirmación cultural es impresionante... El caso del guadalupismo es claro: una virgen india. O la canonización de Santa Rosa de Lima, con lo que América pasa a tener santos. Los criollos estaban sustentando la Monarquía y lo sabían. Allí se ganaba el dinero y aquí se perdía la guerra.

-Habla de los criollos y los mestizos, pero ¿y los indígenas?

-Al principio, durante la conquista, hubo una resistencia frontal. Sin embargo, después, esta resistencia fue mucho más soterrada y pasiva. Evidentemente, hubo sublevaciones como la de Túpac Amaru, pero en general la resistencia indígena, más que en el campo de batalla, se desarrolló en el día a día, que es la forma más dura: la resistencia pasiva ante el conquistador, ante su credo, ante sus instituciones, ante sus códigos de conducta... Esa es la historia de América que queda por hacer. El mundo indígena habla en silencio.

-Ahora ultima la edición de La América de los Borbones. Se ha dicho mucho que con esta dinastía se produce un redescubrimiento del Nuevo Mundo.

-La Corona intenta recuperar un control de América que había perdido durante el XVII, periodo en el que hubo, incluso, un paréntesis de once años sin flota. América había empezado a autogobernarse, a regirse por ella misma y se decía aquello de que "las leyes se acatan, pero no se cumplen". Sin embargo, en el XVIII la Corona intenta volver a controlar América, lo que termina con la independencia, porque las oligarquías locales se habían acostumbrado al autogobierno. De ahí la famosa frase de "América la conquistan los indios y la independizan los españoles". En el XVIII, la Corona intenta acabar con la corrupción y el contrabando, redacta el Reglamento de libre comercio, se fomentan la agricultura, la minería, las universidades. El objetivo es aumentar la producción. La minería crece exponencialmente con respecto a la época de los Austria. El Atlántico y sus rutas se revitalizan, lo que provocó continuas guerras con los ingleses. Quien dominaba estas rutas, dominaba la riqueza de América.

-Pongamos la lupa en un aspecto muy concreto de la realidad americana de aquellos años sobre el que usted ha investigado: los macroconventos femeninos.

-Sí, como el de Santa Catalina de Arequipa, en Perú. Eran macroconventos o microciudades, donde no existían pasillos, sino calles, y no existían celdas, sino casas. Llegaban a acoger setecientas u ochocientas monjas, que estaban perfectamente estratificadas, desde la abadesa hasta las esclavas. Tenga en cuenta que la clausura no rompía el código de la sociedad colonial, las monjas seguían con su condición de nobles, esclavas o lo que fuesen antes de ingresar en el convento. Se decía que habían hasta mercados dentro. Fíjese en el plano de Santa Catalina de Arequipa... Es una ciudad: calle Toledo, calle Granada, calle Sevilla... Además, las monjas nobles colocaban sus escudos nobiliarios en el dintel de sus puertas. Cuando la famosa Flora Tristán, una de las primeras feministas cuya vida fue novelada por Vargas Llosa, viajó a Perú, todavía estaban las monjas en sus casitas, con sus pianos, sus partituras de Rossini y sus cristales de bohemia. Ese mundo duró prácticamente hasta el Vaticano II.

-Cambiando de orilla. También ha investigado sobre el Arenal durante el Siglo de Oro.

-Aquello era, por una parte, una playa pestilente, porque allí era donde estaba el Monte Baratillo, el estercolero donde se tiraba toda la basura de la ciudad y que se ubicaba donde hoy está la Plaza de Toros. Pero, por otra parte, también era el Wall Street del momento. Tenga en cuenta que allí llegaba una o dos veces al año la plata que iba a circular por todo el mundo. Antes de que se vaya le enseñaré algunas monedas reselladas en China. El Arenal era un hervidero de gentes de cincuenta países. Fíjese, la mancebía más importante de España, el Compás de la Laguna, estaba allí, donde hoy está la calle Castelar. Ya le digo, en el Siglo de Oro, el Arenal era una mezcla de estercolero y Wall Street.

-Acabemos con Sanlúcar de Barrameda, que también tuvo mucha importancia en estos años pero cuyo nombre siempre queda olvidado.

-Sanlúcar era un antepuerto que tenía una razón natural: la broa, término que me gusta más que el de barra. Este obstáculo, que cambiaba de ubicación y nunca se sabía muy bien dónde estaba, dificultaba el paso de los galeones, de ahí que, muchas veces, se aliviasen las cargas en Sanlúcar. El padre Acosta, un cronista jesuita, tuvo que esperar cuatro meses en el palacio de los Medina Sidonia hasta que pudo salir la flota. Sanlúcar y Sevilla siempre formaron un complejo portuario, de ahí la vinculación tan fuerte que siempre ha habido entre las dos ciudades.

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