17 años, ocho meses y un día
Lección de esperanza Entró en 1984 y salió siendo gobernador de Florida un hermano de Bush
El puertorriqueño Juan Meléndez hace causa contra la pena de muerte tras pasar un tercio de su vida en el corredor de la muerte por un crimen que no cometió
Cien dólares, un pantalón y una camisa. En eso valoró el Estado de Florida los 17 años, ocho meses y un día que Juan Meléndez pasó en el corredor de la muerte por un crimen que no cometió. Este puertorriqueño de corazón nacido en 1951 en Brooklyn, Nueva York, recorre el mundo contando su experiencia como portavoz de la Comunidad de Sant'Egidio, una asociación laica nacida en 1968 en Roma al calor del Concilio Vaticano II que abandera una campaña internacional contra la pena de muerte en la que ya lleva recogidas cinco millones de firmas.
2010 voltios atraviesan el cuerpo del condenado a morir en la silla eléctrica. Una pena capital que aplican países desarrollados como Estados Unidos o Japón. "Para ingresar en la Unión Europea es indispensable rechazar la pena de muerte", dice Víctor Salas, presidente para España de la comunidad Sant'Egidio.
"Es cruel, innecesaria y costosa", argumenta Juan Meléndez. "Si quieren llorar, lloren; si quieren reír, ríanse, pero por favor no se me duerman", dijo a su auditorio en el aula de Grados de la Facultad de Derecho, una sala con retratos de los 19 decanos y la presencia del actual, Antonio Merchant, que vivió el tránsito de la Fábrica de Tabacos a la Fábrica de Explosivos.
La primavera de 1984, Juan Meléndez decidió cambiar Florida, donde había terminado antes de tiempo la campaña del limón y la naranja, por el melocotón de Pensilvania. El 2 de mayo de aquel año lo recuerda como un día maravilloso. "Descansaba con mis compañeros debajo de un manzano". Oyeron ruidos. Vehículos policiales. Dijeron su nombre, hicieron dos comprobaciones: un tatuaje y un diente que le faltaba. "Tú eres el hombre que estamos buscando", le dijeron. Lo buscaba el Estado de Florida por asesinato en primer grado y robo a mano armada.
Seis meses después, el 2 de noviembre, ingresó en el corredor de la muerte. Una celda de seis por nueve metros. 33 años. La edad de Cristo. Y una señal de Dios que le llegaría años más tarde. Estaba cansado, deprimido. Veía lo que hacían otros compañeros: con la ayuda del llamado corredor, preso que hacía las veces de conserje, junto a la comida y productos de limpieza, les facilitaba la herramienta con la que se quitaban la vida. Una bolsa de plástico. "Te tiras, te ahorcas y estás muerto, pero libre".
Aquellos penados que esperaban la llamada de la muerte le enseñaron a leer, a escribir, a hablar inglés "porque antes si sabía cinco palabras, tres eran palabrotas". Un día le pidió al corredor la bolsa para ahorrarle el trabajo al impersonal y eléctrico verdugo. "Miré el camastro y decidí acostarme y pensarlo mejor". Tuvo un sueño. Se vio en la playa de Puerto Rico, "la isla del encanto", con un cielo azul, palmas de coco y cuatro delfines que venían hacia él. En la orilla, una señora, que era su madre. "Cuando me despierto en la celda, el camastro huele a marisco y a playa". El sueño tenía un remitente. "Me lo mandó Dios, que me decía: sé que tú no lo hiciste, pero yo controlo el tiempo".
Con motivo de una mudanza, su abogado defensor, Meléndez cree que acuciado por su mala conciencia, recordó unas cajas en su antiguo despacho. Estaba escrita la palabra Meléndez, una investigadora las analizó y encontró una cinta con la confesión del verdadero culpable del crimen, "un chivatón de la Policía".
Su madre había trabajado para que se produjera el milagro. "Siempre llevo una carta que me mandó a prisión en la que me decía que le cortaba rosas a una Virgen de Guadalupe y le rezaba tres rosarios diarios. Pero también ahorraba dinero para llevar mis restos cuando me mataran a Puerto Rico". Le llegó la libertad, se salvó del brazo ejecutor del gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano del entonces presidente, "que había ordenado muchas muertes cuando fue gobernador de Texas", y abandonó la antepenúltima celda del corredor de la muerte. Se despidió de los amigos que le enseñaron a leer y escribir.
Paseó por Sevilla con Francisco Román, director del servicio de asistencia religiosa de la Universidad, que evocó el alegato contra la pena de muerte de Juan Pablo II en el Angelus del Coliseo de 1999. "No entiendo a la gente del mundo libre cuando dicen que están aburridos", dice Meléndez.
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