De antojos y trampantojos

Calle Rioja

Callejeros. Alexandra del Bene vino de Roma a Sevilla pasando por la India. Es una grafitera cuyo último trabajo son siluetas del bar que abre la 'puerta' a la Alameda.

Alexandra del Bene, junto a una de las siluetas que pintó en la terraza del bar El Antojo.
Alexandra del Bene, junto a una de las siluetas que pintó en la terraza del bar El Antojo.
Francisco Correal, Sevilla

13 de febrero 2012 - 05:03

Isabella nació en Roma hace quince años, en la isla tiberina donde encontraron a Rómulo y Remo, aprendió francés en la India y español en las Esclavas del Sagrado Corazón. Tres idiomas, tres países, el triángulo más bien isósceles que encierra las inquietudes artísticas de la madre de esta adolescente, Alexandra del Bene (Roma, 1968), que un día llegó a Sevilla y encontró en sus barrios la Roma de su infancia.

Viajar a la India para aprender francés sorprendería a Julio Verne, que le dio varias vueltas al mundo sin salir de su casa de Nantes. "Mi hija tenía once años cuando nos fuimos a la India", dice Alexandra. Al sur del país, en Pondicherry, una ciudad de casi un millón de habitantes que fue colonia francesa, lo cual dejó saludables secuelas: una, el idioma que aprendión Isabella; otra, el rompeolas que los franceses construyeron en 1735 y protegió a sus habitantes del tsunami de 2004.

En el Liceo Francés de esa ciudad donde su hija aprendía los misterios de Molière y Rabelais, Alexandra dio clases de trampantojos. "Yo no creo en la reencarnación, es quitarle valor a tu propia vida". Su teoría, que quiere transmitirle a su hija, es que "hay que hacer de todo, si tienes arte tienes libertad para hacer muchas cosas". Hizo remo en aguas del Tíber y con 18 años se fue a Los Angeles a hacer animación por ordenador. Allí trabajó con Carlo Rambaldi, el italiano que diseñó al extraterrestre de Spielberg. En su país se especializó en restauración: un castillo en Siena, un hotel en Florencia, doble reto en la Toscana donde John le Carré inicia la acción de su trepidante novela El honorable colegial.

Se vinieron a España sin una idea fija. "Barcelona era muy grande, Madrid se parecía a Roma". No le hizo falta la guía de Richard Ford. "Mi idea era dar una vuelta por Andalucía para decidir en qué ciudad me quedaba. Cuando puse los pies en Sevilla, no tuve que buscar más. Todavía no he ido a Granada ni a Málaga y a Córdoba fui de casualidad".

De Sevilla le llamó la atención el contraste entre la limpieza y el escrúpulo de los centros comerciales, por lo general creados en oasis artificiales, y el abandono, la dejadez y dejación de la gente con el centro histórico de la ciudad. Un entorno donde se juntan la historia, el arte, la arquitectura. Su primer trabajo en Sevilla, su infancia sevillana, fue ilustrar la fachada de la guardería El Patio, cerca de la Cruz Verde. "La idea es que cuando cierras la tienda, se abre una galería a cielo abierto".

Juanju, profesional de los uniformes que vistió a Los Ulen en su último trabajo teatral -UVI-Zona Cero- vio el trabajo de Alexandra en Gominolas (calle José Gestoso) y le encargó sus grafitis primero para la tienda en la calle Marqués de Grazalema (La Casa de los Uniformes) y después para la nave en el polígono Hytasa.

Decoró la caseta de Feria de los visitadores médicos y está aprendiendo a bailar sevillanas. Hija de un mecánico y una traductora, esta artista tan callejera como el Paparazzo de La dolce vita de Fellini, recreó una terraza virtual para El Antojo en la esquina de Calatrava con Bib Arrangel. Siluetas de árboles y personas que se fue llenando de dobles. La realidad imita al arte, dijo Oscar Wilde.

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