Calle Rioja

Los artículos determinados de un poeta determinante

  • Homenaje. Teodoro León Gross y Rafael Porras glosan la figura de Manuel Alcántara, que murió después de ser reconocido como Autor del Año por el Centro Andaluz de las Letras

De izquierda a derecha, Teodoro León Gross, Ricardo Sánchez y Rafael Porras, en el homenaje a Manuel Alcántara. De izquierda a derecha, Teodoro León Gross, Ricardo Sánchez y Rafael Porras, en el homenaje a Manuel Alcántara.

De izquierda a derecha, Teodoro León Gross, Ricardo Sánchez y Rafael Porras, en el homenaje a Manuel Alcántara. / Belén Vargas

HABRÍA mirado el reloj, pero estaría a gusto con sus testaferros y compañeros de tertulia y dry martini semanal. Teodoro León Gross y Rafael Porras hicieron una emotiva semblanza del Autor del Año, como el Centro Andaluz de las Letras proclamó a Manuel Alcántara (1928-2019). En el día del Libro, día de la entrega del premio Cervantes en el aniversario de la muerte del creador del Quijote, emergió en la Biblioteca Infanta Elena este Amadís de Paula, caballero andante que tenía entre sus galones el nombre de la mujer que le acompañó en la vida. Niño del 40, poeta del 50, superviviente de esa generación tan propensa, según Caballero Bonald, a la autodestrucción.

Alcántara tenía sus antídotos: reírse mucho, levantarse tarde, no cansarse de mirar el mar, en el que pensaba cuando se marchó a Madrid, empezó Derecho y lo dejó para hacer “segundo de jazmines”. Con el dinero de algunos premios literarios se compró en 1969 su casa de El Rincón de la Victoria. De otros antídotos habla en un poema de su libro “Este verano en Málaga”: “Le gustaban pocas cosas / el alcohol y las ventanas, / el mar desde una colina, / el mar dentro de la playa, / el olor de los jazmines, / los libros de madrugada, / el sol, el pan de los pueblos, / Quevedo, recordar África, / las noches y los amigos, / el verano y tus pestañas”.

El azar lo llevó de la poesía al articulismo, “los cien metros lisos del periodismo”, así hablaba de esos sonetos de la actualidad según recuerda Teodoro León Gross, que se leyó más de trece mil artículos cuando entre 1992 y 1993 hizo su tesis doctoral sobre Manuel Alcántara. Un jurado del que formaba parte Rafael García Serrano, entonces director del diario Arriba, el órgano de Falange, le dio un premio de poesía. García Serrano se lo llevó al periódico, que abandona cuando un nuevo director, falangista tozudo, prescinde de Ramón Gómes de la Serna y Alcántara en solidaridad deja el barco. Su firma pasa por Pueblo y por Ya. Y su gigantesca estela sobrevive entre dos sospechas, la que aquellos esbirros que lo miraban de reojo por escribir una necrológica a la muerte de Cernuda o una glosa rabiosa de García Caparrós, y los jóvenes que lo repudian por un falso colaboracionismo. “Nunca escribió sobre Franco, tampoco contra Franco”, dice León Gross. El mismo estigma de otros compañeros de generación. “No fueron escritores franquistas, tampoco antifranquistas”, añade Porras, “fueron escritores que se refugian en la noche, en el alcohol y en la poesía para huir de aquella realidad”. En esa huida aparecen versos recitados a medianoche en un café con luces y sombras de bohemia bajo dibujos de Mingote. Vías de escape como la crónica de boxeo, en la que se convirtió en maestro –afición que compartía con Cernuda: lean el prólogo del poeta del 27 a Cosecha roja, de Dasshiell Hammet– o el regreso a Málaga, donde se reinventa como poeta y se convierte en una de las estrellas del articulismo en el diario Sur.

“El mejor Manuel Alcántara no es el articulista, y es uno de los mejores. Tampoco el poeta, que fue extraordinario. Era un ser humano formiable”. Ricardo Sánchez, delegado de la Junta, leyó el manifiesto en el día del Libro escritor por Eva Díaz Pérez, en el que Alcántara, que murió el Miércoles Santo, enlaza con otros paraísos literarios, incluido el Macondo de García Márquez, que murió el Jueves Santo de hace cinco años. Pura santidad.

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