Plaza Nueva | Antonio Ardila

“El asalto de Alejandro a la Alcaldía debería estudiarse”

  • Hizo Físicas, trabajó en la Renfe y aprobó oposiciones para la Aduana. En dos años capicúa vivió la llegada de Rojas-Marcos a la Alcaldía (1991) y su estreno como concejal (2002), donde repitió ya en la oposición

Antonio Ardila, concejal del Ayuntamiento de Sevilla en dos periodos distintos. Antonio Ardila, concejal del Ayuntamiento de Sevilla en dos periodos distintos.

Antonio Ardila, concejal del Ayuntamiento de Sevilla en dos periodos distintos. / José Ángel García

MARIDO precoz, andalucista tardío, Antonio Ardila (Antequera, Málaga,1954) es un suplente con muchos titulares. Entró por Juan Ortega y Pilar González cuando se fueron a la Junta y al Parlamento Andaluz. Tres hijos, cuatro nietos.

–Se habló de Antequera como posible capital de Andalucía.

–Mi padre era ferroviario, no teníamos un duro, pero teníamos kilométrico. Íbamos a almorzar a Córdoba, comprar ropa de invierno a Granada, a la playa a Málaga. Con una fiambrera y una sandía.

–¿Vivió el ambiente del Pacto de Antequera de 1978?

–En la etapa universitaria estaba próximo al PSOE, pero vi cosas que no me gustaban. Mucho favoritismo, como una secta. Me casé muy joven y me fui de la política.

–¿Un político de ciencias?

–Un profesor me dijo que se me daba muy bien la Física y muy mal la Química. Era incapaz de aprenderme de memoria las fórmulas. Primero, en Granada; el resto, en Sevilla. En quinto me casé. La conocí dándole clases particulares.

–¿Y se dedicó a la Física?

–Me recorrí Andalucía entera y no había absolutamente nada. La lista en los institutos para dar Física y Matemáticas era enorme. Casado y con dos hijos, ya en democracia, pensaba que no haría la mili.

–¿Se equivocó?

–Mi nombre estaba en los archivos político-policiales por dos razones. Una, por haber protegido en mi piso a amigos de la Joven Guardia Roja; otra, porque me detuvieron en la Puerta Jerez por pedir la libertad para Soto, Acosta y Saborido en el Proceso 1001. Me mandaron castigado a Ferrol.

–De los trenes a los barcos...

–Un conocido que estaba en la Junta Democrática le pasó una nota con mi caso al doctor Zurita. El cuñado del rey Juan Carlos, casado con la infanta Margarita, había nacido en Antequera. Un día se recibió en el cuartel una carta de la Casa Real con la orden de que saliera a la Región Militar Sur.

–¿Andalucismo castrense?

–En vez de mandarme a Sevilla a disfrutar de mis hijos, voy a La Carraca, San Fernando, y a Tarifa, sin franco de ría. Un punto negro los drogadictos y un punto rojo los políticos. No había llegado el turismo ni el windsurf. Las playas vacías, el aire irrespirable, la gente loca por el levante. Era inhóspito. Pusieron un brigada para vigilarme que al final se cuadró militarmente y me pidió perdón en nombre del Ejército español.

–¿Cómo vuelve a la vida civil?

–Hice oposiciones a factor fuera del Ejército. Iba a ser director de la escuela de formación de Renfe en San Bernardo. Voté a Felipe en el 82 y lo primero que hizo fue cargarse esas escuelas porque eran proyectos franquistas.

–Una carrera de obstáculos...

–Me trasladan a Cataluña. Allí es donde nace mi andalucismo. En Barcelona me explican que el PP y el PSOE son dos partidos que se odian a muerte y que necesitan de vascos y catalanes para gobernar. A cambio, ellos se llevan la mayor parte del pastel. Por eso Barcelona era la vanguardia, la locomotora.

–¿Cómo canaliza su vocación?

–Llevé a mi mujer a los teatros, a los mejores sitios de Barcelona, pero me dijo que ella no se iba de Sevilla. Vuelvo con un PA hundido, con Alejandro en su casa. Me afilio en la sede del Paseo Colón. En una reunión se habla de disolver el partido, pero queda una última bala, un político de oro que está en su casa. En 1987 pasamos de cero a siete concejales. El asalto a la Alcaldía de Alejandro y el resurgimiento del andalucismo debería estudiarse en las Facultades de Ciencias Políticas. En el momento de mayor poder del socialismo en España. Con la Expo de Sevilla y Alejandro, enemigo número uno de Felipe y del PSOE, recibiendo a los líderes mundiales.

–¿Llegó tarde a concejal?

–Cuando nace la niña,María Paloma, en 1990, estaba en una reunión del Partido en la cafetería América. Mi mujer se enfadó. Alejandro ganó la Alcaldía, pero Ardila volvió a su casa para fortalecer el matrimonio. Regresé de nuevo en el peor escenario, la guerra civil entre Alejandro y Pacheco.

–Entró con Monteseirín alcalde.

–Le dimos la Alcaldía a cambio del Metro. Yo era el décimo y último teniente de alcalde. Llevaba Participación Ciudadana. Lo que me gustaba: barrios, gente.

–Mucha gente va a salir de la zona de confort de la política...

–Yo soy un hijo de la Transición. Oigo la palabra libertad y se me saltan las lágrimas. Me duele que en política se haya cambiado el espíritu de servicio por el de servirse. Mucha gente no quiere abandonar su actividad privada para perder dinero, la dignidad y que te llamen fascista porque les lleves la contraria. La democracia es como el amor; yo llevo toda la vida con la misma y me la tengo que ganar todos los días. La democracia hay que defenderla y actualizarla para que no vengan estos prestidigitadores que viven del conflicto permanente y el odio al adversario.

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