El que se muera sí sale en la foto

Calle Rioja

28 de septiembre 2010 - 05:03

HASTA un total de 429 muertos en sus respectivas sepulturas. Ninguno le habló como profetiza el rico Epulón al pedir la mediación de Lázaro en el Evangelio de San Lucas: "... si un muerto va a verlos, se arrepentirán". No hablan, pero se mueven mucho. Un trasiego que ha estudiado un historiador atípico llamado Antonio Rueda Román (Sevilla, 1967), que profesionalmente se dedica a los marcos y cristales y ha publicado un libro de autoedición titulado Catálogo incompleto de tumbas ilustres en iglesias de Sevilla. En los títulos siempre hay que condensar. El cristalero Luque (en el negocio utiliza su tercer apellido) investigó en 29 iglesias, pero también en 26 lugares catedralicios (capillas la mayoría), diez conventos, seis espacios desacralizados, entre ellos los 22 enterramientos del Panteón de Sevillanos Ilustres, y un monasterio: San Isidoro del Campo.

Todo empezó cuando le llamaron de la iglesia de San Martín para restaurar una vidriera que se había roto. Trabajaba a quince metros de altura, en una grúa, y vio en el suelo de la iglesia el enterramiento de Diego Ortiz de Zúñiga, cuyo libro Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla sería fundamental en su trabajo. En esa iglesia encontró el apoyo y la complicidad de Manuel Garrucho, Manolito, el sacristán, a quien agradece su colaboración, como también al prioste de la Cena, Antonio Jesús del Castillo. También al hombre que regaba el jardín del convento de la Paz, cuyo permiso para entrar terminó en una sonora regañina por parte de quien le vio moviendo una alfombra para fotografiar la tumba de un importante caballero veinticuatro. Lo curioso es que la amonestación al historiador de tumbas venía de un cofrade de la Mortaja, con sede en dicho convento.

Antonio Rueda Román se ha crecido ante las adversidades. La muerte de su padre, que le enseñó los secretos del cristal y el oficio de la marquetería, le obligó a hacerse cargo de la tienda con 16 años. "Estaba estudiando en el instituto San Isidoro y me dejé la barba para parecer mayor".

Estudió Historia de América, que dejó en quinto de carrera por razones colombinas. "Trabajé para una firma de carpintería que reparaba los cristales que se rompían en los pabellones autonómicos y en el pabellón de Grecia. Todos los trabajos los hacíamos de noche y no tenía tiempo de estudiar. Le terminé cogiendo manía a la Expo". Le quedaron Economía de América e Historia Anglosajona para ser doctor en Historia de América, pero ha hecho méritos más que suficientes para que le convaliden esas asignaturas.

La historia de las tumbas ilustres de Sevilla es un Poltergeist de muertos itinerantes: Hernán Cortés estuvo enterrado en San Isidoro del Campo y sus restos acabaron en México, donde son objeto de una veneración clandestina; los del torero Curro Cúchares, víctima del vómito negro en La Habana, hacen el eterno paseíllo en la iglesia de San Bernardo.

El cristalero trabajaba los fines de semana para no perjudicar a su propio negocio. Coincidía casi siempre con bodas, bautizos y comuniones. Los entierros los llevaba puestos. Le acompañaban en el presentimiento. Llevaba su cámara de fotos a las iglesias de las primitivas collaciones de la ciudad. Unas lápidas eran visibles y legibles; otras estaban tapadas por alfombras, el peor enemigo de esta necrófila historiografía, peanas y bancos a veces pesados y muy ruidosos cuando los movía.

Por la llamada ley de las doce tablas, Roma prohíbe los enterramientos dentro de la ciudad, medida que Antonino Pío hace extensiva a todo el imperio. En España, los visigodos mantienen esta casuística hasta que el concilio de Toledo, a finales del siglo VIII, autoriza esas sepulturas cuando la dignidad del muerto lo merezca. Rueda Román trascribe la leyenda mortuoria de la sepultura de Queipo de Llano en la Macarena, objeto de una controversia que eclipsó la presencia en la misma Basílica de su lugarteniente el general Bohórquez, al que le quitaron, eso sí, la calle con su nombre en el barrio de la Macarena y el título de hijo predilecto en la localidad de Ubrique.

Le dedica el libro a Carmen, su mujer, y Julia, su hija, que estudia violonchelo. Contó con la complicidad de muchos párrocos y la comprensión de las monjas de Santa Isabel, Socorro, Santa Inés, Santa Paula y Madre de Dios, donde están enterradas la mujer y la hija de Hernán Cortés. Los fines de semana iba a las iglesias con su cámara de fotos y su libreta; entre semana, sigue yendo por razones laborales: una vidriera en Ómnium Sanctórum, unos nuevos cristales en la Cena, la reparación de una claraboya en Montesión.

En su bibliografía, menciona a Alice Bache Gould, historiadora norteamericana, única mujer que aparecía en la Galería de raros de Ramón Carande y autora de una Nueva lista documentada de los tripulantes de Colón en 1492. Es persona inquieta este coleccionista de tumbas, túmulos y hornacinas, desenterrador de historias de muertos llenas de vida.

Busca y rebusca placas que hablan de personas ilustres que nacieron, vivieron o murieron en la ciudad. Empezó un inventario de toreros muertos en el ruedo y aparcó una novela histórica, secuela de un trabajo universitario, ambientada en la batalla que dio rienda suelta a las aspiraciones de la Beltraneja y que podía haber cambiado el destino de España.

Tiene la tienda en la Cruz Verde, metáfora de su condición de bético. Remite al polvero a quien le pide un calibre. Escritor novel, recibe en mano un encargo de Salvador Compán, finalista del premio Planeta, que le lleva para enmarcar unas acuarelas que el novelista pintó en Bruselas.

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